SOCIEDAD

Juan Antonio Sanz: “La esencia del mito del vampiro reside sobre todo en el miedo que provoca. Es el depredador por excelencia”

El veterano periodista de la Agencia EFE ha publicado Vampiros, Príncipes del Abismo

Juan Antonio Sanz es un veterano del periodismo, curtido en los imprevisibles escenarios en los que habitualmente ha de desenvolverse un corresponsal. Como tal ejerció para la Agencia EFE en Rusia, Japón, Corea del Sur y Uruguay, aunque el oficio le ha conducido a ser cronista de las realidades de otros países como Rumanía, Rusia, Grecia, Estados Unidos, China, Japón, Bolivia y, por supuesto, España. A su reconocida labor docente se suma también su espíritu aventurero, algo que se destila en las páginas de su reciente Vampiros, Príncipes del Abismo, un libro tan personal como riguroso editado por Almuzara que está llamado a repensar a su autor.

– ¿Eres consciente de lo desorientador que puede resultar para tus colegas de profesión descubrir que acabas de publicar un libro sobre vampiros?
“La respuesta te la puedo dar en una palabra: fascinación. Siempre me interesó la historia y los procesos de génesis cultural a través de los mitos. Y el vampirismo es un mito muy antiguo, pero que en el siglo XIX experimentó una modernización que ha llegado a nuestros días y que se renueva cada cierto tiempo. El estudio del fenómeno vampírico bebe en el folclore, la antropología, la historia y la literatura como forjadores y crisoles de ese mito.
Es cierto que algunos colegas periodistas me han mirado con suspicacia cuando he pasado de escribir sobre la geopolítica o los conflictos del mundo contemporáneo, a rastrear la presencia del mito vampírico en la historia mágica de Europa, América o Asia. Pero no veo contradicción alguna. En mi libro incluyo testimonios directos de gente que conoce el asunto y también analizo hechos relacionados con el vampirismo en determinados eventos históricos, por ejemplo, las llamadas epidemias vampíricas de Europa Oriental en el siglo XVIII. Tales plagas fueron registradas en los documentos de la época como algo muy real, aunque se dude sobre qué es lo que estaba realmente detrás de las mismas”.

-Después de recorrer muchos países siguiendo la pista real o legendaria de estas criaturas, ¿cuáles son las conclusiones “clave”?
“En primer lugar, el fenómeno vampírico está ligado a ciertos acontecimientos sanitarios de carácter grave, epidemias de algún tipo, ocurridos en determinadas regiones del planeta. Las costumbres funerarias también conforman las creencias en los vampiros, desde China hasta Europa. Se puede afirmar asimismo que buena parte del sustrato legendario del vampirismo llegó a Europa desde Asia, a través de la Ruta de la Seda, primero, y de la expansión turca en la Edad Media más tarde. Y sin embargo, había ya tradiciones vampíricas en Egipto y Oriente Medio antes de que se produjera esa ósmosis de relatos y folclore sobre los no muertos.
El vampirismo folclórico corre paralelamente a la historia de la humanidad, ligado a mitos fundacionales, como el de los ángeles caídos o los demonios desafiantes del poder divino. También tiene sus características peculiares en las distintas regiones del planeta que he estudiado. No son iguales los abchanchu de los Andes a los vrykolakas griegos, como tampoco son idénticos, aunque compartan muchos rasgos comunes, los upires eslavos y los strigoi rumanos”.

– No son iguales, pero ¿comparten cosas?
“Claro. Hay ciertos puntos que se repiten y que han sido en ocasiones tergiversados por la cultura simplificadora de este mito en el siglo XX y en este umbral del XXI: los vampiros, como nombre genérico, son una entidad legendaria maligna. Su intención es perdurar en el tiempo y compartir con el ser humano su materialidad. Para ello, es indispensable en la mayor parte de los casos la intercesión de la esencia humana por excelencia, es decir, la sangre. El vampirismo está, en este sentido, ligado a los cultos de sangre. El tercer punto reside en el carácter mágico de la sangre como elemento indispensable de la vida y del retorno a la misma desde la muerte. Es decir, el vampirismo hunde sus raíces en el ocultismo y la magia negra interesada en la resurrección de los muertos y la consecución de la vida eterna”.

– ¿Logras explicar la fascinación que estás criaturas generan? Si me permites la analogía, son casi como un accidente, no puedes dejar de fijarte en ellas.
“La atracción del vampiro reside en esa capacidad suya para perdurar en el tiempo, para ser inmune a la corrupción de la muerte, porque ni está vivo ni está muerto. El vampiro oscila entre los dos mundos y gracias a la sangre participa de la vida de sus víctimas.
Pero la esencia del mito del vampiro reside sobre todo en el miedo que provoca. Es el depredador por excelencia, que además no comparte siempre la corporeidad de otras criaturas que han amenazado al ser humano desde que empezara a plasmar ese terror en sus creaciones artísticas y sus escritos. Uno de los autores que abordo en mi libro es Augustus Montague Summers, posiblemente el mejor upirólogo que ha existido y el único que quizá supere en conocimientos al mítico abad Calmet, el que nos narró las epidemias de vampiros en el este de Europa en el siglo XVIII. Pues bien, Montague Summers, un sacerdote católico británico y un buscador de lo oculto durante toda su vida, afirmaba que el rasgo más peculiar de un vampiro es “su capacidad para reanimar un cuerpo muerto”. El horror a los vampiros es el horror más espeluznante, pues es el terror que provoca el retorno de los muertos, de aquellos que ya no deberían participar de nuestro mundo y que, por tanto, provocan una ruptura de toda lógica”.

– Tus vampiros, los que analizas con rigor en tu libro, parecen bastante alejados de los elegantes y seductores vampiros que han acaparado popularidad en los últimos años…son temibles, detestables, peligrosos…
“Como decía, uno de los rasgos del vampiro es su maldad, su capacidad para dañar incluso a quienes más ha amado en su vida como ser humano. Es una criatura de leyenda asociada con las tumbas y los cementerios, con una apariencia preternatural, de piel blancuzca, uñas desmesuradas, un hedor inconfundible a corrupción y malevolencia; es el ser horrendo que, según las leyendas judías, surgió de la unión de Lilith, la primera esposa de Adán, con un demonio, criaturas que se alimentan del ser humano para preservarse en el tiempo y sembrar la enfermedad y la muerte en las poblaciones más desamparadas”.

– ¡Qué lejos parecen de los cinematográficos vampiros crepusculares!
“Según decía el abad Augustin Calmet en su Tratado sobre los vampiros (1746), éstos «han permanecido muertos durante mucho tiempo, en ocasiones más y en ocasiones menos. Dejan sus tumbas y llegan para perturbar a los vivos, bebiendo su sangre, mostrándose ante ellos, molestando con ruidos en sus puertas y en sus hogares, y finalmente provocando su muerte». No, no son los vampiros, desde luego, esos seres elegantes y seductores que nos muestran Anne Rice o Stephenie Meyer en sus novelas, después interpretados por los actores más atractivos en las correspondientes películas”.

– ¿Es la sangre el motivo vital, principal, del vampiro?
“Lo es en casi todos los casos, aunque en ocasiones es el aliento vital de su víctima el prana que alimenta al vampiro. La sangre está asociada al fenómeno del vampirismo desde el principio, porque la sangre es el elemento indispensable en los cultos antiguos para invocar a los muertos. La sangre llama a los espíritus, que quieren libar de ella, como ya se cuenta en la Odisea de Homero. Ulises convoca al espíritu de Tiresias para conocer el futuro y acuden en masa muchos otros muertos para beber la sangre caliente del sacrificio de reses ofrecido por el navegante y guerrero de Ítaca. El vampiro se convierte en sacerdote de un holocausto nigromántico destinado a tender un puente maligno entre los dos mundos”.

– El temor a los objetos sagrados, el espejo, la luz solar, los ajos, los murciélagos, los féretros como lugar de descanso…¿son elementos arbitrarios o realmente forman parte de las historias de vampiros que se han contado como reales?
“Sí, todos estos objetos o circunstancias aparecen de una forma u otra en muchas de las historias y leyendas de vampiros. Al morir una persona, su alma puede tratar de aferrarse a un espejo o a una superficie de agua quieta para anidar allí hasta que pueda acceder a otro cuerpo o volver al suyo propio; los ajos sirven de barrera contra los vampiros y machacados pueden ser el mejor ungüento para untar féretros, ventanas y puertas, y así evitar que el nosferatu entre en una vivienda o abandone una cripta; los ataúdes, por su parte, son lugares de descanso y de acecho, de espera hasta que el vampiro puede abandonar ese estado de semivigilia eterna y volver al mundo terreno para alimentarse o producir desgracias, etc. En cuanto a los animales, el murciélago es asociado a los vampiros, pero más por las películas y algunos relatos. El gato y la mariposa son animales más identificados en las leyendas con los vampiros, desde Japón hasta Transilvania o Grecia. No obstante, podemos recordar que en hebreo la palabra más moderna para definir al vampiro es arpad, de procedencia aramea y que en el Talmud se muestra como una alusión al murciélago”.

– De cuando en cuando nos sorprenden noticias de hallazgos arqueológicos que apuntalan el mito.
“Así es. Desde la isla de San Lázaro, en Venecia, donde se encontró el esqueleto de una mujer del siglo XVI con un ladrillo incrustado en su mandíbula abierta, hasta los cementerios de Wielkopolska, Glivice o Drawsko, en Polonia, con sepulturas de supuestos vampiros de los siglos XVII y XVIII. Los signos de estas ceremonias funerarias destinadas a aplacar el alma vampírica y a encerrarla en su tumba incluyen la decapitación, la mutilación y retirada de algunos de sus miembros, las bocas rellenas de ajo, las estacas no solo de madera, sino también de hierro, las hoces en torno al cuello, los granos y semillas en la tumba para que el vampiro se entretenga contándolas y no salga del sepulcro, entierros boca abajo para que el upir si se despierta trate de cavar hacia las profundidades y no hacia el exterior… Son muchas las costumbres funerarias vampíricas y todas comparten la intención de que el no-muerto no abandone su lugar de reposo eterno”.

– En una situación como la actual, y haciendo un ejercicio de especulación salvaje, puramente ficcionada ¿cómo conectaríamos a los vampiros con la pandemia?
“Pues seguramente una epidemia así habría sido atribuida a vampiros si hubiera ocurrido entre los siglos XVII y XIX en Serbia, Transilvania, Valaquia, Hungría, Moravia, Polonia o Grecia. En la epidemia de vampiros ocurrida en Medvedja, norte de Serbia, en 1731, los exámenes de los médicos enviados allá por la Corte Imperial de Viena, que gobernaba sobre esos territorios, indicaron que las presuntas víctimas de vampirismo mostraban daños en los pulmones por pleuresía, dolores reumáticos y musculares, y un agotamiento generalizado que los iba consumiendo por días. Sin duda, el Covid 19 habría sido considerado como un ataque de vampiros en esos tiempos. O incluso en épocas recientes, como ocurrió en 2004 en la localidad rumana de Marotino de Sus, uno de los lugares donde se realizó en este siglo XXI una ceremonia de exhumación y cremación de corazón y otras vísceras de supuestos vampiros”.

– Finalmente, en tus viajes y búsqueda de las claves del mito, conociste a gente que realmente creía en los vampiros, puede incluso que fuesen víctimas, ¿qué te parecieron sus relatos? ¿qué viste en sus ojos?
“Pues, por ejemplo, ese caso de Marotino de Sus, en la región rumana de Craiova, lo escuché en Bucarest y en Brasov de boca de gentes tan diversas como un grupo de jubilados o una directora de un establecimiento hotelero, capaz de hablar seis idiomas con fluidez. La atribución de rasgos vampíricos a Toma Petre, fallecido en diciembre de 2003 y “vuelto a la vida” a principios del siguiente año, era mascullado por buena parte del país cuando visité Rumanía en 2019, pero era considerado más como un elemento de superchería que de realidad. Pero, aun así, el nombre de Toma Petre no se pronunciaba demasiado alto. En Rusia y Grecia también escuché algunos de estos relatos, al igual que en la península de Ki en Japón, en los complejos budistas de Yoshino o de Koya san. Oí relatos de los devoradores de cadáveres jikininki al pie del monte Fuji con una mezcla de respeto y chanza, aunque la atención se desviaba pronto al cercano y funesto bosque de Aokigahara, la foresta de los suicidas. Pero fue en los Andes bolivianos y en la selva amazónica donde los cuentos sobre los vampiros abchanchu, los voladores antawalla o los pigmeos chupasangre de la selva parecían exudar un mayor recelo en mis interlocutores, unas miradas desviadas hacia la oscuridad con un perceptible temor en sus voces, ya desprovistas de la burla o de esa mera consideración folclórica del asunto que había percibido en otros lugares del mundo incluidos en mi larga búsqueda”.