cultura

Martín Caparrós: “No sé si ante la política los ciudadanos hemos bajado los brazos, pero sí que no sabemos dónde ponerlos”

Escritor y periodista
El escritor y periodista Martín Caparrós visitó esta semana en el Puerto de la Cruz Periplo, el Festival Internacional de Literatura de Viajes y Aventuras. / Fran Pallero

Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) ha visitado Periplo, el Festival Internacional de Literatura de Viajes y Aventuras que se celebra hasta este domingo en el Puerto de la Cruz, con un nuevo libro -¿novela?- bajo el brazo: Sinfín. Una obra que define como una ficción sin novela o una crónica sin realidad. La presencia en Tenerife del periodista y escritor argentino ha sido una buena ocasión para conversar con él sobre la ficción, pero especialmente sobre esta no ficción que ahora vivimos y que, a menudo, parece muy irreal.

-Un festival de literatura de viajes en tiempos de confinamiento. ¿Eso es una paradoja, una heroicidad o una licencia literaria?
“Heroicidad, no. Toda licencia literaria es de algún modo una paradoja. No dejan de ser curiosas esas cosas que hace seis o siete meses formaban parte indistinguible de nuestras vidas y ahora se han convertido en excepciones y reafirmaciones de que queremos seguir viviendo como nos gustaba. A este festival le pasa eso. Probablemente, el que el año pasado se reunieran 10 o 20 escritores en el Puerto de la Cruz no llamaba la atención, pero ahora es un gesto fuerte, interesante. Para ver cómo la pandemia está resignificando mucho de lo que hacíamos antes, pero también como iniciativa cultural en sí misma”.

-Si los escritores necesitan la soledad, los periodistas, la calle. ¿Cómo vivió el confinamiento desde esa doble condición?
“Decidí refugiarme más en la vertiente de escritor que en la de periodista, porque no había muchas posibilidades de contar las cosas durante el confinamiento. Lo que pasaba no era accesible, salvo los extremos: los hospitales, las situaciones dramáticas… Pero lo que nos ocurría a millones de personas estaba detrás de las paredes. Como periodista traté de entender y pensar más acerca de lo que sucedía. En la medida en que contarlo era casi imposible. Así que publiqué una serie de columnas con mis reflexiones. Pero sobre todo me refugié en la mala literatura y me puse a escribir como un loco”.

“Como hoy no somos capaces de pensar un futuro como promesa, lo imaginamos como amenaza”

-Ha acudido a Periplo con Sinfín, una historia en la que el ser humano alcanza la inmortalidad, pero a costa del sufrimiento y la muerte de muchos. ¿Todas las utopías tienden a pudrirse?
“No lo diría en esos términos. Una utopía es una construcción ideal, y cuando se enfrenta a la realidad se modifica. Esto hace que en muchas ocasiones termine generando efectos que nadie quería. Eso que decía Goya hace un par de siglos: el sueño de la razón produce monstruos. Sin embargo, no por eso hay que dejar de tener sueños. Algunos producen todo lo contrario, y lo que es realmente monstruoso es no soñar”.

-¿A qué cree que se debe el interés por las distopías, precisamente en momentos en los que la realidad ya es muy complicada?
“Tiene que ver justo con que la realidad ya es bastante complicada. Sobre todo en el sentido de que vivimos un tiempo en el que no conseguimos pensar un futuro que nos guste, lo que a veces llamamos utopía. De manera que como no podemos imaginar ese futuro como promesa, lo pensamos como amenaza. Entre esas amenazas están, por supuesto, el deterioro medioambiental o las políticas extremas, o los usos de la técnica para sojuzgarnos. Y con todo eso se arman las distopías”.

“Me refugié en la mala literatura durante el confinamiento y me puse a escribir como un loco”

-El miedo al futuro, a lo que nos traerá el desarrollo tecnológico existe desde hace siglos. Pero quizás también últimamente tenemos la sensación de que asistimos con apatía al presente, a lo que se mueve en la política y en la economía. ¿Considera que como ciudadanos hemos bajado los brazos?
“Cuando ha mencionado lo de que el miedo al cambio técnico existe desde hace tiempo he sonreído porque precisamente ahora estoy corrigiendo un libro que publiqué hace unos años, El hambre [2014], del que saldrá una nueva edición el año que viene, y en él me he encontrado algo que había olvidado: cómo cuando empezó la agricultura había gente que decía que la Madre Tierra se iba a ofender porque le estaban haciendo surcos, la estaban arando… Y eso era terrible, una ofensa espantosa que la Madre Tierra no iba a soportar y se vengaría. Esto nos da una idea de cuán antiguo es ese miedo a los cambios. Parece que ahora, cuando pensamos en ese futuro para el que no tenemos un proyecto, los cambios que nos imaginamos son técnicos, pero somos incapaces de concebirlos sociales, políticos… Solo imaginamos cambios técnicos y desastres ecológicos. Esa mezcla, por supuesto, nos asusta. Por otro lado, efectivamente, percibimos que no tenemos formas de intervenir sobre la cosa pública: la política, la votación, la democracia, la delegación… Están totalmente desprestigiadas y nos da la sensación de que no somos nosotros, sino una pequeña casta, la que maneja todo. No sé si hemos bajado los brazos o no, pero sí por lo menos que no sabemos dónde ponerlos”.

-Usted habla de una ficción sin novela, de una crónica que no se basa en lo real. ¿Escribir Sinfín, un texto periodístico sin sustento en la realidad, le aportó más libertad o ese empeño por hacer periodismo de lo que no ha pasado le planteó más dificultades?
“En realidad, como se habla tanto últimamente de las novelas sin ficción, tenía ganas de hacer lo contrario: una ficción sin novela. Una ficción que estuviera contada no como una novela, sino como una crónica. Es una ficción en la medida en que transcurre dentro de 50 años y no puede hablar de la realidad. Por eso me hacía gracia que como la no ficción, la crónica, toma formas de la novela, de la ficción, para contar la realidad, intentar adoptar las formas de la crónica para contar la ficción. Ese fue el intento de Sinfín. Me apeteció mucho hacerlo y no es ni más ni menos difícil que escribir un libro de no ficción. Los problemas son distintos. En lugar de averiguar, imaginar, pero, aparte de eso, los elementos de escritura y de estructura son parecidos”.

“Creo que mucha gente hoy siente que la engañaron, que España no es el país que les habían contado”

-La que escribe esa crónica es una periodista, porque, en definitiva, son los periodistas los que escriben las crónicas. Pero además ella es una de las últimas periodistas. ¿Considera que hoy, cuando se dice que la precariedad se ha instalado en este oficio y predominan las notas de prensa de los gabinetes de comunicación, géneros como la crónica están en riesgo de desaparecer o la cosa ha ido siempre más o menos igual?
“Me inclino por lo segundo. Nunca ha sido muy distinto. Siempre hubo unos pocos que tuvieron ganas de hacer buenas crónicas y las hicieron, o no. Casi desde siempre nos gusta pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Eso es un engaño. Todos los tiempos tienen sus dificultades y este también. Dificultades específicas de las que podríamos hablar un rato largo, pero no creo que ahora sea peor que antes, ni que mañana vaya a ser peor que ahora. Va a ser distinto. Ahí está lo interesante. Por eso vale la pena observar, porque las cosas cambian todo el tiempo. Es de necios creer que no hay cambios. Siempre los hay: a veces a mejor, a veces a peor. En eso está el atractivo de estar vivos”.

-Se suele decir que no es fácil para un europeo quejarse de la crisis ante un argentino, pues ustedes las han vivido de todos los colores. Quisiera saber cómo ve a España en medio de esta crisis, esta pandemia y esta bronca política permanente.
“Detesto esa idea según la cual nosotros, los argentinos, sabemos mucho de esto. Es más, le pegaría a cualquier compatriota que empezara una frase afirmando eso. Creo que la pandemia en algunos lugares, y en España particularmente, ha servido para desvelar muchas cosas que no podíamos o no queríamos mirar. Para que la gente se diera cuenta de que el país donde vive no es aquel en el que creía vivir. Por ejemplo, y para empezar, la famosa sanidad pública española, la mejor del mundo, decían. El caso es que no consiguió funcionar, y sigue sin hacerlo desde hace siete u ocho meses, del modo en que la mayoría de nosotros esperaba que lo hiciera. Las instituciones del Estado no están funcionando. Eso de que no se pueda ni siquiera contar los muertos, una cosa tan esencial como esa… En buena medida, la civilización se hace a partir de la posibilidad que tenemos de contar a nuestros muertos, registrarlos y enterrarlos. De modo que hay tantas cosas que funcionan mal que creo que mucha gente tiene hoy la sensación de que la engañaron, de que el país no era lo que les habían contado que era. Por otro lado está esa situación en la que los líderes de los grandes partidos políticos parecen empeñados en desprestigiarse todo lo que pueden y en abrirle el camino a algún gritón para que se aproveche de ese desprestigio y convenza a millones de personas de que hay que buscar otras maneras. En general, eso suele terminar bastante mal”.

“Sinfín’ es un intento de recurrir a la crónica periodística para relatar una ficción”

-¿Qué viaje le gustaría emprender una vez que pase todo esto?
“No sé si es el que más me gustaría, pero sí que estoy esperando a que llegue la posibilidad de viajar a Chile. Tengo casi terminado un libro que me importa mucho en el que trato de entender qué es América Latina ahora. El 14 de marzo esperaba en Buenos Aires un avión que me iba a llevar a Santiago de Chile para hacer el último trabajo de campo de ese libro. Pero entonces llegó la noticia de que no se podía ir a ninguna parte y tuve que volver corriendo a España. Así que tengo un agujero en medio de ese libro que estoy impaciente por llenar y aún no he podido. De manera que, más allá de los lugares maravillosos o inquietantes a los que me gustaría mucho ir, el primer sitio que visitaré será Santiago de Chile”.

-¿De qué manera se planteó la escritura de ese nuevo libro?
“La idea general es tratar de ver cómo es hoy la región. Hace muchos años que no se publica un análisis acerca de América Latina en su conjunto. Es un lugar que siempre ha provocado muchos malentendidos y mitos, y por eso me interesa este intento de mirarla con detenimiento y tratar de pensar sus siete u ocho cuestiones principales, a ver si es posible revisar algunas de esas ideas”.

TE PUEDE INTERESAR