Cultura

Benjamín Prado: “Mi novela refleja lo que le ocurrió a España al llegar la dictadura, pero sobre todo a las mujeres, que siempre pierden la guerra dos veces”

El escritor madrileño presenta la quinta entrega de la serie literaria 'Los casos de Juan Urbano': la novela 'Todo lo carga el diablo'

El escritor Benjamín Prado acaba de publicar la novela ‘Todo lo carga el diablo’. / Ricardo Rubio (Europa Press)

Los casos de Juan Urbano, la decalogía que inició en 2006 Benjamín Prado (Madrid, 1961), acaba de llegar a la mitad con Todo lo carga el diablo. Esta quinta novela ¿negra? se adentra en la vida de tres mujeres
-dos reales y la tercera también, aunque haya salido de la cabeza del escritor- y en lo que fue la emancipación femenina en España durante las primeras décadas del siglo XX. Pero también, y sobre todo, en cómo el Funeralísimo y su régimen sustituyeron esos sueños de libertad por una pesadilla de casi 40 años que incluso algunos hoy miran con nostalgia.

-Jesús Ruiz Mantilla sitúa a Juan Urbano entre Marlowe, Zuckerman y Carvalho, que como referentes no están nada mal. ¿Pero cómo presentaría Benjamín Prado a Juan Urbano?
“Cada vez estoy menos seguro de la respuesta. Según escribo, Juan Urbano es menos profesor de Instituto y más investigador privado. Lo mismo que ha pasado de ser muy cínico a convertirse en alguien más cívico. Las novelas cada vez tienen más mezcla de géneros. Todo lo carga el diablo posee algo de novela gótica, de policiaca, de amor y probablemente de psicológica. Y eso me viene bien. Cuando haces una serie el lector debe notar que los años pasan por el personaje. Una de las maneras de expresarlo es que le ocurran cosas que lo conviertan en una persona distinta. Por otro lado, le doy la razón a Ruiz Mantilla, sobre todo porque ¡menudo parentesco le ha buscado!”.

Todo lo carga el diablo es la quinta novela de una serie de diez. ¿Un proyecto de tanto recorrido es un desafío, una temeridad o el mejor modo que tenía de contar esta historia?
“Es una trampa que me tiendo para obligarme a escribir una novela cada tres o cuatro años. Desde el principio me pareció una idea arriesgada y he pensado que, puesto que con mi media de una cada cuatro años la última saldrá cuando tenga 80, debo intentar escribirlas en dos. Solo lo he logrado con Ajuste de cuentas y Todo lo carga el diablo. Diez es un número redondo, cabalístico, mágico, y seguro que hay muchas más historias, cuyas páginas han sido arrancadas de nuestra memoria colectiva, sobre las que escribir relatos de Juan Urbano. Vamos a ver si llego a las diez, y luego igual hasta me parecen pocas. En mi cabeza tengo trazada toda la serie de novelas menos una. En cada ocasión merodeo un género y en su día dije que la última sería de ciencia ficción, pese a que hoy no tengo ni la menor idea de cómo hacerla”.

“Según escribo, Juan Urbano es menos profesor de Instituto y más investigador privado. Lo mismo que ha pasado de ser muy cínico a convertirse en alguien más cívico”

-Cuando se habla de memoria histórica, hay gente que habla de revanchismo, de la voluntad de reabrir heridas y, en suma, de una especie de y tú más. ¿A qué responde ese empeño en olvidar el pasado que, incluso ya solo por curiosidad, deberíamos conocer?
“Ese pasado se quiere olvidar porque no fue modélico. En la herencia de la larguísima dictadura de 38 años que asoló España, probablemente haya quien no se quiera acordar por algunas de las razones que expresé en la novela anterior, Los treinta apellidos, que titulé así en alusión a la frase de un empresario que decía que en España llevan mandando 200 años las mismas 30 familias. Con Todo lo carga el diablo imagino que habrá menos debate que con otras. Aquí hablo de dos mujeres admirables, las primeras atletas españolas en ir a unas olimpiadas de invierno; una de izquierdas, otra de derechas; una proscrita por razones ideológicas, Margot Moles, y la otra por motivos morales, Ernestina Maenza… Ambas reflejan lo que pasó en este país con la pérdida de la democracia y la llegada de la dictadura, y también lo que les ocurrió de forma específica a las mujeres, que siempre pierden las guerras dos veces. Es la España de los años 30, en la que, dentro de todos los avances que se vivieron gracias a cosas como la Institución Libre de Enseñanza, el Instituto-Escuela o la Residencia de Señoritas, se buscó un lugar en el mundo para las mujeres a la misma altura que el de los hombres. Eso ocurrió en las artes, en las ciencias, en la política, y también en el deporte. De igual modo que surgen María Teresa León, Rosa Chacel, Maruja Mallo, María Moliner, Ernestina de Champourcín, Concha Méndez o María Zambrano, en el deporte están estas dos mujeres, Ernestina y Margot. Pero llega el golpe de Estado y la dictadura, y el deporte femenino se considera inapropiado, y casi desaparece durante 30 años, para ser sustituido por los bailes regionales de la Sección Femenina. La tercera mujer, la que me he inventado, Caridad Santafé, es un símbolo de todas las que perdieron tantas cosas, de las que cayeron en manos de tipos que las trataban como si fueran de su propiedad, y me permite además pasar por otros episodios tormentosos de nuestra historia, como los escándalos médicos, la poliomielitis, la farmacéutica de la posguerra, los manicomios como cárceles invisibles”.

“Siempre al escribir estoy muy atento a no caer en el maniqueísmo. No hay una buena novela que no tenga un Sancho Panza; las que están hechas solo con héroes no funcionan”

-Quizás entonces esta novela sea también un relato de contrastes: la emancipación de la mujer y el puritanismo, las ideas progresistas y la represión…
“Cualquiera que la lea se dará cuenta de lo que se tuvo, de lo que se perdió y del valor que tiene haber recuperado una parte. Quienes hoy critican nuestra democracia, que sin duda es imperfecta y mejorable, pueden ponerla en perspectiva conociendo de dónde venimos. Y también observar cómo cuando el Estado se empeña en meterse en la cama de la gente la cosa acaba mal. Cuando legisla costumbres, comportamientos, tendencias sexuales… empieza a parecerse a una dictadura. Por eso hay que proteger tanto las libertades individuales y temer a las formaciones de ultraderecha”.

-¿Al escribir está muy atento a no caer en el maniqueísmo?
“Siempre. No hay una buena novela que no tenga un Sancho Panza. Las que están hechas solo a base de héroes no funcionan. Durante toda la serie he tenido el personaje de la madre de Juan Urbano, que es la mía, una señora tradicional, conservadora, de derechas, católica, apostólica y románica. Una persona maravillosa, como era mi madre, pero que no tiene nada que ver con la ideología de Juan Urbano. Pero en esta novela ni siquiera la necesité, porque tenía también a esa otra Generación del 27. Ernestina Maenza se casó con Enrique Herreros, dibujante de La Codorniz, íntimo amigo de los Jardiel Poncela, Edgar Neville y Miguel Mihura, que eran gente de derechas, en principio partidarios de la sublevación militar y yo creo que después muy arrepentidos de haber confiado en semejante canalla, que además los engañó a todos. Era muy fácil hablar bien de esa gente. En su día tomaron una opción política equivocada, como lo es siempre el apoyo a un dictador, pero eran gente decente, muy inteligente… y también una especie de oasis en medio de este desierto en el que el Funeralísimo, como lo llamaba Rafael Alberti, convirtió a España. En ese sentido también la relación entre Margot y Ernestina es muy interesante: toda la vida rivales ideológicas, toda la vida adversarias deportivas y también toda la vida amigas. La novela tiene todo tipo de personajes. Dos que son reales. De uno de ellos, Margot Moles, se saben bastantes cosas; del otro, Ernestina Maenza, se conoce tan poco que he tenido que inventarla, y luego hay un tercero que es de ficción. Ernestina estaba proscrita por haber abandonado a su marido, Enrique Herreros, un tipo genial, humorista, dibujante, pintor, representante de actrices como Sara Montiel, y no sé si algo más que representante de casi todas ellas, y amigo de Buster Keaton… Pero también era miembro de una sociedad en la que las mujeres tenían la misma categoría jurídica que un niño, estaban tuteladas por sus esposos. Así que por muy golfete que fuera Herreros, cuando Ernestina se harta y lo manda al cuerno, ella cae en la zona de las perdidas, las malditas, las que la sociedad condena y la Justicia persigue”.

“Cuando el Estado se empeña en meterse en la cama de la gente la cosa acaba mal. Cuando legisla costumbres, comportamientos, tendencias sexuales… empieza a parecerse a una dictadura. Por eso hay que proteger tanto las libertades individuales y temer a las formaciones de ultraderecha”

-¿Se encuentra con sorpresas en el proceso de escritura? ¿Es habitual que la novela terminada no tenga mucho que ver con las ideas iniciales?
“No solo eso, sino que es lo que hace divertido escribir novelas y lo que te anima a escribir más. Cuando empiezo tengo que saberlo prácticamente todo: lo que pasa, cómo pasa, qué quiero que le pase a quien la lee, cómo acaba… Pero te vas encontrando con otras cosas. Hay personajes que durante la escritura se te rebelan, aunque eso suene muy literario, y te dicen: “O me das más papel en la obra o conmigo no cuentes”. En esta novela creció muchísimo Ernestina Maenza. Se sabe que estuvo en los Juegos Olímpicos de Garmisch-Partenkirchen en 1936 con Margot y poco más. Es curioso: se eliminó más su memoria por razones morales que la de Margot por las ideológicas. Fue fascinante reconstruir su personaje a partir de una biografía hecha con todo lo que no se sabe de ella, con las fotos de las que había sido recortada, con los anales deportivos de los que había sido tachada. Eso me obligó a cambiar la perspectiva de la novela. También está la reaparición de Isabel Escandón, a la que en Ajuste de cuentas la habíamos dejado en la cárcel. Pensé que en esta novela, en la que las mujeres tienen tanto protagonismo, tendría gracia que Isabel le fuera robando plano a Juan Urbano y al final acabara siendo tan protagonista como él”.