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Aurelio González: “En la inversión es donde la política muestra su apoyo a la cultura; no en el elogio ni en la demagogia”

El maestro, periodista y exviceconsejero de Cultura del Gobierno de Canarias acaba de publicar el libro 'Las cosas que pasan'
Aurelio González acaba de publicar el volumen de artículos periodísticos ‘Las cosas que pasan’. / Sergio Méndez

Aurelio González (El Tanque, 1951) acaba de publicar Las cosas que pasan (Mercurio Editorial), una amplia antología de artículos, aparecidos originalmente en DIARIO DE AVISOS, en la que este maestro, filólogo, periodista y exviceconsejero de Cultura del Gobierno de Canarias, entre otros desempeños e inquietudes, opina y reflexiona -y también invita a la reflexión- acerca de cuestiones que en unos casos son atemporales y en otros no han perdido actualidad. Con un prólogo del periodista Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca, exdirector de este periódico, Las cosas que pasan se vertebra a partir de un conjunto de temáticas que, a modo de secciones, analizan la política, la sociedad, la cultura, la educación y la esfera internacional. Sobre algunas de ellas ha conversado el autor en esta entrevista.

-Un libro de artículos puede entenderse como una reflexión en voz alta, pero también como una invitación al diálogo. ¿Cuál diría que es el hilo conductor de esta conversación en Las cosas que pasan?
“Estos artículos son reflexiones y pensamientos, expuestos de manera sintética, sobre cosas que suceden en la vida y que considero que tienen trascendencia. Pero sí, también es un diálogo, una invitación al lector a pensar y a sacar conclusiones. Coincidiendo o discrepando con el autor de los artículos”.

-¿Cuáles han sido sus sensaciones al reencontrarse con este conjunto de textos que escribió entre 2004 y 2011?
“Me he identificado plenamente con ellos. Salvo en algunos matices, hoy pienso exactamente lo mismo que cuando los escribí. Hablan de hechos que acontecieron en esos momentos; son textos de naturaleza política, social, cultural… Pensaba que eran artículos que habían tenido su sentido, su función, en un tiempo concreto, pero algunos amigos me aseguraron que continuaban estando vigentes y, además, poseían valor histórico, porque son el testimonio de lo que sucedió en aquellos años y muchas de las cuestiones que se plantean continúan siendo de actualidad: no se han cerrado, no han concluido”.

“Este libro invita a la reflexión y a que el lector saque sus conclusiones, coincidan o no con las del autor”

-¿Cómo fue el proceso de selección? ¿Qué criterios primaron al elegir unos artículos y dejar fuera otros?
“De entrada, eran tantos que no cabían en un solo volumen. En ese periodo calculo que escribí entre 500 y 600 artículos y he escogido aquellos que, como he comentado, guardan una mayor relación con el presente, con la vida actual. Tuve que dejar fuera otros 200 o 300, aquellos que, de acuerdo con esa misma idea, quizás resultaban menos vigentes”.

Portada del libro, publicado por Mercurio Editorial. / DA

-Profesor, periodista, filólogo y gestor público en el ámbito de la cultura y el patrimonio. Al observar esta variedad de áreas en las que ha desarrollado su carrera profesional y política, ¿qué sería más correcto, hablar de inquietudes que siempre han estado presentes o más bien de circunstancias con las que se ha ido encontrado?
“La vocación de enseñante ha estado ahí desde el principio. Pero creo que ese gusto por explicar lo he ejercido no solo en las aulas, sino también en la gestión pública relacionada con la cultura, con el pensamiento, con la reflexión. Esa vertiente, casi sin darme cuenta, la he desarrollado en centros de enseñanza y también en espacios culturales y en la propia política, como director general y como viceconsejero del Gobierno de Canarias. Visto así, al final todo es más o menos lo mismo. A mí siempre me ha enamorado el uso de la palabra, de la palabra creadora. La palabra para explicar y para dar salida a las reflexiones y a las elucubraciones que, inevitablemente, uno hace ante la vida y ante las cosas que van sucediendo mientras transcurre”.

“La enseñanza es lo que más echo de menos, aunque la palabra ‘explicar’ definiría mejor mi vocación”

-¿Y ese amor por la palabra se plasma de alguna manera en una querencia por lo literario?
“Sí, lo literario está muy presente. La literatura es expresión, es forma; es el uso de la palabra con fines no solo denotativos o informativos, sino también connotativos. La palabra contiene un arsenal tremendo de potencialidades creativas. Algunos de los artículos de este libro entran de lleno en lo literario. Cuando observas la vida y las cosas que pasan, casi es inevitable que la reflexión que realizas entre en lo literario. Ver la vida de un modo determinado, contarla de una forma específica: eso es literatura. Ahora mismo, mientras hablamos, estamos haciendo literatura, aunque sea de carácter informativo. Precisamente, mi vinculación al periodismo, que he ejercido durante años, creo que surge del mismo lugar: del deseo casi inconsciente e irrefrenable de contarle a la gente lo que le pasa a la gente. Esa maravillosa definición que acuñó Eugenio Scalfari”.

-De entre toda esta diversidad de ocupaciones, ¿cuál echa hoy más de menos?
“La enseñanza. Aunque, más que enseñar, yo diría que explicar es el término correcto para referirse a esta vocación. Hay quien me dice que soy demasiado pedagógico, que siempre quiero explicarlo todo de forma minuciosa. Lo que hago en estos artículos, y que pienso seguir haciendo, no son sino lecturas de la realidad, de lo que ocurre en un momento concreto. Eso lo hacen muchos escritores. Existen numerosas definiciones acerca de lo que significa escribir. Por ejemplo, la de que uno lee y escribe para poder vivir más gratamente. Como diría el pensador y poeta lusitano Fernando Pessoa, para sobrellevar de una manera menos dolorosa el insoportable peso de tener que existir. En suma, la vida se hace mucho más grata cuando uno lee y cuando uno escribe. Y cuando uno comenta la vida, pues también”.

“En la anterior crisis, la escasa dotación económica para la cultura fue por la cicatería de quienes hacen los presupuestos”

-Vivimos una pandemia que nos afecta de múltiples formas y la cultura no escapa a esta situación. Usted ocupó responsabilidades políticas también en medio de una crisis, en este caso, sobre todo económica. ¿Cuál es la clave, si es que la hay, para salir adelante y desarrollar una gestión lo más digna posible pese a la precariedad?
“Asumí la gestión cultural, como director general y como viceconsejero, en medio de una crisis. Desde la política, a la cultura siempre se la ha considerado una maría. Y esto hay que decirlo una vez más. Aunque los responsables políticos hablen bien de la cultura, de lo importante que es el conocimiento y la reflexión, a la hora de la verdad, al elaborar los presupuestos, queda relegada a un cuarto o a un quinto plano. Y eso ocurrió en mi época. Ahora son unas circunstancias diferentes las que condicionan la gestión pública en materia cultural. Afrontamos una pandemia y es evidente que hay que dar prioridad a la salud de las personas. Pero durante la crisis de 2008 a 2012, la escasa dotación para la cultura se debió a la cicatería institucional, a la cicatería de quienes elaboran los presupuestos. Y también a una concepción muy extraña, y muy penosa, de lo que significa la cultura para el desarrollo de las personas y de los pueblos. Ahora las causas de las limitaciones económicas para la cultura son otras. Por lo tanto, el análisis tiene que ser diferente”.

-Desde su experiencia, ¿considera que aún queda mucho camino por recorrer para que esos responsables de la gestión económica de los recursos públicos se convenzan de todo lo que, de manera tangible e intangible, aporta la cultura?
“Sí, queda mucha pedagogía por hacer y también mucha conciencia que tomar. A la cultura hay que atenderla, en eso creo que todos estamos de acuerdo, pero no solo con palabras bonitas, ni con ditirambos ni elogios hacia lo que significa. El apoyo hay que expresarlo en las mesas de trabajo donde se elaboran los presupuestos. Ahí se demuestra cuándo un político, un responsable público, realmente cree en la cultura como vehículo para el desarrollo de las capacidades específicamente humanas. Y no haciendo demagogia ni buscando la inversión que más rentable electoralmente sea”.

“Muchos asuntos que planteo en este libro siguen vigentes, no han concluido, no se han cerrado”

-El conocimiento nos permite contemplar el mundo desde una perspectiva más amplia. ¿Cuáles son los retos que deberíamos asumir o las carencias que habría que resolver para que, en nuestro caso, la cultura canaria esté más presente en nuestras vidas?
“Desde las aulas se puede hacer mucho. Es muy importante la labor educativa que desarrollemos con las nuevas generaciones. Si lo vemos de un modo más global, es imprescindible que aumente la apuesta de las instituciones públicas por la cultura. Las infraestructuras, la sanidad, el suministro de los servicios esenciales… son cuestiones básicas. Pero el desarrollo de la vida y de los pueblos también tiene que ver con el ensanchamiento de nuestra visión acerca del mundo y de todo lo que acontece en él. La cultura es el desarrollo de la mente humana y las personas cultas progresan más en todos los sentidos. Lo contrario es la oscuridad, el desconocimiento, la ignorancia, la falta de conciencia, el adocenamiento. Vivir es una cosa, existir es otra. Cuando uno desarrolla sus potencialidades intelectuales vive más plenamente. Aunque, todo hay que decirlo, como apunta el filósofo francés Edgar Morin, también hay un riesgo, pero lo debemos asumir: cuanto más aptos somos para la felicidad más lo somos para la infelicidad. Cuanto más cultos somos, más expuestos estamos al sufrimiento y al dolor. Pero si los evitamos, también estamos renunciando a la sensibilidad y al conocimiento”.

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