conversaciones en los limoneros

“Un directivo de cierto banco le preguntó a un ejecutivo de mi empresa: ¿de verdad que Raúl existe?”

Raúl Méndez Mora; de su infancia gomera a convertirse en uno de los grandes de la moda en España: Encuentro y Öbu
Sergio Méndez

Fíjense si Raúl Méndez Mora (Vallehermoso, la Gomera, 1948) es discreto que en cierta ocasión un directivo de un banco le preguntó al director general de sus empresas dedicadas a la moda: “¿Pero realmente Raúl existe?”. Nunca se había pasado por el banco. Hoy controla un imperio, posee alrededor de 150 tiendas en España de las marcas Encuentro Moda y Öbu, da empleo a 800 personas, fabrica exclusivamente para mujeres mayores de 25 años y llega a la talla 48. No maneja de memoria ni siquiera sus propios números, pero he leído por ahí que factura más de 60 millones de euros al año y me soplan que su patrimonio está entre los 900 y los 1.000 millones. Son cifras extraoficiales, pero extraordinarias; que no se hagan ilusiones los sabuesos de Hacienda.

Este gomero tan inteligente, campechano, sencillo, está casado con una madrileña y tienen tres hijos. Uno trabaja en su empresa. Otro es especialista en diseño de ropa para cine por UCLA (Universidad de California, Los Ángeles). Y su hija, que le ha dado dos nietos, vive en Londres y también es una cinéfila acreditada, con un máster en N.Y. Raúl fabrica sus productos lo mismo en China, que en Turquía, que en Bangladesh, que en Camboya, que en la India, que en Marruecos. Y tiene tres casas. Una en Tenerife, en Tacoronte, con palmeras en el jardín. Otra en Madrid. Y un pequeño apartamento en Barcelona, una ciudad en la que pasa gran parte de su tiempo. ¿Quién conocía a este empresario canario? Casi nadie. Yo he tenido la suerte de hablar con él en Los Limoneros. Sus empresas están legalmente radicadas en Canarias.

– ¿Diseñas tú, Raúl?”, le pregunto.
“No, de eso se encargan los especialistas, pero yo siempre me meto por medio. Al final, se hace lo que yo digo”.

-No es la primera vez que me ocurre, pero pareces mucho más joven de la edad que tienes.
“Es que juego al pádel”.

-Para hacer lo que tú has conseguido hacen falta referentes. ¿No?
“El mío es Amancio Ortega. Una vez me invitó a tomarme un café con él en La Coruña. Aprendí mucho en aquellos 20 minutos”.

-Cuéntame cómo se pasa de cero al infinito.
“No hay secretos. Me crié con mis abuelos en La Gomera, en un ambiente muy modesto. Pero siempre entre telas porque mis tías eran costureras; y mi madre también tenía facilidad para la costura. Aprendí a hacer patrones y, aunque trabajara en otras cosas, tenía la moda en la cabeza”.

-Y de La Gomera, al ancho mundo.
“No fue fácil. Me clavé, eso sí, algún que otro alfiler, pero cuando vine a Tenerife, con 12 años, fui hasta representante de embutidos. Pasé hambre. Trabajé en el almacén de González Blanco y hasta coloqué plafones y rieles de cortinas en las habitaciones del edificio Achacay en Los Cristianos, ayudando a un tío mío. Había que comer”.

-A mí cuando me dicen que alguien pasa hambre me da mucha pena.
“Mira, como te he dicho, yo era representante de embutidos. Y me mandaban las muestras de chorizo envasadas al vacío. Yo me compraba un pan, abría el paquete de muestra y me comía el pan con chorizo. Y al cliente le enseñaba el envoltorio. Así mataba el hambre”.

-Dios mío y ahora eres millonario, Raúl.
“No lo sé, el dinero, la verdad, no es lo más importante en mi vida. Prefiero crear, inventar. Yo soy más comercial, o sea un creativo. Tuve que dejar los estudios, pero una persona de otra empresa en la que trabajé, uno de los socios, me enseñó matemáticas y química. De esa forma fui aprendiendo algo”.

(Amid Achí, el conocido empresario, es gran amigo de Raúl Méndez. Juntos viajaron por todo el país en busca de ropa. Amid me dice, riéndose, que “íbamos juntos porque a mí no me vendían y a él sí; chupamos mucha carretera y viajábamos de noche para ahorrar en hoteles”. Y Raúl me cuenta una anécdota. El presidente de la marca Punto Roma, al que fueron a visitar, no les abrió ni siquiera la puerta de su casa. “Nos echó”, me dice. Creo que el hombre, que hoy está muy cercano a ambos, sigue lamentando aquel incidente. Otra vez fueron a un restaurante y Amid pidió un osobuco. Raúl lo imitó. Y como enseguida llegó al hueso enorme de aquella carne pensó que también tenía que comérselo).

-Yo siempre pregunto lo mismo a los grandes emprendedores. Aunque peque de reiterativo. ¿No te consideras rico?
“No lo sé, te lo repito. Yo siempre he trabajado con mis propios recursos. Alguna vez, pocas, hemos recurrido a los bancos. Este tiempo nos afecta, claro, y por eso estamos incrementando, con mucho éxito, la venta online”.

-¿Cómo se gestiona un stock tan enorme? Debe ser complicado.
“Bueno, no, no lo es; esto lo hace, bajo nuestro control, una empresa de logística. Date cuenta de que vendemos unos siete millones de prendas al año. Y también tenemos que conocer la idiosincrasia de los países donde fabricamos: los hay machistas a tope, donde la mujer cuenta poco; los hay budistas; los hay de otras religiones radicales donde no puedes encargar, por ejemplo, minifaldas. Y cosas así”.

-¿Dónde clasificas tu producto? Me refiero al estatus del comprador.
“Es de tipo medio/bajo. Una vez intenté subir la calidad del producto y aposté por algo más cercano al lujo, pero no funcionó. Gano menos dinero por prenda, pero vendo mucho más y con una calidad que yo considero buena”.

(Me dice Amid que Raúl es un artista. Que tiene un gusto exquisito para el diseño, pero que es un artista especial, “que gana mucho más dinero que los propios artistas”, matiza Amid con otra sonrisa cómplice. Y Raúl indica que cuando empezó la pandemia tenía mucha mercancía pedida, a través sobre todo por parte de su oficina de Shangai. Ha tenido que hacer equilibrios para sacarla adelante, pero en el textil la pandemia no ha arrasado. Quiero decir que, según algunas estadísticas, la facturación puede haber bajado un 30%, lo cual es mucho, pero no trágico).

-El otro día, Fernando López, otro empresario tinerfeño del máximo nivel, que comenzó su trayectoria vendiendo papas y cebollas, me dijo que la palabra clave para triunfar en los negocios es la credibilidad. ¿Lo compartes?
“Yo leí la entrevista. Es más, su lectura me animó a sentarme hoy aquí contigo. Me parece una vida apasionante la de Fernando López. Efectivamente, estoy de acuerdo con él en que esa es la palabra clave. Si tienes credibilidad todo el mundo te vende. Si la tienes, los bancos pueden ayudarte si les pides algo. Tengo proveedores en Asia que me cobran a 180 días sin más garantía que mi palabra”.

-¿Tienes algún proyecto secreto, Raúl? ¿Ropa para hombres, quizá?
“No, para hombres, no. Para perros”.
(Mini, mi perrita de tres patas, asiste a la entrevista y recibe las caricias de Raúl, que tiene dos perros en casa (Lucio, un pequeño galgo, y una yorkshire, como Mini) y siente un amor enorme por estos animales, exactamente igual que yo).
“Creo que es un sector que no está muy atendido y la ropa para perros puede ser un buen asunto. Además, es muy fácil de fabricar y veo un volumen potencial de negocio. Cada vez es mayor el amor que la gente siente por los animales, lo cual ha contribuido a elevar su estatus”.

-¿Llevas la gestión directa de todas tus tiendas?
“De la mayoría, sí, con un pequeño porcentaje de ellas que están franquiciadas. Tengo muchos locales míos y otros alquilados. Ahora pienso que tenía que haber comprado más. Y abrimos, durante la crisis que comenzó en 2008, entre 8 y 10 tiendas al año. Por comunidades, primero Canarias y luego Andalucía, la Comunidad Valenciana, algunas en Cataluña”.

-Al margen de la credibilidad, habrá otras claves, supongo, para el éxito.
“En el mundo de la moda, conocer al cliente me parece algo básico. De nada te vale fabricar algo que no vas a vender”.

-Cuéntame algo más de tu infancia.
“Me gustaba ser libre, la naturaleza, ver parir una vaca, ir a vendimiar. La Gomera era entonces un lugar muy pobre, pero muy atractivo. Yo me acuerdo de mirar una y otra vez los figurines de la época, donde venía reflejada la moda de entonces. Había en Vallehermoso una señora, a la que llamaban Carmotita, que hace 65 años tenía unas manos extraordinarias para crear. Me fijaba en todo eso, era muy curioso. Y me enamoré del diseño de la moda, de cómo se hacían los patrones, de cómo se ejecutaba una prenda”.

-¿El estampado es bello, como la arruga, que decía Adolfo Domínguez?
“Nuestras prendas son muy coloridas, es verdad. Y sí, el estampado es bello. Pero también otros diseños. Te diré que ahora estamos fabricando mucho en Turquía, porque ahí te dan la prenda acabada, no tienes que estar retocándola”.

-¿Cuál fue la primera tienda que abriste?
“Una de Encuentro. Antes me dediqué a vender al mayor. Una señora que no podía pagarme lo hizo cediéndome su tienda y ahí empecé, ya sin descanso. En Los Cristianos. Hace unos 40 años. Fue un reto, pero yo lo iba haciendo casi sin darme cuenta. Hay que echarle horas y tener suerte, supongo”.

-En tu profesión es preciso viajar mucho.
“Ahora, menos, pero antes sí, claro. Y he tenido oportunidad de ver el hambre, las necesidades que hay en el mundo. Yo no te voy a contar las obras sociales que llevamos a cabo, no me parece bien, pero hemos ayudado mucho. Hemos ejecutado iniciativas muy interesantes, sobre todo en tiempos de la pandemia. Antes me preguntaste si yo era un hombre rico. Mira, de verdad, no quiero ser rico en dinero, sino rico en amor a lo que hago. Y también algo muy importante: no debo nada. A lo mejor esto es mejor que ser rico, en su término más conocido”.

-Y curioso, me han dicho. Creo que de todos los países que visitas te traes algo.
“Es verdad, si veo un plato grabado que me gusta, lo compro. Una taza, una copa. Todo lo que significa belleza, novedad. Y tengo mis casas llenas de recuerdos de esos viajes por el mundo. A mí me han enseñado mucho, por ejemplo, los americanos, que son unos maestros en todo. Por eso hice que mis hijos estudiaran en este país. Y a ellos siempre les digo lo mismo: hagan en la vida lo que les guste. No hagan nada a disgusto, no vale la pena”.

-Tú dices que eres un comercial nato. Pero no pareces relacionarte mucho con la gente, ¿no?
“Depende. Con la que me gusta, sí. Procuro ser discreto. Ya te conté lo de aquel directivo de un banco que preguntó si yo existía realmente. Yo en vez de estar hablando con un director de banco prefiero estar creando, o abriendo una tienda nueva en un mercado interesante. He ahí la diferencia. Por todo esto hay mucha gente que ni siquiera me conoce. Paso desapercibido y no me arrepiento. Cuando tengo un rato libre me voy a jugar al pádel y me mantengo en forma”.

(Si yo les dijera que no hay quien le eche a este hombre la edad que tiene, a lo mejor no me iban a creer. Se mantiene como un atleta y se ve que le gusta que se lo digan. Ha hecho buena la figura del ejecutivo discreto, que pasa por la vida de puntillas, pero ha creado un imperio. Tan pasito a pasito que a lo mejor no se ha dado ni cuenta de ello. No olvida a su tierra. Disfruta cuando está en ella. Con 12 años tuvo que dejar los estudios. Y, siendo joven, se comía las muestras de la fábrica de embutidos para la que trabajaba, como ya he contado. Parece mentira, pero es cierto. Se vino a Tenerife y aceptaba cualquier empleo que le ofrecían. Tenía en la cabeza una idea concreta: la moda. Y desde ese pensamiento casi obsesivo creó un imperio. Estas entrevistas me están sirviendo para conocer a verdaderos genios de nuestra tierra, tan dispersos por el mundo como valiosos. Fue muy agradable la charla con Raúl Méndez Mora. El día 8 estaré almorzando en su casa con tantos amigos como permita la normativa vigente).

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