conversaciones en los limoneros

Clemencia Ramos Rodríguez, empresaria: “En los años 80 si te comprabas un Mercedes te caía una inspección de Hacienda”

87 años, empresaria histórica de la restauración en La Cruz del Carmen
Clemencia Ramos Rodríguez. Foto de Fran Pallero

Clemencia Ramos Rodríguez nació en Chimanada en 1933, luego es lagunera. A sus 87 años tiene la memoria limpia y recuerda detalles concretos de un tiempo pasado, que no siempre fue mejor. Con su marido, Julián, fundó el famoso restaurante La Cruz del Carmen, en un paraje donde nace, crece y se pelea para conquistar su espacio, la laurisilva. Fue en la noche de los tiempos, a lo mejor en 1948. Y el restaurante, esto sí muy cambiado y regentado por su hijo Roberto, sigue funcionando. Y es famosa referencia gastronómica de excursionistas de todas partes del mundo. A sus 87 años, Clemencia, a quien todos llaman Cleo, está naturalmente jubilada, pero cuando hace falta echar una mano, allí está ella.

Aquel es un paraje de una fronda virgen impresionante. Llegan a Los Limoneros en un Mercedes 190 verde de los años 80, que sólo tiene 100.000 kilómetros. “Lo compró mi marido al contado y a las pocas semanas, Hacienda nos hizo una inspección. Parece que todo el que compraba entonces un Mercedes tenía como propina la visita de los inspectores, en tiempos de Solchaga. Yo conducía entonces, pero nunca saqué el carné. Más que nada, llevaba el furgón de la empresa por aquellos caminos”.

Y entonces es cuando yo empiezo a hacer preguntas para conocer cómo se podía mantener un restaurante en pleno monte, en un cruce de caminos, con una ermita al lado en la que no se celebraban –ni se celebran— oficios religiosos. Hace tres años, Julián, su marido, falleció, con 90 años. Bueno, le faltaron tres días para cumplirlos. Le llevaba a Cleo cinco años. Cuando se casaron, Clemencia tenía 23. “No, no fuimos novios mucho tiempo, pero no me separé de él jamás, estábamos juntos todo el día y toda la noche. Sí, sí, eso era amor”. Tuvieron dos hijos; uno es médico; el otro regenta el restaurante. Y cuatro nietos.

-¿Cómo era aquel sitio en 1948?
“Horrible. Mi marido pagó 5.000 pesetas a mi suegro por un cubículo de cinc con la idea de dar de comer a los excursionistas. Él tenía 18 años, o algo así. Pues servíamos lo normal, conejo en salmorejo y perdices, que comprábamos a los cazadores; y carne de cabra. En aquellos tiempos, cuando íbamos a la Cervecera a comprar cerveza, que subíamos en la guagua, había que hacer cola. Como si te hicieran un favor”.

-Dios, ¿había guaguas hasta allí entonces?
“Una al día. Nosotros bajábamos caminando desde allá arriba hasta La Laguna y subíamos la mercancía en la guagua. El agua para fregar la cogíamos de una galería cercana. Imagínate hoy en día servir comida rodeados de planchas de cinc. Pero así era Canarias. Todas las casas rurales tenían techos de cinc, todas las tuberías eran de plomo. Puro elemento cancerígeno”.

-¿Cómo pudieron hacer dinero, Clemencia? Porque lo hicieron.
“Nos fue bien. Date cuenta de que entonces no se pagaban impuestos. Cada uno ahorraba lo que podía. Y mi marido fue muy cuidadoso con el dinero y lo supo invertir bien”.

-Una caseta en un pasaje natural protegido. Hoy no hubiesen podido construir.
“El restaurante sufrió varias reformas hasta convertirse en lo que es hoy. Y más tarde licitamos por una concesión municipal, que todavía está en vigor. Ahora yo diría que es una excelente instalación gastronómica”.

-¿Y cómo se financiaban estas iniciativas? ¿Con los bancos?
“No, no. Los bancos no te daban un duro”.

-¿Entonces, Clemencia?
“Pues con los prestamistas. Mi marido le pedía un préstamo a Quintín Melo, cuando la cosa iba mal. Don Quintín nos lo concedía y le íbamos pagando poco a poco. Este sistema salvó muchos negocios, muchas economías. Yo recuerdo a don Quintín como una buena persona”.

-Dicen que tu restaurante ofrece el mejor puchero de la Isla.
“Es nuestra especialidad, el puchero canario. Hay gente que va expresamente a comerlo allí”.

-Había momentos en que el género escaseaba. ¿Cómo lo solventaban?
“Pues cuando no había conejos de aquí se los comprábamos a Emiliano, en La Laguna, conejo chino congelado. A los turistas les encantaba porque nosotros preparábamos el salmorejo y salían riquísimos. Ahora todo ha cambiado, todo es de primera calidad. Compramos desde hace muchos años en el mercado de La Laguna. Todos los recoveros son como familia nuestra”.

(Me cuenta su hijo, Roberto, que la luz y el agua y el alcantarillado llegaron desde hace quince años, no antes. Tenían dos grupos electrógenos, sobre todo para mantener los frigoríficos, pero por la noche los apagaban. El hielo para los refrescos lo compraban en la dársena pesquera. Su padre, Julián, había nacido en Sabanda, la mítica finca de don Pepe Peraza de Ayala, donde también nacieron Los Sabandeños).

-¿Te acuerdas de algún fiado, Clemencia?
“No, no teníamos fiados, porque aquello era lugar de paso, el cliente cambiaba mucho y no le fiábamos a nadie. El restaurante nos permitió a mi marido y a mí viajar por todo el mundo y disfrutar de la vida, pero el trabajo fue durísimo. Estuvimos 62 años juntos, nunca nos vimos asfixiados de dinero, aunque es verdad que recurrimos a préstamos. Él era un artista con el dinero, sabía dónde lo metía”.

-La última vez que fui yo a La Cruz del Carmen fue en tiempos de aquel bandido, Dámaso, que mató a varias personas en aquella zona.
“Tiempos muy difíciles, es verdad. Hasta que lo capturó la Guardia Civil, aquello era un remolino de gente que subía y bajaba a Las Carboneras. Dámaso nunca hizo daño a la gente de la zona, pero desde luego sí a otras personas”.

-¿Cómo aprendiste a cocinar?
“Pues con gente que sabía, sobre todo con una hermana de mi marido; y por necesidad. Teníamos que repartirnos los cometidos para que aquello tan remoto funcionara”.

-¿Conociste el trueque?
“Claro, el trueque de mercancías estaba a la orden del día allá por los cuarenta y cincuenta. Y más tarde. Gracias a eso también podían vivir las familias. Yo te cambio esto por aquello y así sobrevivimos todos”.

-¿Te da pena de cómo está la agricultura?
“Sí, se ha abandonado. Nadie se acuerda ya de lo que nos ha dado de comer”.

-¿Se respeta el monte?
“Depende, aunque sí existe más conciencia. Mira, en mis tiempos de niña y de joven, y más tarde, recuerdo a los guardamontes, que eran unos abusadores con la gente. Unos más que otros. Me acuerdo de Luciano, de Rafael y de Pepe Déniz, que era bicho ruin. Este hombre cogía a un pobre con un hatillo de leña, lo hacía bajar a La Laguna a pie, lo multaba y luego lo obligaba a subir al monte, andando, a poner allí la leña otra vez. Era rebellada aquella gente”.

-¿Te aburres ahora?
“No, porque yo subo casi todos los días. Y como tengo buena salud, echo un vistazo a la cocina y hasta ayudo algo; nada, poco. Todo ha cambiado. Ahora la gente quiere mucha calidad y se le da”.

-¿Crees que antes la gente era más feliz?
“No lo sé. Sólo te diré que, en mi boda, los invitados estuvieron de fiesta tres días. Porque había música, comida gratis y todos se llevaban bien. Te diré también que una vez mi abuelo, que vivía en La Punta, fue a Taganana a un entierro y tardó una semana en regresar a casa. ¿Qué dónde estuvo? Yo ya no se lo puedo preguntar y no sé si alguna vez lo dijo. Era el padre de mi padre”.

-Vaya entierros complicados. Y divertidos, por lo que se ve.
“No sabes cuánto. Cuando se moría alguien en el monte, en Las Carboneras, había que avisar al secretario del juzgado de La Laguna, que era don Manolo Alemán. Él iba para arriba, en la guagua, o en un taxi, ordenaba el levantamiento del cadáver y se transportaba hasta el cementerio como se podía. Dicen que a veces aprovechaban la misma caja para muertos distintos”.

(Esto último lo apunta Roberto. Y ahora que se recuerda la aún cercana muerte de García Márquez, el gran maestro del realismo mágico, parece que la escena se puede trasladar a cualquiera de sus obras. Una caja para varios muertos. Qué fuerte, ¿no?).

-La gente sabía divertirse.
“En los barrios de los pueblos, los bailes se organizaban en las casas. Así estaba todo el mundo vigilado. Y eran muy divertidos”.

-Además, las familias eran enormes.
“De ocho y más hijos. ¿Sabes por qué? Porque los ponían a trabajar la tierra desde chicos. No había posibilidad de pagar el trabajo, no había entretenimientos, no había televisión. ¿Qué hacían? Pues tener hijos y más hijos”.

-Nunca te faltó la comida, antes de dedicarte al negocio.
“No, nunca. Y con el negocio compramos varios pisos, ya te dije que mi marido invertía muy bien lo que ganaba. En un lado ponía lo que era necesario para trabajar; en otro lado, los beneficios. Era muy metódico. Y ganamos dinero, no me puedo quejar. Y pudimos dar a mis dos hijos educación. Y ahora tengo cuatro nietos, a los que adoro. Han podido seguir los estudios universitarios y son chicos estupendos”.

(Dos de sus nietos, los hijos de Roberto, llegan a Los Limoneros. Se sientan, respetando las normas, en una mesa cercana, tras saludar a la abuela. Uno será periodista. Es buen futbolista, amigo de Pedri, el jugador del Barcelona. Otro estudia segundo de Químicas. Gente sana, que sabe del sacrificio de sus abuelos para poder crear una familia, darles comodidades. Roberto me dice: “Estas páginas del periódico van a ser enmarcadas y colgadas en un sitio de honor del restaurante. Yo creo que mi madre se merece que la gente conozca su sacrifico durante tantos años”).

-Antes me has dicho algo que me extrañó. Había que hacer cola para comprar la cerveza.
“Sí, en la fábrica. Porque la demanda superaba a la producción. Entonces te daban las cajas con cuentagotas. Había que cargarlas hasta la guagua, porque todavía no teníamos coche. Y la guagua, ya te dije que una vez al día, subía desde La Laguna a las Mercedes y hasta la Cruz del Carmen. Allí bajábamos todo el género. También comprábamos en La Laguna. Era un gran sacrificio, acabábamos agotados, porque también había que atender a la gente en el restaurante”.

-Todo esto es impensable hoy en día.
“Es que la necesidad hace al ingenio. Teníamos que ingeniárnoslas para llevarlo todo arriba, despacharlo y volver a empezar. Y eso trae consigo un esfuerzo tremendo, cuando no tienes medios. Luego ya llegó un furgón Ford Transit, el Mercedes 190 y algunas comodidades. Pero hubo que ganárselas, nadie nos dio nada gratis”.

-¿No tenían miedo a los robos, en una zona tan apartada?
“No, porque allí no había nada que robar. Además, vivimos en la Cruz del Carmen un tiempo, pero luego nos trasladamos a La Laguna, cuando a mi marido le quitaron la vesícula. Subíamos todos los días con la mercancía, ya sabes, para la fabada, el conejo, el bacalao, las papas bravas y, sobre todo, el puchero”.
-Pues que aproveche.

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