conversaciones en los limoneros

Cristina Gámez, licenciada en Bellas Artes y en Filosofía: “Los artistas se han convertido en empresarios y creo que esto no es bueno”

Cristina, licenciada en Bellas Artes y en Filosofía, ya aparece en la prestigiosa colección Biblioteca de Artistas Canarios
Foto: Sergio Méndez

Yo creo que esta entrevista a Cristina Gámez Armas (La Laguna, 1964), sin Yolanda saberlo, la vamos a escribir entre Yolanda Peralta Sierra, su biógrafa, su analista de arte, su crítica, y yo. Porque yo solo no podría. Cristina ya aparece en la prestigiosa colección Biblioteca de Artistas Canarios, pero sólo Yolanda supo definir lo que Cristina hace en una introducción de esa obra que tituló Cuestionando códigos. Y dijo Yolanda: “Lo indecible en el pensamiento de Jacques Derrida alude a aquello que parece pertenecer a un género, pero que al rebasar sus límites, al desbordarse, contamina y se introduce en otro, pasando a pertenecer a ambos. Este podría ser el origen de la concepción del arte que defiende Cristina Gámez, una artista que no se define como pintora, pero tampoco como dibujante, escultora, diseñadora, bailarina o cineasta. No se considera nada en particular, pero lo hace todo en un cruzar y atravesar los lenguajes, las técnicas, los procedimientos, los materiales, las disciplinas. Cruza para pasar de la pintura a la artesanía, y otra vez a la pintura y el dibujo y luego al cine, al diseño de vestuario, a la danza, y de ahí regresar de nuevo al cine, atravesando, transitando y comunicando estas disciplinas, sin pararse apenas en ninguna para estar en ese lugar común de todas, convencida de que no existen diferencia entre ellas”. Y entonces aquí, con esas palabras, podría terminar esta entrevista, que resultaría casi tan breve como el famoso cuento de Augusto Monterroso. Pero no, yo tenía, por obligación, que meter el dedo en el alma de Cristina y lo intenté durante un rato, bajo la sombra del oxímoron formado por las naranjas de Los Limoneros. El resultado me parece incierto, pero siempre nos quedará Yolanda.

-Tu obra me parece pura plástica, Cristina.
“No lo sé. Pero sí te digo que soy minuciosa; y que comprendo que trasladar a la gente lo que hago no es fácil”.


-Bueno, manejas bien los telares, ensayas sobre ellos y logras cosas muy buenas.
“Los telares son un coñazo. Me recreé un día en el trabajo lento y artesanal, pero te confieso que cada vez tengo menos paciencia”.


-¿Eres anárquica cuando creas?
“No, qué va, ya te digo que soy muy minuciosa”.


-Me da que tienes que estar siempre en movimiento.
“No sirvo para estar quieta. Si me parara me entraría una terrible depresión”.


-¿Pero te enamora lo que haces?
“No sé; por ejemplo, escribo un guion y luego aparecen las metáforas. Nadie me quita el entusiasmo, eso sí”.
(Tengo delante el libro dedicado a Cristina. No pensaba hacerlo, pero me lo he leído enterito. Y he visto con atención las fotos de su obra. Ella, que es licenciada en Bellas Artes y en Filosofía, ha trabajado el bronce, aunque no se considere escultora. Y ha trabajado la fotografía. Y diseña primorosos vestuarios para el cine; pero sus linos cautivan. Y, qué casualidad, Cristina ama una película entre todas, El año pasado en Marienbad (1961), de Alain Resnais, una película cuyos rollos, yo, que era operador de un proyector OSA de 35 milímetros, manejé varias veces en el cine club de mi pueblo. Tiempo sin sombra y espacio, como en Marienbad, pura metáfora, como a Cristina le gusta).


-¿Sabes? Es muy difícil acertar contigo y el lector, creo que necesitaría no dos, como ahora, sino 100 páginas.
“Ah, pues no sé. En todo caso yo pido mucha ayuda a los amigos del cine, de la danza, de la Escuela de Actores donde imparto clases. Y de Bellas Artes, donde hago sustituciones. No estoy sola en lo que hago”.


-Vale, pero aunque sea difícil de vender lo tuyo, no por su calidad –que es indudable—, sino por su característica, ya cuelgas en las mejores paredes.
“En el TEA tengo Los amantes de Dresde; en el CAAM está Tramoya; y en el Museo Municipal de Santa Cruz, Despliegue. Como escaparates adecuados no me puedo quejar.


(Tiene un Golden, de apellido Mil Leches, que encontró no sé dónde, por lo que sintoniza enseguida con mi Mini, que asiste muy complacida a la entrevista, no por su amor al arte y al lino, sino porque en Los Limoneros le echan jamón).

-Es una pregunta tonta, ya lo sé. ¿Te sientes valorada?
“Valorada, sí, pero entrar en el mercado del arte es enormemente complicado. Lo sabe todo el mundo. Has de estar adscrita a una galería y es preciso saberse vender uno”.


-Te he visto hacer equilibrios sobre la barandilla de un puente. Porque eras tú, ¿no? ¿O una doble? He visto cosas tuyas muy buenas, Cristina.
“Cada uno ve lo que quiere ver en la obra de un artista. Yo empecé a hacer danza en el Instituto. ¿Qué si me condicionó? No sé, era danza amateur, sin aspiraciones grandes. Ahora existe mucha oferta de todas clases en el mundo del arte. Yo sé que no me vendo bien, ni tengo cabeza para estar haciendo lo mismo todos los días. Los artistas se convierten en empresarios para vender y yo no soy así, estoy hecha de otra manera”.


-Efectivamente, estos son tiempos difíciles. Puede parecer un tópico como una casa, pero sí que los son.
“Sobrevivir exclusivamente como artista no sólo es complicado en estos tiempos, sino muy frustrante. Pero yo no tiraré la toalla. Hago otras cosas para poder seguir con mi vida: doy clases y tengo algunas otras actividades. Mira, cuando diseño vestuario de cine, por ejemplo, todo me sale muy natural, termino contenta de lo que logro. Ernesto Varcárcel dijo una vez que yo podía manejar bien cualquier material que tocara y esta frase me llenó de orgullo. Y ahora la traslado a la enseñanza”.


-Entonces, en el cuestionario no puedo decir que eres estrictamente pintora. Lo digo por repetir.
“No, es que no lo soy; di que soy Cristina”.


(Y entonces se le iluminan sus bellos ojos, como si estuviera enamorada, que yo creo que lo está, pero también hay amores imposibles y acaso lejanos en las historias… de amor. Yo conocí a su padre, que era un hombre dialogante, que fomentaba ese diálogo en casa, donde los chicos y las chicas opinaban con libertad. Pepe Gámez ya murió, Cristina se le parece mucho físicamente. De pequeños, ella y sus hermanos ayudaban en los desaparecidos Almacenes Gámez y cobraban por ello unas perritas, en las épocas de mayor venta. No puede meter la bicicleta en el centro de La Laguna, reivindica un carril bici y anda en un jeep, creo que verde o algo así. “Yo creo que heredé de mi padre el gusto, el buen gusto, quiero decir. Él tenía muy buen gusto”).

“Es verdad, en casa siempre había debates, yo me acostumbré a eso y debato cuando puedo y cuando hay de qué debatir, claro”.


-Y tienes tu puntito de timidez. O a lo mejor es una falsa sensación.
“Soy miedosa a la exposición, vamos a llamarlo así. A través del cine no estás tan expuesta, como en la danza por ejemplo. Tengo confianza en el producto que hago, en la obra, pero cuando actúas es otra cosa. Te estás sometiendo a examen”.


-Antes hablaste de metáforas. La vida lo es, creo yo.
“La literalidad no me interesa nada, yo soy más dada a escribir historias, pero puras metáforas”.


-Tu padre era político de corazón, pero no de acción. ¿Hasta dónde se puede meter en un mismo saco el arte y la política?
“Es que todo es política, ¿no crees? Cuando presentaron mi libro alguien habló del arte y de la política. Y me parece una tontería porque todo es política: política económica, política social. Yo me conformo con hacer las cosas bien y con tener trabajo. Y si me preguntas si es difícil explicar mi trabajo te respondo que sí. Por eso debes ayudarte del libro de Yolanda”.


-En Los amantes de Dresde aparece un abrazo limpio. No te preguntaría jamás quiénes quieres que sean esos amantes, si los originales u otros.
“Búscalo en un fotograma de Resnais, ya que conoces la película. Lo tomé prestado. Una obra de gran formato, que podía ser el final de algo. ¿De qué?, de un encuentro, de una historia de amor, el fin del cine, el fin del arte”.


(No ha respondido, o no se lo he preguntado, ya no me acuerdo. La respuesta la tomé del libro. Marienbad parece ser un símbolo de puros finales. No olvidemos que Cristina es filósofa, una filósofa que diseña casas hilvanadas, porque como interiorista, para mí, resulta excepcional. Y hasta biombos, en los que sus figuras parecen salir de una tercera dimensión. Esta mujer tiene mucha sensibilidad, aunque interrumpe la conversación para hablar de sus apartamentos decorados por ella para sobrevivir y –si Cristina me permite—de un amor que ni se olvida ni se aleja, que sólo ella sabe quién es. Yo le he apuntado aquello de: “Ni contigo ni sin ti tienen mis penas remedio”. O lo de Mecano: “No puedo vivir sin él, pero con él tampoco”, en versión adaptada. Y asiente, porque debe ser una cosa así).


-¿Existen realmente los mares de plataneras?
“Sí, sí existen”.


-¿Los lenguajes del arte se mueven?
“Dijo Yolanda que yo transito muchos lenguajes”.


-Y es verdad, porque es un arte indefinible, pero bellísimo. ¿Estás contenta con haber pasado a ser una de los grandes?
“Ese libro salió muy bien. He entrado en la colección y estoy, claro, contenta, porque refleja mi obra, mi vida, mis experiencias vitales”.


-Es como un paso a la posteridad.
“No sé, yo estoy muy satisfecha con su contenido”.


(Y luego, durante un buen rato, comenzamos a hablar de otras cosas que no tienen nada que ver con el arte. Yo dejé de tomar notas, seguro como estaba de tener en la biblioteca el libro a ella dedicado. Una mujer que ama a Chejov. Y que se pregunta: “¿Tiene algo que ver el amor con la inocencia? ¿Qué mecanismo pone a funcionar el amor? ¿Dejamos de amar cuando dejamos de fantasear con las personas?”. Ay, hija mía, si yo supiera darte respuestas sería un sabio, un consultor de afectos, y es una lástima que ya no se lo puedas preguntar a Alain Resnais, porque murió en el año 2014. Por lo menos pudo ver nacer este malhadado siglo XXI).


-Ha sido un placer, Cristina. Y todo un descubrimiento.
“Si tienes alguna duda llámame, no te cortes”.

(Y me da su teléfono, pero no voy a molestarla, porque creo que he captado la esencia –ah, y la metáfora— de una pedazo de artista que para mí –ignorante del arte y de tantas cosas— era absolutamente desconocida).


-Volveremos a vernos, seguro.

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