Arona

Araceli y Guadalupe, aroneras de 93 y 90 años: “Antes había más respeto a la hora de vestir, con los padres y con todo”

Araceli Cano Frías, de 93 años, y Guadalupe Frías García, al borde de los 90, recuerdan a DIARIO DE AVISOS cómo era la vida en Arona a mediados del siglo pasado; sus testimonios se incluirán en el Atlas del Patrimonio Inmaterial que elabora el Ayuntamiento


Entre las dos suman casi 200 años y cuándo les preguntamos el secreto de su longevidad y su buen estado de salud ambas responden a la vez: “la leche y gofio”. Modesta Araceli Cano Frías, de 93 años, “nacida y casada hace 66 años en Arona” y su prima Guadalupe Frías García, natural del municipio sureño, que en diciembre cumplirá nueve decenios, desayunan y cenan el alimento típico canario de cereales tostados y molidos, una dieta que las mantiene llenas de vida y, por lo que se ve, con una memoria prodigiosa a poco que empiecen a tirar del hilo de los recuerdos.
“¿Mi infancia? Bien, jugando al tejo, a la soga, a muñequitos que hacíamos con pencas porque no había para comprar… Éramos felices a nuestra manera”, cuenta Araceli. “En la plaza del Ayuntamiento estaba la escuela. Allí, nada más entrar, rezábamos, y colocaban la bandera de España. En nueve años solo conocí a una maestra, que si no nos veía en misa los domingos nos dejaba sin recreo el lunes”, apostilla Guadalupe.
Las dos recuerdan que “a los 14 años ya nos echaban fuera del colegio y no había más nada. Algunos se iban a Güímar a estudiar con las monjas, otros a Santa Cruz… y nosotras a aprender a hacer rosetas (un tipo de encaje de aguja sobre una almohadilla muy característico del Sur en los siglos XIX y XX) para vender y comprarnos algún trajito. No había otra, éramos chicas”.
La habilidad de Araceli con la aguja y el hilo – hoy sigue cosiendo en la ventana de su casa, en el casco de Arona – quedó acreditada con el título obtenido con nota de sobresaliente. “Cuando me puse a coser únicamente dejaba de venir a misa en septiembre, porque la costura era para las fiestas”.
Ambas asocian los mejores recuerdos de su juventud a los bailes de la época. “Es que no había otra cosa”, subrayan. Guadalupe no olvida las caminatas a las fiestas de Vilaflor y cómo vecinos de este núcleo y de Granadilla llegaban a Arona para los bailes. “Sí, claro que se bailaba agarrado, bueno fuera” (risas), y reconoce que en esa faceta tenían éxito, porque “arregladas a la época éramos divertidas, aunque yo era más bailadora que mi prima”.
Para esas citas se reservaban los mejores ropajes y en eso Guadalupe y su hermana contaban con el buen hacer costurero de Araceli, que “nos hacía unos trajes muy bonitos, no como ahora, que las chicas parece que van desnudas”. “Es que antes había más respeto en la forma de vestir y también con los padres y con todo el mundo, eso es lo que más echo de menos ahora, el respeto”, remarca.
A medida que avanza la conversación, Araceli da muestras de su primorosa memoria, recordando cuando “mi padre parrandeaba a la profesora de la escuela en el burro” o aquellos días en los que un vecino le encargaba traerle el periódico. “Yo le decía, don Juan, yo no sé decir periódico. “Pues di la prensa”; y se la llevaba”. La vida giraba en torno a las medianías. “Bajar a la costa entonces no se usaba”.
Guadalupe recuerda, “como si fuera hoy mismo” el día que su padre se fue a la guerra: “Como si lo estuviera viendo salir por la puerta con la maleta. Nos cogió por los brazos, bajó su cabeza y nos dio un beso”.
Pero, a pesar de las penurias de la posguerra, reconocen que no pasaron hambre: “Sembrábamos, había nísperos, melocotones, carne de cochino, gofio, cogíamos higos picos, arvejas, lentejas, judías y garbanzos que nos comíamos crudos y qué buenos eran saladitos…”.
Cuando alguien en el pueblo caía enfermo se avisaba a don Manuel Cabrera, el único médico de la zona. “Venía si nos poníamos malas, en aquellos años no había practicante, y muchas familias hacían rezados, en eso nos hacían creer”. Hoy, que las preocupaciones sanitarias son otras admiten que “esto del virus nos tiene en un sinvivir”.
Araceli vive con su marido, de 97 años, a quien conoció jugando “siendo chica”. “Éramos vecinos, la casa de él daba a naciente y la mía a poniente, íbamos a la escuela juntos y a los 25 años nos enamoramos; el 7 de julio cumplo 66 años de casada”. Tuvieron tres hijos “a cual mejor, nunca me han dado una queja”.
En época de Navidades, el menú se elaboraba con algún animal de la granja familiar. “Matábamos gallos, gallinas, conejos, cochinos, y hacíamos morcillas. Cuando veía a mi madre amasar aquella sangre con las tripas, me daba una cosa que no me entraban ganas de comerme aquello y hoy, fíjate tú, la gente se vuelve loca por eso”.
Araceli vuelve al principio de la conversación para defender el alimento imprescindible en su día a día, convencida de que “alarga la vida”. “Antes tomábamos el gofio con leche de cabra” y matiza que a mediados del siglo pasado “no había yogures ni nada de eso” y que a ella no le gustan los “potingues”.
Cuando moría alguien en el pueblo “la gente se volvía loca llorando, no como ahora que no ves una lágrima, y había luto hasta por los abuelos, ya fuera con una blusa o un delantal… Hoy todo eso se ha perdido”, explica Guadalupe, que tuvo dos hijos de su matrimonio.
Ambas recuerdan cómo lavaban la ropa en los charcos cuando llovía o cómo le cantaban a Alfonso XII en la plaza. “¿Dónde vas Alfonso XII, dónde vas tú por ahí, voy en busca de Mercedes, que ayer tarde no la vi”. Mira tú lo que nos hacían cantar”, dice, entre risas, Guadalupe.
Sobre el desarrollo urbanístico del Sur, Araceli sostiene que “la costa de Adeje da miedo de tantos hoteles y casas, aunque aquí, en Arona, no dejan fabricar nada, pero para mí está bien, porque a estas alturas…”.
Al final de la conversación, Araceli nos enseña dónde vive a través de una de las ventanas de la Casa de la Bodega, el emblemático y coqueto recinto en el que transcurre la entrevista. “Mi casa está ahí para cuando quiera tomar café”, comenta apuntando con el bastón. “Yo, por mí, seguiría hablando”, dice Guadalupe. “Aquí no me canso, estoy sentada y no estoy fregando”.
Modesta Araceli Cano y Guadalupe Frías son dos de las vecinas que participan en un proyecto innovador puesto en marcha por el concejal de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de Arona, José Alberto Rodríguez, para salvaguardar los conocimientos, costumbres, oficios, expresiones, historias y técnicas, y evitar así que se pierdan en el tiempo. Se trata del Atlas del Patrimonio Inmaterial de Arona, que, a través de una labor de investigación y recopilación de información, basada sobre todo en el relato de los mayores del municipio, pretende proteger ese tesoro intangible y, paralelamente, reforzar el sentimiento de identidad.
“La gente se va haciendo mayor y no queremos que se pierda esa memoria. Para nosotros es una prioridad salvaguardar los usos, las costumbres, los refranes, los santiguados, las fotografías antiguas… para dejar ese legado a las generaciones futuras. Y lo hacemos con la colaboración de todo el pueblo y, especialmente, de nuestros mayores, que se muestran muy ilusionados, porque este proyecto les da vida”, explicó a este periódico el concejal, que confía en disponer del fondo documental en el plazo de un año.
“Es que recordar siempre es bonito y las tradiciones no hay que olvidarlas”, remata Araceli, antes de cogerse del brazo del edil para iniciar el trayecto de vuelta a casa.