tribuna

El delator, un acto de valentía literaria; por Francisco Estupiñán Bethencourt

Por Francisco Estupiñán Bethencourt

El delator (Editorial Mercurio, 2021) ha disgustado a no pocos. Y eso lo sabía y lo explícita el autor, Juan Manuel García Ramos, en el propio texto, en el que indaga, sin conclusiones firmes, sobre la actitud durante el alzamiento franquista de un grupo de intelectuales tinerfeños que son totémicos para muchos porque depararon uno de los momentos culturales más brillantes del siglo XX en Canarias y por su supuesta adscripción antifranquista. Y, como sabemos, donde hay un tótem suele haber también un tabú. Así pues, lo primero que hay que reconocerle al autor es una valentía inusual por estos lares nuestros, sabedor como lo es de que le iba a llover a cántaros por lo que sus detractores toman como un conjunto de especulaciones cuyo único propósito es la provocación y la insinuación infundada. Actitud, la de la provocación, que García Ramos reconoce e identifica como uno de los principales objetivos del arte, en general, y de El delator, en particular. O, dicho al modo de los formalistas rusos, se pretende desautomatizar la percepción, objetivo literario que comparto, para provocar la reflexión.


Algunos de sus detractores aducen errores de datación, y de índole similar, cometidos por el autor, pero no hay en el texto pretensiones de estudio científico y ninguna de las inexactitudes posibles es tan importante como para que el argumento central del texto se venga abajo. También habrán saltado de sus sillones algunos lectores al identificar nombres, de vivos y muertos, que el autor enjuicia, seguro que en más de una ocasión condicionado por sus filias y sus fobias. Va en la condición humana.


Lo que sí es cierto es que García Ramos, uno de nuestros más brillantes escritores, mete el dedo en una de las llagas de la Guerra Civil en Tenerife, donde su clase dirigente, que la hay, faltaba más, siempre aspira a que las contradicciones sociales pasen desapercibidas. Ejemplo muy patente de lo que es evidente y nadie se atreve a decir en voz alta es cómo esa misma clase dirigente la forman un ramillete de apellidos que perduran, al menos, desde los tiempos de la Restauración borbónica, así pasen monarquías, repúblicas o dictaduras.


También cabe comprender que las guerras las afrontan con entereza los soldados profesionales y los fanáticos.

Los demás somos víctimas del miedo, anteponemos a todo nuestro instinto de supervivencia. Eso es, con seguridad, lo que primó en la inmensa mayoría de españoles a partir del 18 de Julio de 1936, incluida nuestra isla. Es lo instintivo y también lo conveniente.


Hay, eso sí, afirmaciones del autor en su crónica de las que discrepo absolutamente: la manida concepción de que la historia la escriben los vencedores es una. La moderna y dominante interpretación de aquella guerra la han escrito, bien al contrario, los perdedores, descontextualizándola del momento histórico en el que se desarrolló, el de los extremismos ideológicos que condujeron a la II Guerra Mundial. Es la misma interpretación dominante que elude hablar de que los socialistas tuvieron participación en las instituciones de la dictadura de Primo de Rivera; que Fermín Galán, al que convirtieron luego en un héroe, fue fusilado porque esos mismos socialistas no le avisaron de que se echaban atrás a última hora en una asonada que ellos mismos habían preparado, como narra Clara Usón en Valor (Seix Barral); que Andreu Nin y tantos otros fueron asesinados por los agentes soviéticos que Stalin envió como asesores del bando republicano; que Juan Negrín desoyó las múltiples advertencias que, sobre su manera de conducir la guerra, le hiciera Manuel Azaña… Pero no hay peor sordo que el que no quiere oír.


También discrepo de García Ramos cuando atribuye a mal de amores que George Orwell denunciara a comunistas británicos después de que volviera a su país, tras participar en nuestra contienda en el frente de Aragón. Es una explicación condescendiente. El escritor británico, trotskista de primera hora, descubre lo que es el comunismo en su estancia en España, lo que relata en Homenaje a Cataluña, y decide que debe luchar contra esa fuerza destructora colaborando con la inteligencia de su país. Y aún así costó mucho descubrir a los conocidos como Los cinco de Cambridge, por citar el caso más notorio de topos británicos al servicio de la URSS. Pero ya sabemos que advertir de que los comunistas son un peligro para la convivencia democrática no está bien visto por estos pagos; aunque señalar a cualquiera como réprobo fascista es caso de justicia. Faltaría más en el mundo de lo políticamente correcto y correcta.


Respecto de Domingo López Torres, no parece que fuera persona leal a la República, sino a la revolución extremista de izquierdas (esa es una confusión interesada que la versión actual de la Guerra Civil mantiene; no parece creíble que, pongamos el caso, Pasionaria luchara para salvar una República constitucional y democrática). De todos sus coetáneos era sabido el compromiso revolucionario de nuestro poeta. Que alguien echara una última mano para que le pusieran el pandullo y lo arrojaran al mar solo lo saben, al parecer, García Ramos y alguno más, según afirma en su post data. Creo que debería entonces hacer majo y limpio en este envite. En cualquier caso, ni el supuesto delator fue el primero ni la pobre víctima, la última.

Pero la guerra civil no acabó en 1939 en Tenerife ni en ningún lugar de España. Sirva de ejemplo que el régimen dictatorial llenó, en la posguerra, las redacciones de los periódicos locales de franquistas que aun en los años 70 se personaban en la plaza de Weyler para denunciar a sus compañeros periodistas que se oponían a la dictadura, por citar un caso contrastado. Y a los gobernantes locales les costó años de democracia para que los nombres de las calles dedicadas a los generales de la conspiración del 36, que nada tenían que ver directamente con la historia tinerfeña, salvo el propio Franco, fueran sustituidos por denominaciones que no pasan del sarcasmo. De hecho, todavía existen, en la ciudad capital y en La Laguna, calles dedicadas al falangista Santiago Cuadrado. O al teniente Martín Bencomo, en Santa Cruz. O a un tal R. Melchior, como lo cita García Ramos, en La Laguna.


En fin, Juan Manuel García Ramos ha tenido el valor de enfrentarse a viejos fantasmas, ha agitado el avispero, ha provocado previstas reacciones encontradas. Ha tenido la valentía de remover, con más o menos aciertos, según las opiniones, la conciencia colectiva y el debate en un pueblo que quiere pasar de puntillas sobre las páginas negras de su historia. Esa es, a mi modesto entender, la verdadera literatura comprometida, la literatura que, sin temor a provocar la reflexión compartida, quiere escarbar en la verdad a pesar de todo. Para entretenernos ya tenemos la tele y el fútbol.

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