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Candelaria y Petra, tinerfeñas de 90 años: “En Nochebuena se alumbraba con farolillos”

Candelaria Delgado, de 93 años, y Petra García, de 94, recuerdan que las Navidades de antes eran, al igual que la vida, “más tranquilas y sin el estrés de ahora”
Dos mujeres luchadoras con un carisma especial que hoy volverán a sentarse en la mesa familiar

Candelaria Delgado Gaspar, de 93 años, recuerda con añoranza las Navidades en San Isidro (Granadilla de Abona). “En casa se cantaba y bailaba, las celebraciones eran en familia y se comía mucho más sano: carne cochino, baifo, conejo, caldo de gallina, papas, queso, rosquetes…”, rememora. Tampoco olvida que “no faltaba quien tocara una guitarra” ni la antigua costumbre de salir de ronda por las casas e ir a misa a la ermita del pueblo.

De origen familiar humilde – es la más pequeña de siete hermanos – en su mente conserva estampas de un San Isidro muy diferente al actual, atravesado por numerosas atarjeas, sin calles asfaltadas y apenas vehículos. “Antes era una vida más tranquila y sin el estrés de ahora”, subraya, y cuenta que entonces no llegaba al pueblo la electricidad. “En Navidad no teníamos, como ahora, luces en las calles, ni siquiera velas en las casas, la única luz en el hogar era la de los farolillos que se encendían con petróleo”.

Cuando llegaba el fin de año, las celebraciones se limitaban a cantar y a bailar, pero en la Nochevieja no se consumían las uvas de la suerte. “Y los Reyes no eran como los de ahora, porque no había con qué comprar y uno se conformaba con lo que le daban”, detalla.

Entonces, la vida en el sur de Tenerife no era fácil. Candelaria recuerda las largas caminatas hasta el casco urbano de Granadilla para comprar comestibles que complementaran lo que daba la huerta, ya fueran las verduras que sembraban o la aportación de los animales, desde vacas, cabras, conejos y gallinas hasta camellos.

Candelaria, que tiene una hija, tres nietos y tres tataranietos, siempre se ganó el cariño de sus vecinos. Casada con José Alonso, ya fallecido, fue la dueña de un horno de leña, donde hacía rosquetes, galletas, tortas de leche y bizcochones. Por su panadería pasaba todo el pueblo a comprar y a hornear la carne y las tortas de pan.

Petra García Cuesta, de 94 años, es otra de las memorias privilegiadas del Sur. Criada en un familia de siete hermanos en Valle San Lorenzo (Arona), reconoce que en los años de juventud recibía la Nochebuena “privadita”, ya que “se hacía de comer algo especial: se mataban baifos, conejos y gallinas, porque los cochinos ya se habían matado en noviembre, por San Martín. ¡Y había frangollo de postre!”.

A su mente viene la imagen de su madre, Isabel, y su tía Lola amasando pan para la Nochebuena y haciendo rosquetes de vino. “Aprovechaban la leña del horno que algún vecino encendía”. En el pueblo se ponían de acuerdo y se avisaban puerta por puerta: “¿Tú tuestas hoy, Isabel?”, preguntaban en su casa. El plan B era la vivienda de Seña María, la panadera. “El que no hacía pan, podía comprarlo allí, si podía permitírselo, claro”. Esos días especiales también aumentaba la producción de millo en las piedras de molino “para hacer más gofio y frangollo”.

“En casa nunca faltó la comida y en las fechas señaladas solía llegar alguien de fuera, porque siempre había gente más pobre que uno”, cuenta con una gran lucidez una de las vecinas más conocidas del Valle, que resume la situación económica de la época en una frase: “Los ricos de antes eran más pobres que los pobres de ahora”, para apostillar que “los maestros podían tener algo más, pero era bien poco”. Petra, que fue costurera, sacaba en aquella fechas, como muchas familias, los manteles y las servilletas bordadas. Era su manera de escenificar el carácter extraordinario de encuentros familiares como el de la Nochebuena.

Después de rememorar los villancicos que cantaban los vecinos en la zona de El Pinito, apunta que en Navidad no se trabajaba en la herrería, “pero si venía alguien de lejos con alguna bestia se le atendía”. Su marido, Juan Díaz Hernández, y su hermano José, al que llamaban el Rubio, trabajaban con el “abuelo Pepe” en la herrería del Valle, muy conocida en toda la comarca sur.

Cuando se le pregunta por los Reyes Magos de antes, cuenta que “no se escribían cartas como ahora, pero esperábamos algún regalo privaditas”, insiste. “Para consolar a los niños siempre había una naranja, una manzana u otra fruta, y si alguno quería hacer una gracia dejaba boñigas de burro” (se ríe). “Antes no había más nada. O yo no me acuerdo de nada más”.

Pero cuando piensa en los regalos que recuerda con más cariño, su prodigiosa memoria rescata “las muñecas de saco y tela que parecían personas y que hacían Antonia la Vieja y Rosita, que eran hermanas, porque aquí no había ventas de muñecas ni nada de eso; se hacía todo en las casas, y las telas, botones y cremalleras se compraban en Granadilla y en Las Tres Muñecas, en Santa Cruz”.

Petra, como Candelaria, son dos ejemplos de la esforzada vida en aquel Sur de mediados del siglo XX plagado de carencias y dificultades. Dos mujeres luchadoras con un carisma especial que hoy volverán a sentarse en la mesa familiar. Otra Nochebuena les espera.

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