memoria histórica

Conchi, una vida buscando los restos de su tío Luis, fusilado por el franquismo en La Laguna

Es la sobrina de uno de los 2.000 desaparecidos que la dictadura dejó en Canarias; a sus 77 años, teme que el deseo de su padre, descansar junto a su hermano, nunca se haga realidad
El padre de Conchi Figueredo, que fue apoderado de la farmacia de la Plaza de la Catedral, recababa datos en sus conversaciones con los clientes para así tratar de dar con los restos de su hermano | FRAN PALLERO

Concepción pasaba los días mirando por la ventana, aguardando a que su hijo mayor, Adolfo, volviera a casa. También le echaban de menos su padre, Antonio, y su hermano pequeño, Luis. La única lucha de la familia Figueredo fue, durante años, encontrar pistas que les llevaran hasta el lugar donde al joven se le dio sepultura tras ser fusilado en una tarde de 1936. Todos ellos perecieron con pocas certezas sobre el paradero de Adolfo y, todavía hoy, su sobrina Conchi trata de dar con sus restos para que al fin su tío descanse junto al hermano: “El problema es que cuando yo muera, se acabó. No creo que nadie siga intentando encontrarle”, lamenta a sus 77 años y con el cansancio de haber pasado la vida buscando sin éxito. Su tío es uno de los más de 2.000 desaparecidos que el franquismo dejó en Canarias.

El recuerdo que pervive de Luis Figueredo es el de un joven adelantado a su tiempo en ámbitos como la cultura, la política y la religión. Conchi apunta que su tío era masón y que estudió Derecho en la Universidad de San Fernando, en La Laguna, vinculándose más tarde con grupos políticos de izquierdas. Ese último dato fue suficiente para que, tras conocerse la explosión de un artefacto en una fábrica de galletas cercana a la Universidad, le realizaran a él y a otros diez hombres un juicio sumarísimo en el interior de un garaje. De allí los llevaron en guagua hasta la zona del Rancho Grande, lugar donde fueron fusilados.

El mayor de los hermanos Figueredo, Adolfo, estudió Farmacia y era también simpatizante de la izquierda. Tras el ataque a la fábrica de galletas, a él le llevaron al cuartel de la Guardia Civil, en la calle San Agustín, para interrogarle. Horas más tarde, acabó preso en los Salones de Fyffes, en Santa Cruz. Durante aquel encierro de siete años supo además que a su hermano lo habían fusilado.

Luis Figueredo (izquierda), fusilado por los falangistas, y Adolfo Figueredo (derecha), que pasó siete años preso en la prisión de los Salones de Fyffes. / CEDIDA

Cuando Adolfo salió de Fyffes, trató de recabar toda la información posible sobre el paradero de los restos de su hermano. Era apoderado de la farmacia de la plaza de la Catedral, lo que le daba la ventaja de poder rodearse de personas de distintos ámbitos: “El encargado del cementerio de San Juan, que era cliente de la farmacia, le contó que los habían enterrado al lado de la capilla, en un pozo negro donde metían todos los cuerpos que no se reclamaban”, narra Conchi.

“Mi padre me contaba cada avance que hacía, cada cosa que reunía, todo lo que buscaba… Murió sin conseguirlo y yo prometí que, mientras siga con fuerzas, lo seguiré intentando”

Ella conoce todo esto porque su padre le contaba “cada avance que hacía, cada cosa que reunía, todo lo que buscaba”. Sin embargo, Adolfo “murió sin conseguirlo” y eso le hizo a Conchi prometer que “mientras siga con fuerzas, lo seguiré intentando”. Así, ella contactó con una persona que está autorizada para realizar la exhumación, a través de los distintos acuerdos institucionales que existen para ello, pero el procedimiento se ha ralentizado a causa de la pandemia.

“Las cosas se van alargando, yo me siento cansada, los años pesan y me he quedado sola en esto”, lamenta a sus 77 años. El tiempo sigue corriendo en contra y su preocupación ahora es qué ocurrirá cuando ella ya no esté. Con el fallecimiento de su hermana, teme que el último deseo de su padre, que la familia descanse unida, nunca se haga realidad.

LA POLÍTICA Y EL DOLOR DE LAS VÍCTIMAS

En estos días en los que se critica la presencia de vestigios franquistas en las calles de Santa Cruz de Tenerife, Conchi considera que se deben retirar los reconocimientos a “sinvergüenzas” o “asesinos”: “Que quiten los carteles y a Franco, pero que no nos produzcan más dolor porque a mí todo esto lo que me produce es daño”.

Ella cree que, respecto al caso concreto del monumento al dictador realizado por Juan de Ávalos en la capital, la “única” controversia que puede haber es el hecho de que la fuente haya sido pagada a través de donaciones realizadas por parte de la ciudadanía. Es por este motivo que se muestra a favor de que se mantenga la fuente, siempre que se eliminen los carteles y la escultura principal.

Sin embargo, para Conchi lo primordial es que esta polémica acabe cuanto antes, ya que cree que puede haber tras ella una intención de “volver a dividir a la población”: “Las ideologías deben encontrar un camino común donde quepamos todos. No quiero que los políticos, de uno u otro lado, usen lo que ocurrió. Ellos no piensan en nosotros”.

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