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Juan Cruz Ruiz: “Es bueno que exista la memoria para escribir ficción, aunque lo fundamental es la libertad para manejarla como nos dé la gana”

El periodista y escritor portuense acaba de publicar la novela 'Mil doscientos pasos', una obra que, sin ser de carácter autobiográfico, sí que es un "testimonio sentimental"
Juan Cruz Ruiz. / DA

El periodista y escritor tinerfeño Juan Cruz Ruiz (Puerto de la Cruz, 1948) acaba de publicar Mil doscientos pasos (Alfaguara, 2022), un relato de ficción que retrata un tiempo pasado, el de la posguerra y la dictadura franquista en España. Aunque -no nos confundamos- esta no es una novela histórica. Y tampoco una novela testimonio, autobiográfica, acerca del tránsito de la infancia a la adolescencia del propio autor. Pese a que la memoria -otra vez en Juan Cruz- ha ejercido una función primordial para levantar un texto en el que se nos cuenta cómo un hombre regresa al pueblo de su niñez con la finalidad de explicar(se) los hechos que configuraron su pasado y que, es inevitable, continúan condicionando la persona que es hoy. Juan Cruz observa semejanzas, cada vez más, entre esos años de opresión -silenciosa y en ocasiones también estridente-, en los que la infamia poseía carta de naturaleza, y la época contemporánea. Y eso, confiesa en esta entrevista con DIARIO DE AVISOS, no deja de inquietarle.

-Hay una frase de Eugenio Scalfari que usted ha adoptado como máxima: “Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”. Si eso es un periodista, ¿cómo definiría Juan Cruz el oficio literario?
“Es un oficio de gente que le dice a la gente lo que pasa por su imaginación. Tiene que ver con la realidad, pero con una realidad fermentada, en todo caso. Eso es lo que comprende una obra literaria y también, de forma general, la escritura. Hablamos mucho de los libros, pero antes de los libros está la escritura. La escritura ejerce un poder impresionante sobre la imaginación. Una mano de pronto decide posarse sobre un papel y va a contar algo que nunca existió. Imaginemos, como si estuviera ocurriendo por primera vez, ese ejercicio de la mano y de la mente que se han unido para este propósito. Es una auténtica revolución”.

-Cuando se entrevista a un novelista que presenta una nueva obra aparece la tentación, unas veces se cae en ella y otras no, de preguntarle cuánto de autobiográfico hay en su relato. Hagamos la pregunta de otra manera. ¿Qué importancia ha tenido la memoria en la creación de ‘Mil doscientos pasos’?
“La memoria ocupa una enorme importancia, sin duda. Otra cosa diferente es que luego, cuando la ejercitas en una novela, vengan a visitarte durante ese proceso fantasmas que tú no conocías. Aunque seguramente estén relacionados con la realidad, con tu realidad, son seres misteriosos que se van colando en la novela. En Mil doscientos pasos hay muchísimos visitantes inesperados. Algunos, como digo, a lo mejor son reales, pero a mí me llegaron con la apariencia de ser inventados”.

“Una mano que se posa sobre un papel y cuenta algo que nunca existió: eso fue y es un ejercicio revolucionario”

-¿La memoria tiene más de mentirosa o de reconstructora permanente del pasado?
“Es bueno que exista la memoria para escribir ficción, aunque lo realmente fundamental es contar con la libertad para manejarla como nos dé la gana. Quien se pone a escribir una novela solo debería tener la obligación de ajustarse a una regla: no existen reglas”.

-En la sinopsis de esta obra se explica que es una historia de iniciación, de descubrimiento de la vida y también de la maldad. ¿Es muy diferente esa idea de maldad que se hace el protagonista en el pasado con la que tiene al llegar a la madurez?
“La madurez es la que descubre la maldad que había en el pasado. En aquel entonces no sabíamos que eso era maldad. Los chicos éramos inocentes con respecto a lo que nos estaba pasando, porque, en definitiva, no teníamos memoria. Nadie nos condujo a conocer que esa maldad nos iba a condicionar la vida en el futuro de un modo u otro. Es el futuro, cuando llega, el que te explica lo que sucedió. El libro es el fruto de todo esto. De que muchos años después advierto que aquello que había pasado fue muy dañino para nosotros. Que nos podía haber llevado a convertirnos también en personas malvadas. De hecho, seguramente alguno de nosotros acabó siendo malvado, pero en ese entonces todos éramos inocentes”.

-¿Qué posibilidades literarias le ha dado ese hombre que regresa y se dispone a contarse y a contarnos su pasado?
“Para mí ha sido crucial encontrarme con ese hombre. Yo quería sobre todo explicar una historia que cada vez se iba pareciendo más a lo que está ocurriendo en la época actual, en la que el insulto ha vuelto a cobrar mucho crédito en la sociedad. El insulto habita de nuevo, no solo en la política española, también en el periodismo y en otros muchos aspectos que resultan fundamentales para entender o incluso para avanzar en la convivencia. El problema que tenemos hoy es que, precisamente, esto está ocurriendo ahora, en el presente. Si dentro de unos años está situación no ha mejorado, no se ha resuelto, es muy probable, y ojalá que no sea así, que alguien decida escribir entonces un libro similar al mío acerca de las consecuencias que ha tenido la burla, el insulto, la saña…”.

“La madurez descubre la maldad que hubo en el pasado; entonces éramos inocentes y no sabíamos que esa maldad influiría en nuestras vidas”

¿Cómo ha hecho para describir esa opresión constante, ese dolor silenciado, que sufrieron tantas personas durante los años de la posguerra en España?
“Un día en El Médano, casi de madrugada, me levanté y fui hacia el lugar en el que suelo ponerme a escribir. Me acordé de un suceso que de vez en cuando viene a mi memoria. Un muchacho -que no se llamaba Crispín, como figura en la novela- decidió golpear muchas veces mi cabeza contra una pared. Siempre me he preguntado qué podía estar pasando en la mente de un chico como aquel, que tenía el gen de la violencia, para ejercerla contra una persona que además era su amigo. Fue entonces cuando comencé a imaginar que alguien como yo volvía al pueblo de su infancia para averiguar in situ qué es lo que había ocurrido, si existía aún algún vestigio de esos y otros hechos. A partir de ahí nació la ficción, porque ese hombre realmente no regresó nunca, no estuvo indeciso junto a aquel muro, nunca fue al estanque… Todo eso es mi imaginación, que porque es libérrima me ha permitido interpretar ese periodo”.

¿Al relatar una época oscura le ha resultado imprescindible, quizás como compensación, echar mano también de los buenos recuerdos del protagonista?
“El protagonista no soy yo, pero sí se sirve de algo que a mí me ha importado cuidar, la memoria. Aunque, si lo pienso, es mejor decir que es ella la que me cuida a mí. Estoy siempre recordando. Y estoy seguro de que a veces no recuerdo la realidad, sino lo que yo me imaginé en ese entonces que era la realidad. La realidad de las novelas no es fiable. Mil doscientos pasos no es un testimonio, por mucho que sí sea una novela que muestra un testimonio sentimental”.

-¿Cómo es el taller del escritor? ¿Antes de ponerse a la tarea el relato suele estar ya claramente definido en su cabeza o por el contrario existe una idea más o menos precisa, pero todo lo demás se va levantando según avanza en la escritura?
“Siempre hay alguna palabra, alguna frase, que me va viniendo. Y a medida que me llega, la voy reflejando en el papel. Después, claro, me pongo a escribir mucho más, y también voy tachando. Continuamente. Esta novela, Mil doscientos pasos, tiene muchísimas tachaduras, sobre todo porque no quería que fuese mi libro, sino el libro de los chicos del barrio. Y tampoco es exactamente el de los muchachos del barrio de aquel entonces, sino el libro de los chicos de un barrio cualquiera. Porque esto que yo cuento en Mil doscientos pasos, como he podido percibir durante los últimos días a raíz de lo que me va diciendo la gente que la ha leído, me pasó a mí, pero también le ocurrió a muchos otros en aquel mismo periodo y en otros diferentes. Todos hemos tenido posguerras y, por tanto, todos las hemos sufrido”.

“En ‘Mil doscientos pasos’ relato un pasado que se va pareciendo al presente, donde el insulto ha vuelto a cobrar crédito”

-¿Y al escribir qué le resulta más obsesivo, qué demanda más su atención como escritor, crear una ficción o enfrentarse, por ejemplo, a un ensayo?
“Me cuesta prácticamente lo mismo. Ahora me han pedido ser el pregonero de las fiestas de mi barrio, en el Puerto de la Cruz. Escribir ese texto sobre el lugar en el que me crie no me ha costado prácticamente nada. Si, por ejemplo, me pongo a escribir sobre Guillermo Cabrera Infante para una colaboración que tengo en Buenos Aires, debo echar mano de la memoria, pero luego me sale rápido. Creo que tengo cierta facilidad para relacionar unas cosas con otras. Y eso también es el periodismo”.

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