“Canarias es posible”. Con ese lema conquistó Jerónimo Saavedra Acevedo (Las Palmas de Gran Canaria, 1936) la confianza de la mayoría de los isleños en las primeras elecciones autonómicas celebradas en el Archipiélago en toda su historia, una cita con las urnas tan ansiadas por los demócratas y que lograron abrirse allá por 1983, justo hace ahora 40 años.
Si Canarias ha sido posible es gracias a puntales como este canarión de nacimiento y formación, posterior palmero de adopción y, desde luego, un ciudadano universal por el convencimiento propio de un intelectual al que los melómanos de las Islas nunca agradecerán lo suficiente su empeño para, que durante tantos años, hayan podido disfrutar del formidable Festival Internacional de Música de Canarias que, desde 1985, ilumina los espíritus y alumbra la creatividad entre quienes se deleitan asistiendo a sus sedes de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria.
Es la música, junto al ajedrez, las herramientas pedagógicas ideales para aplicar en cualquier sociedad, no digamos ya a un pueblo como el canario, que, fruto de la secular miseria, llegó a la actual etapa democrática con un déficit social de tal calibre que, en los últimos años del franquismo, la base de partida era muy precaria, puesto que las dos provincias españolas con menor tasa de escolarización eran Santa Cruz de Tenerife, con el 59,7%, y Las Palmas, con el 61,2%, respectivamente.
Por eso hay que alabar el criterio de Saavedra, quien no dudó en dedicar más de la mitad del primer presupuesto autonómico a la creación de centros educativos y en remunerar mejor a los docentes de una tierra a donde ni siquiera llegaron los planes de alfabetización estatales de hace un siglo que sí se aplicaron hasta en zonas tan deprimidas de la Península como Las Hurdes.
Solo dicha decisión muestra a las claras la firme determinación de Saavedra de acabar con esta y otras lacras de la desigualdad heredadas de un franquismo al que combatió, entre otros frentes, desde la dirección del Colegio Mayor de la Universidad de La Laguna San Fernando, cuyas instalaciones sirvieron entonces como clandestino albergue para las conspirativas reuniones de quienes tenían el valor de desafiar a la violenta represión policial ordenada por el dictador. Entre los asistentes se encontraban figuras legendarias de la izquierda isleña de la época como Antonio Carballo Cotanda, por citar tan solo un ejemplo.
Jerónimo Saavedra vino a la vida en Las Palmas de Gran Canaria durante el aciago julio de 1936, y disfrutó de juegos y aventuras infantiles en la calles del barrio de Vegueta y que compartió con personas como el también expresidente de Canarias Lorenzo Olarte Cullén, pese a que éste le lleva cuatro años de edad.
La vida de Jerónimo no se comprende sin su amor por la cultura en general y la música en particular. De lo primero da buena cuenta su estrecha amistad con el lanzaroteño César Manrique, seguramente el artista más completo por genial y multidisciplinar de los que surgieron en las Islas durante todo el siglo XX. De lo segundo, las pruebas se acumulan.
Para entender al personaje que nos ocupa es menester detallar ahora que estamos ante un devoto de la sublime música creada por Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart, más conocido como Wolfgang Amadeus Mozart, a tal punto que era un incondicional espectador de los festivales, que, en memoria de tan genial compositor, se celebran anualmente en Salzburgo (Austria).
A buen seguro que uno de sus recuerdos más felices fue cuando pudo cumplir uno de sus grandes sueños gracias a Víctor Pablo Pérez, quien le cedió la batuta para dirigir la Orquesta Sinfónica de Tenerife en una memorable ocasión.
Saavedra era también un hombre dotado con extraordinario sentido del humor y apego al terruño que lo vio nacer, de tal modo que era tan aficionado a las parrandas que no dudaba en arrancarse con una folía si así se terciaba.
Tan folklorista como verbenero de pro, tampoco hacía remilgos a la música popular, y es conocida su devoción por temas como Siete puertas, del cantautor Pedro Guerra, curiosamente hijo del primer presidente del Parlamento de Canarias, de mismo nombre y correligionario en el PSOE.
Dicho lo cual, esta crónica nunca aspiraría a ser completa sin citar a otro de los grandes amigos del finado como fue otro socialista de pro, Juan Alberto Martín, quien fuera su vicepresidente en aquel primer gobierno de la Autonomía de Canarias.
Jerónimo Saavedra Acevedo, amante devoto también de la cultura florentina, siempre quiso -y no lo logró- ser embajador de España ante el Vaticano para codearse con los cardenales, pero sí que tuvo éxito en disfrutar del amor de su vida cuando ya residía en La Palma.
Lo quiso tanto y tanto sufrió por su pérdida en un terrible accidente de circulación que se sintió en deuda de sinceridad pública con sus sentimientos hasta que se declaró abiertamente homosexual en el prólogo del libro Outing, del escritor y catedrático Fernando Bruquetas, convirtiéndose así en pionero y referente de la lucha por los derechos de la comunidad LGTBI.
No en balde fue el primer ministro que reconocía su homosexualidad, así como el primer alcalde de capital de provincia española (Las Palmas de Gran Canaria).
Otro dato de tan extraordinaria vida es que Saavedra fue igualmente el primer masón en ser ministro, dado que tiene el grado 33 en la Gran Logia de España, desde donde ayer se sumaron a los innumerables mensajes de condolencia y admiración por el fallecido.
Otros datos de su biografía sobre los que Saavedra se enorgullecía son que, gracias a la insistencia del histórico socialista José Arocena Paredes, acudió (y fue secretario de Actas) al congreso del PSOE celebrado en Suresnes (Francia) allá por 1974 y cónclave fundacional del socialismo español moderno al ser elegido como su secretario general Felipe González.
Si Jerónimo Saavedra fue quien convenció a los isleños de que Canarias era posible, también fue el que puso al Archipiélago en su sitio, dado que aprovechó sus dos etapas ministeriales para suprimir de los mapas oficiales el recuadro que ubicaba antaño a las Islas debajo de Baleares.

Un socialista que cautivó a todos por su bonhomía y calidez personal
Son sinceras las lágrimas que ahora se vierten por el adiós a Jerónimo Saavedra, cuya bonhomía y calidez humana son reconocidas por propios y extraños. En la imagen, trata de consolar a Pilar Parejo durante el entierro de Adán Martín (2010).





