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Quizás a los cronopios no les gusta celebrar cumpleaños ni otras efemérides

En 2023 se han cumplido 60 años de ‘Rayuela’; en 2024 serán 110 del nacimiento de Julio Cortázar y 40 de su muerte
El escritor argentino Julio Cortázar (1914-1984), a lo mejor, en plena improvisación. / DA

“Si uno pudiera ser un piel roja siempre alerta, cabalgando sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido por la tierra estremecida hasta arrojar las espuelas, porque no hacen falta espuelas, hasta arrojar las riendas, porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí que el campo era una pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza del caballo”.

Franz Kafka,
Deseo de ser piel roja.

Hay algo inquietante en esa obsesión por cifras redondas, por números que acaban en cero o en cinco. Una exagerada querencia hacia el sistema decimal de la que habla Borges -siempre que no sea una cita apócrifa: infinitas puertas de nevera llevan demasiado tiempo soportando falsas -o verdaderas, tanto da- consideraciones borgianas, wildeanas… Y mejor no hablar de sobres de azúcar-.

Si estamos de acuerdo con esto, tampoco vamos a negar la lúgubre sensación de fría lápida de mármol, esa naturaleza muerta que acecha en el vicio taxonómico, en la pulsión clasificadora que se revela en las efemérides. Fulanito nació hace 100 años; se cumplen dos siglos de la muerte de Menganito; tal día como hoy de hace 25 años se publicó la primera novela de Zutanito… Casi casi como si la vida fuera una colección por fascículos. Humpty Dumpty lo tenía claro. Y se lo explicó a Alicia. Si en lugar de tus cumpleaños celebraras tus nocumpleaños, recibirías más regalos.

DE ALLÁ, DE ACÁ

Lo cierto es que se acaba 2023 y los ordenadores culturales -hay que llamarlos de alguna manera- echan humo en busca de las conmemoraciones de 2024. Es decir, 20, 25, 50, 100, 500… A los cronopios esto les importa un higo. Ellos están a otras cosas. Sin embargo, pensándolo un poco más, quizás este hábito incorregible puede ser ahora, otra vez, una excusa para situarse en el lado de allá, en el de acá y en otros lados.

El escritor argentino Julio Cortázar murió el 12 de febrero de 1984 en París, por lo que el próximo año harán 40, pero antes nació el 26 de agosto de 1914 en Bruselas, de manera que en 2024 se cumplirán 110 años de ese natalicio. Además, aún estamos a tiempo de conmemorar los 60 años de la publicación de la novela Rayuela, que por primera vez salió de una imprenta el 28 de junio de 1963.

En fin. Fechas, fechas, fechas, que ordenan, acotan, limitan, concretan y especifican. “… la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentrífico”, dice Horacio Oliveira en el ¿primer? capítulo de Rayuela, al evocar como él y la Maga -y esto viene a ser una paráfrasis- andaban por París sin buscarse, pero sabiendo que lo hacían para encontrarse.

EL CLUB DE LA SERPIENTE

Si en los 60 y los 70 el boom latinoamericano cambió por completo las reglas del juego literario desde Barcelona, Rayuela le explotó en la cabeza a más de una, a más de uno. Quien no la haya leído y tenga intención de hacerlo es un ser afortunado. Se le presenta la oportunidad de acceder por primera vez al Club de la Serpiente, de callejear por la ciudad del Sena, de viajar a Buenos Aires, de cruzarse con Morelli y sus ideas, con el pequeño Rocamadour, con Traveler, con Talita…

(Aquí viene una frase interminable. Tomen aire) Desde la misma estructura de Rayuela, fragmentaria, subjetiva, secuencial, alternativa, múltiple, azarosa… libérrima, en suma, le da a uno la impresión de que esa voluntad de decir lo indecible, sabiendo de antemano que todas las palabras del mundo son insuficientes para fijar con un alfiler aquello que no sabemos decir, que no es posible decir, pese a que somos muy conscientes de que justo eso es lo verdaderamente importante, Cortázar recurre a la música, a su lenguaje, pues ella sabe mucho más acerca de lo inefable.

EL OTRO LADO

Y entonces uno piensa en el jazz, y sobre todo en el bebop, que tanto le gusta al escritor, y en esos músicos negros que a partir de los años 40 se rebelaron para abrazar la libertad -al menos, la musical- en un país que mayormente ni los entendía ni los quería. Que decidieron vestirse con elegancia (y eso era tomado como una provocación) y buscar un sonido que expresase, que exteriorizase, lo que ocurría en el interior de sus cabezas.

Cuatro años antes de Rayuela, en 1959, aparece El perseguidor, un cuento largo, una novela corta, donde Cortázar se adentra en la imaginaria figura del saxofonista Johnny Carter, un sosias del genial y atormentado Charlie Parker (1920-1955). “Un día, leyendo un número de la revista francesa Jazz Hot, supe de su muerte y de su biografía, me encontré con un hombre angustiado a todo lo largo de su vida, no solamente por los problemas materiales -como el de la droga-, sino por lo que yo, de alguna manera, había sentido en su música: un deseo de romper las barreras como si buscara otra cosa, pasar al otro lado; y me dije: ‘Este, él es mi personaje”, detalla en 1978, en una entrevista con Evelyn Picón-Garfield.

Romper barreras. Pasar al otro lado. Cortázar busco toda su vida esa otra cosa. Y es imposible saber cómo evaluaba el resultado de la exploración que transcurre en su literatura. Desde, por ejemplo, Casa tomada a 62 Modelo para armar; de Deshoras a La vuelta al día en 80 mundos o Historias de cronopios y de famas o Último round. Eso quizás es lo de menos. Lo de más es que en ese viaje no ha estado, no estará, solo.

Portadas de dos ediciones de ‘Historias de cronopios y de famas’ y de ‘El perseguidor’ junto a otros relatos. / DA

Por cierto, Franz Kafka, con uno de cuyos textos breves se abre esta página, también era un perseguidor. Intentaba hacer visible la realidad, nuestra realidad, que no se aprecia a simple vista y que, no obstante, sale a nuestro encuentro cada día. El caso es que el próximo año, el 3 de junio, se cumplirá el centenario de la muerte del escritor checo en lengua alemana. Cronopio cronopio.

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