“Solo hay sombras donde brilla el sol.
Y ese es el fondo de tu alma”
Martin Heidegger, en una carta de 1925 a Hannah Arendt.
Arrasemos la Acrópolis, arruinemos las ruinas, porque si bien allí floreció la democracia, también la esclavitud era uno de los accesorios básicos de esa sociedad de iguales. ¿Y qué hacemos con las tumbas de Keóps, Kefrén y Micerino? Pues lo mismo. Parece ser que las pirámides no las construyeron esclavos, sino hombres libres. Da igual. Los derechos de los trabajadores importaban poco o nada. Para que unos vivieran bien, muchos lo pasaban mal. Demolamos el Coliseo, cuya arena albergó tanto sufrimiento, y que Roma arda de nuevo, porque tampoco es inocente.
Metidos en esta labor quirúrgica -y quizás también litúrgica-, dinamitemos, exterminemos, borremos del mapa y de la historia cualquier arquitectura, pintura, escultura, literatura, música, cine… Toda creación humana que nos remita a la ignominia. Para poder contemplar al fin el paisaje que nos hemos ganado con tanto esfuerzo: un mundo nuevo, despejado, vacío, en el que todo está por hacer y la bondad, ¿quién podría dudarlo, conociéndonos como nos conocemos?, será nuestra guía.
TRANSGREDIR
Wikipedia, que viene a nuestro rescate frente a los cada vez más recurrentes fallos de memoria y resuelve muchas dudas, al tiempo que genera otras tantas -ya tú ves-, define la cultura de la cancelación como un “cierto fenómeno extendido de retirar el apoyo, ya sea moral como financiero, digital e incluso social, a aquellas personas u organizaciones que se consideran inadmisibles, ello como consecuencia de determinados comentarios o acciones, independientemente de la veracidad o falsedad de estos, o porque esas personas o instituciones transgreden ciertas expectativas que sobre ellas había”.
Visto así, en la cultura de la cancelación, ese oxímoron que está tan de moda, pero es casi tan viejo como la expulsión del paraíso, caben muchas cosas, no solo la propia cultura. Pero si quieren, solo por un momento y, más que nada, por sacudir un poco el panal, ciñámonos a ella.
Rafael Ortega Basagoiti publicó el pasado diciembre en Scherzo, con un título tan revelador como ¿Por qué no se cancelan ustedes?, un artículo en el que pone en solfa la actitud de “los apóstoles y voceros de la corrección política” en la música clásica. Y no es para menos.
Allí desgrana cómo los jueces de la moral vetan títulos, cambian nombres de personajes o incluso textos de obras musicales más o menos afamadas, acusadas ahora de racistas, de ofensivas para ciertas comunidades y etnias, de contrarias a la laicidad del Estado en el que se pretenden (se pretendían) interpretar… No dejan de ser hilarantes los follones que se generaron y los gritos en el cielo que se pusieron, relata, cuando se maquilló en un tono más bien oscuro la piel de una soprano que protagonizaba Aida o la de un tenor en Otello.
Ortega Basagoiti alude también a la tendencia actual de cancelar -¿o censurar?- a artistas y contenidos rusos e israelíes en respuesta a las guerras en Ucrania y en Gaza. Como si Putin y Netanyahu, entre masacre y masacre, estuvieran implicados también en la creación cultural.
BARENBOIM
En una entrevista con CNN Latinoamérica, en 2018, el pianista y director de orquesta argentino, israelí, español y palestino Daniel Barenboim afirma que Richard Wagner “es uno de los compositores más importantes de la historia de la música […] porque hizo de enlace entre el pasado y el futuro”.
Barenboim fue acusado de fascista y pronazi por interpretar a Wagner en Jerusalén en 2001. Fue la primera vez, desde 1936, que sonaba la música del alemán en un escenario israelí. “Mucha gente me pregunta cómo puedo dirigir la música de Richard Wagner”, señala. “Wagner fue un antisemita asqueroso […] Si hubiese contenido antisemita en sus óperas, no podría dirigirlas. Pero no lo hay”.
Hace ahora seis años se montó una buena en Francia a cuenta de la obra de Louis-Ferdinand Céline (1894-1961). Ya saben, el escritor que encabeza las listas -como Wagner en la música clásica- cuando se habla de genio y maldad. En aquel momento, la editorial Gallimard renunció, ante las presiones, a publicar tres textos antisemitas del autor: Bagatelas para una masacre, La escuela de los cadáveres y Los bellos paños.
La gran mayoría entre quienes han tenido la oportunidad de leerlos, descontando, por supuesto, a neonazis y otra fauna situada en la derechísima -y mis más sinceras disculpas hacia buena parte del reino animal por el uso de la palabra fauna-, coincide en que son repugnantes.
Se entiende la indignación e incluso el dolor al leer panfletos como estos, que apoyan a quienes han causado -y causan: basta con echar una mirada al mundo cada día- tanto sufrimiento, a quienes abogan por el exterminio de seres humanos. Pero hay algo que no encaja. Hay una pieza que sobra o que falta, y es solo una opinión, en esta condena sumarísima de la maldad.
Quien esto escribe puede prescindir de Bagatelas para una masacre y otras mierdas por el estilo, pero no renunciar a Viaje al fin de la noche -las lecturas de Muerte a crédito y Guignol’s band están pendientes-, una novela, una maravilla de novela, escrita por ese mismo Céline que sentía simpatía por Hitler.

Es más, piensa que no está bien ese papel tutelar y biempensante que adoptan a menudo quienes rigen las sociedades. ¿No sería un rasgo de madurez que la ciudadanía tuviera libre acceso a cualquier obra, por lamentable que fuera, y a partir de ahí cada uno decidiera, o no, tirar por sí solo de la cadena, en lugar de ese empeño en poner el veneno fuera del alcance de los niños? Y una última cuestión: ¿si la derecha ultramontana ejerce la censura porque no da para más, quienes se sienten muy lejos de ella no deberían también hacérselo mirar?




