Un mago tinerfeño, Arturo de Ascanio, fue el responsable de alumbrar su vocación, y uno madrileño, Juan Tamariz, se convirtió en su maestro. Jorge Blass (Madrid, 1980) visita el 21 y el 22 de septiembre el Auditorio de Tenerife para ofrecer dos funciones, que comenzarán a las 21.00 y a las 20.00 horas, respectivamente, de Flipar. Antes, los días 14 y 15, estará en el Auditorio Alfredo Kraus de Las Palmas de Gran Canaria, y el 18 y el 19 llevará su espectáculo a Lanzarote, al Teatro El Salinero, en Arrecife. Toda una referencia en el mundo del ilusionismo, define su propuesta artística como un mecanismo para la suspensión de la incredulidad. Y, a partir de ahí, generar en la gente, mayor, mediana y pequeña, “una misma fascinación ante lo que parece imposible y, no obstante, acaba de ocurrir”. En esta entrevista con DIARIO DE AVISOS, Jorge Blass habla con pasión del arte escénico al que dedica su vida. Un itinerario en el que no dejan de acompañarle los auténticos portadores de magia: el público.
-‘Flipar’ es un título muy descriptivo, pero ¿cómo presentaría este espectáculo su creador?
“Flipar es una palabra contundente que define muy bien lo que siente el público cuando ve el espectáculo. Es lo que pretende toda magia: alcanzar un momento en el que suspendamos la incredulidad, que podamos volver a ser niños y disfrutar con las cosas que son imposibles, pero las estamos contemplando ante nuestros ojos. Este espectáculo es mi visión de lo que es la magia en el siglo XXI: un arte milenario que ha evolucionado y se ha sofisticado mucho. De manera que al público que asiste a Flipar se le muestran en directo ilusiones originales, creaciones únicas que nunca antes ha podido ver”.
-Uno supone que en un espectáculo de magia todo debe estar calculado, planificado, al milímetro. ¿Existe margen para la improvisación o quizás para que la propuesta evolucione a medida que se va presentando en teatros y auditorios?
“Sí, sin duda. Desde el inicio, este show lo empezamos a hacer hace dos años, ha tenido muchos cambios. Es verdad que cuando participa el público, cuando colabora de una manera activa, un espectáculo siempre es distinto en cada función. En Flipar hay momentos en los que conseguimos interactuar con todo el patio de butacas, con todos los espectadores, y a partir de ahí se generan experiencias que siempre son diferentes. Es una propuesta que está viva. Y, especialmente, cuando salen niños al escenario, que en ocasiones sucede, resulta imprevisible. Nunca puedes saber con antelación lo que va a ocurrir”.
-Un mago jamás revela su truco. O no debería. Pero ¿cuál diría que ha sido y es la clave, dónde radica la ilusión de Jorge Blass para seguir adelante con su carrera artística?
“Un mago nunca revela sus trucos. Y no lo hace por una cuestión de egoísmo o por la propia magia, sino por el público. Lo más emocionante, donde se encuentra la emoción, está en no saber el secreto de esa cosa extraordinaria que se muestra. Por que, una vez que lo conoces, si no te dedicas a ello, la magia pierde su valor, su emoción. De eso me di cuenta muy pronto, cuando de niño le hacía juegos de magia a mi hermano, que tiene seis años más que yo. Mi primera tendencia era revelarle el secreto y, cuando lo hacía, veía cómo se desilusionaba ante aquello que al principio le había sorprendido. La primera parte resultaba ilusionante, pero después perdía interés. Se rompía la ilusión. Aunque también es cierto que hay ilusiones en las que el propio método para llevarlas a cabo resulta muy ingenioso y sería sorprendente para el público descubrir cómo las hacemos. Pero, bueno, lo normal es buscar que disfruten de la actuación de la marioneta, no con los hilos que hacen que se mueva. En cuanto a la pregunta en sí, la clave para continuar desarrollando esta vocación está, sin duda, en contemplar a los espectadores, en sus miradas. La magia auténtica está en la mirada de un espectador ilusionado. Y desde el escenario se pueden apreciar muy claramente esos rostros. Puede haber niños, padres, abuelos… y hay momentos en los que esas tres generaciones experimentan la misma fascinación ante lo que parece imposible y, no obstante, acaba de ocurrir. A mi juicio, eso solo la magia, como el arte que es, lo consigue: cautivar por igual a públicos muy distintos entre sí, que comparten una experiencia memorable”.
-¿Y recuerda ese momento en concreto en el que decidió que quería dedicarse al mundo del ilusionismo?
“Recuerdo el primer impacto que tuve con la magia. Tenía seis o siete años. Estaba viendo la televisión y en la pantalla apareció un mago, que luego descubrí que era Arturo de Ascanio (La Laguna, 1929-Madrid, 1997), uno de los más grandes de nuestro país. Él hizo un número con una carta, que rompió en pedazos y luego recompuso. El programa de televisión era Magia potagia y lo conducía Juan Tamariz. Entonces cogí una baraja de mi padre y comencé a romper las cartas hasta hacerlas añicos. Cometí un auténtico carticidio. Ese fue el primer impacto y la primera vez que pensé: bueno, en esto tiene que haber algo oculto, porque hago lo mismo que él hace y no me funciona. Más tarde, ya con 12 años, descubrí unos fascículos de Juan Tamariz que se vendían en los quioscos, El mundo mágico de Tamariz. Ahí es donde comencé a aprender un montón de juegos. De modo que mi iniciación fue con un curso por fascículos [ríe]. Posteriormente tuve la suerte de conocer a Juan Tamariz, que se convirtió en mi maestro. Desde luego, esos inicios fueron muy importantes porque marcaron todo mi aprendizaje posterior”.
“Un mago no revela sus secretos: se trata de disfrutar con la actuación de la marioneta, no con los hilos que hacen que se mueva”
-¿Qué importancia le concede a la puesta en escena?
“Es esencial. Cuando vas a un auditorio o a un teatro, la propuesta escénica tiene que ser muy atractiva, muy visual. La magia se tiene que reinventar. En Flipar trabajamos con proyecciones audiovisuales; con una escenografía muy versátil, que se va transformando durante el show; también con distintos planos, porque hay momentos en los que la magia no solo sucede en el escenario, también en el patio de butacas, entre el público; hay cámaras que siguen todo muy de cerca… O sea, que sí que es muy importante la puesta en escena. Buscamos que el espectador viva cada espectáculo con una escenografía novedosa, atractiva y de nuestro tiempo. Lo que va a disfrutar es mi visión de cómo es la magia en el siglo XXI, además de con un montón de efectos maravillosos que hemos creado, absolutamente originales. Es un espectáculo grande, movemos varias toneladas de escenografía y otros elementos que hacen posible Flipar”.
-¿Cómo es ese camino que va de las ideas iniciales a la escenificación de un espectáculo?
“Es un proceso largo, suelen pasar dos o tres años, e interesante. A veces da vértigo, porque tienes que hacer mucha prueba y error hasta que las cosas empiezan a salir. En todo caso, el público es quien tiene la última palabra, el que te dice lo que funciona y lo que no. Puedes planificarlo todo, pero hasta que no presentas esas ideas a unos espectadores, no descubres lo que llega, lo que emociona. Flipar ha cambiado mucho y sigue haciéndolo. Cada día surgen cosas que lo enriquecen. Por eso creo que, después de 120 funciones, el show está en su mejor momento, pues ya entendemos muy bien cuál es su naturaleza y sabemos transmitírsela al público. Creo que un espectáculo de magia debe recorrer ese camino: al principio debes entenderlo, sentirlo, y cuando logras dominarlo, empiezas a disfrutarlo cada vez más”.
-¿De qué manera vive los encuentros con quienes acuden a verle? ¿Qué emociones busca compartir con el público?
“La emoción más pura de la magia es la que tiene que ver con eso de flipar, de estar viendo algo que resulta imposible, pero que te hace pensar por unos instantes que todo es posible. Cuando ocurre algo ante ti que no puedes explicar con palabras. Esa sensación es el hilo conductor de cada show. Se manifiesta de diversas formas: de una manera interactiva, en varios momentos; en ocasiones, con cierta ternura, cuando los niños suben al escenario… También existe un aspecto muy importante, el de cumplir ciertos deseos que todos tenemos, que son universales. Donde no llega la ciencia o la tecnología, la magia puede recrear esos anhelos de forma artística. Por ejemplo, en el espectáculo hay un momento que hacemos invisibles a dos espectadores. La fórmula para alcanzar la invisibilidad no se ha podido conseguir aún [ríe], pero por medio del arte escénico de la magia podemos recrear esa invisibilidad de una manera sorprendente”.
-¿Hay retos aún no plasmados que le gustaría desarrollar en un futuro cercano?
“Estoy trabajando en un nuevo espectáculo con el que busco, sobre todo, cambiar el formato. Un espectáculo en el que no se compra la entrada, que no sucede en un teatro y que no tiene una duración limitada. En eso estamos trabajando ya y ojalá que en un año o dos podamos presentarlo. Se trataría, de alguna manera, de reinventar la forma de presentar los shows. No es fácil, es un camino complejo, pero espero que pronto podamos contar novedades”.





