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La fórmula de Chana para llegar a los 102 años: “Trabajar desde chiquita, la comida casera y el cariño de mi familia”

La lucha y el sacrificio han marcado la vida de Sebastiana Plasencia, natural de Agulo (La Gomera); emigró a Alemania en los años 60 y hoy reside en La Cuesta, donde atiende sus plantas y devora libros de sopa de letras

Sebastiana Plasencia Suárez nos recibe con una sonrisa en su casa de La Cuesta. No aparenta los 102 años que dice su carnet de identidad. Su forma de hablar, su lenguaje gestual, su agilidad física y su atinada memoria no se corresponden con la edad de esta entrañable abuela canaria, nacida el 13 de febrero de 1922 en el municipio gomero de Agulo. “Allí trabajé desde pequeñita porque mi padre tenía fincas y había que ir al monte, descalza, para traer leña, carbón y comida para los animales”, explica cuando le preguntamos por su infancia, etapa de la que también recuerda las tardes jugando a las casitas con sus amigas.
A los 12 años dejó atrás La Gomera y se estableció con su familia en Santa Cruz de Tenerife, inicialmente junto a la playa frente a la plaza de España. En la capital chicharrera, Chana, como le conocen sus familiares y allegados, trabajó como limpiadora de casas y almacenes. También vendió pescado. “Me encantaba pescar”, enfatiza. En Santa Cruz conoció a José Batista, el hombre de su vida. “Él hacía el servicio militar en el cuartel de Almeyda, yo pasaba mucho por allí y él se fijó en mí”, rememora con gesto de pilla para resumir el inicio de la relación con su compañero de viaje, con quien tuvo tres hijos.

La falta de trabajo en la Isla obligó a José, como a muchos españoles, a emigrar a Alemania en los años 50. Chana esperó a principios de los 60, ya con 40 años cumplidos, para trasladarse con sus hijos a Frankfurt, ciudad en la que residió durante una década. En ese tiempo se dedicó a trabajar ocho horas diarias en el servicio de limpieza de una panadería, una actividad que prolongaba por las tardes en oficinas “para ganarme unas perritas extras”. Fue una de las empleadas del equipo de limpiadoras de la empresa de electrodomésticos Braun.

Su estancia en Alemania no resultó fácil al principio. El choque cultural, acentuado por el idioma y el clima, le pasó factura. “Adaptarse a aquello era difícil, yo no entendía a nadie, pero menos mal que conocí a una chica española que hablaba alemán y me ayudó bastante, aunque al cabo de un tiempo yo ya lo chapurreaba, hasta que más o menos lo hablé, porque me tenía que defender”. De las estampas de su álbum en tierras germanas destaca, entre otras, el buen trato de los alemanes y “lo bien vestidos que iban a trabajar”.
En Frankfurt compró una “huertita” que le dio vida y le transportó a su etapa de niña en Agulo. “Sembraba unas papitas, cebollas, ajos, tomates… En invierno se secaba todo, pero en primavera brotaba que daba gusto”. Allí convocaba a sus amigos periódicamente para reuniones “al estilo canario”, donde les daban las tantas entre almuerzos y animadas tertulias en las que no faltaban nunca los recuerdos de su tierra.

“Siempre fui una luchadora, hasta la fecha, qué remedio, no quedaba otra y he hecho de todo en mi vida”, confiesa Chana con una expresión que transmite una cierta resignación, pero también refleja el sosiego de una conciencia tranquila, después de tantos años de esfuerzos y sacrificios. En ese contexto, aún recuerda como si fuera hoy, cuando recogía cereales de sol a sol en Fuerteventura sin que le pagaran lo acordado: “Llegaba a la noche muy cansada y dormía en un cuartito, desde donde veía el cielo, la luna y las estrellas”.

Después de 10 años en Alemania, un médico le advirtió de que el clima en Frankfurt no era, precisamente, el mejor aliado de del asma que padecía. Así que no se lo pensó e hizo las maletas: “Dije, yo no cambio dinero por salud, ya estaba cansada del frío y la lluvia y me vine para Tenerife con mi marido”.

Sebastiana pasa hoy los días regando sus plantas en la terraza con vistas al mar y a una parte de Santa Cruz, devora libros enteros de sopas de letras, uno de sus grandes entretenimientos, y ve la televisión. Confiesa que le gusta la política -“soy de izquierdas”, subraya- pero admite que “ahora la cosa ahora no está muy bien, con tanta pelea entre los políticos”. Sobre el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, no tiene dudas: “Es listo como una tea”.

Echa en falta, cuando se asoma al balcón, contemplar más gente paseando por la calle: “Hay días en los que no se ve un alma”. Asimismo, destaca que actualmente “la gente vive muy cómoda y la juventud de ahora es “muy distinta a la de antes, más libre”, aunque no entiende por qué hoy “todo el mundo va con prisas”.

Al preguntarle sobre su fórmula para superar el siglo de vida en buenas condiciones de salud, Chana lo achaca al “trabajo, la comida casera, con mucho caldero, al cariño de mi familia y a mi casa”. Confía en que sus ojos vuelvan a ver su Agulo natal después de su último viaje a La Gomera hace ya 30 años, “pero ya no tengo casa y poca familia me queda allá”, puntualiza. Con 99 años viajó a El Hierro, la isla natal de su nuera Piluca, que destaca el carácter “novelero” de su suegra cada vez que ha visitado El Mocanal en verano.

Chana vive con Piluca y Pepe, su hijo mayor, en el domicilio familiar de La Cuesta. Cuenta con tres nietos y dos bisnietos, pero la vida le ha golpeado con dureza: perdió a una de sus hijas y a su primer nieto, al que una leucemia se lo arrebató con apenas 17 años. “Dios mío, pobrecito”, masculla al recordarlo. Además, se hizo cargo de una sobrina que, con solo cinco años, perdió a su madre y crió hasta la adolescencia.

Sebastiana señala que a estas alturas de su vida ya le quedan pocas ilusiones, “solo estar con la familia”, si bien le gustaría que su otro hijo, residente en el sur de Tenerife, mantuviera un contacto más estrecho con ella. También lamenta “no poder echar una mano en casa, pero a mi edad poco puedo hacer ya”.

Después de una vida en la que lo ha dado todo, la abuela de La Cuesta representa un ejemplo de superación frente a los tiempos duros que le tocó vivir. Nos despide con dos besos cálidos, sinceros y un ruego, acompañado de una media sonrisa, antes de regresar al libreto de sopa de letras: “Sácame guapa en el periódico”.