tribuna

18 millones de motivos

Las previsiones indican, a falta de un mes escaso para que acabe el año, que vamos a batir nuestro propio y disparatado récord de llegadas: 18 millones de turistas pisando Canarias en 2024. Que se dice rápido.

Para poner en contexto este dato, 18 millones de turistas son más que los visitantes anuales de ciudades como Nueva York, Cancún o París, y son prácticamente el doble de los turistas que recibe Hawái, un territorio también insular pero cuatro veces mayor que Canarias.

Aquí vivimos ya más de 2,2 millones de personas. Teniendo en cuenta que aproximadamente el 40 % de nuestra superficie tiene algún grado de protección, la densidad de población real es de 739 habitantes por kilómetro cuadrado, mayor que la de territorios densamente poblados a nivel mundial, como por ejemplo Taiwán.

Somos un archipiélago donde las restricciones de acceso al agua potable para la población y la agricultura son cada vez más frecuentes, y donde continúan vertiéndose millones de litros de aguas residuales sin depurar al mar.

Un territorio con la disparatada cifra de 866 vehículos por cada 1.000 habitantes, una de las tasas más altas del planeta, pulverizando por mucho las medias estatales. Y no por capricho, sino por obligación. La falta de alternativas de transporte público reales, eficaces y sostenibles no permiten a la población canaria prescindir del coche en la mayoría de sus movimientos.

El colapso de la movilidad, la saturación de los servicios públicos y la generación de residuos muy por encima de lo gestionable, son el pan de cada día. Tenemos sobre la mesa 18 millones de turistas y la patronal turística reclama más mano de obra para el sector. Y esta vez, por desgracia, no mienten. Exponen una realidad sin complejos: el aumento de llegadas turísticas incrementa a su vez de forma directa la población del archipiélago.

Porque más millones de turistas no solucionan ni el paro estructural del archipiélago, ni los bajos salarios, ni la carestía de la cesta de la compra, ni los desorbitados precios de la vivienda. Al contrario, perpetúan todos esos sufrimientos. La realidad lo demuestra.

La certeza de ir rumbo al barranco y de que quienes tienen el volante no lo giran, es cada vez mayor en amplias capas de la sociedad canaria. Es más, celebrar la llegada de 18 millones de turistas indica que de cambiar la dirección nada de nada, que lo que hacen es pisar todavía más el acelerador.

La pregunta es sencilla y directa: ¿Cuándo van a parar? Deberíamos tener claro a estas alturas que no lo harán por voluntad propia.

Paradójicamente, quienes nos acusan de poner en riesgo el presente y el futuro de Canarias por luchar contra el modelo productivo actual basado en el monocultivo del turismo de masas son quienes realmente están cavando la tumba del modelo que los hace ricos.

Si continúan el destrozo y la saturación, no se podrá vivir aquí en condiciones mínimamente aceptables, y por supuesto, cada vez menos gente querrá venir a visitar un territorio depredado y colmatado.

Pero les da igual, porque cuando todo explote, ellos se irán con sus cuentas corrientes repletas a Londres, Barcelona o París y listo, problema solucionado.

El problema lo tendremos el resto: nos quedaremos con unas islas destrozadas, con un motor económico gripado que quienes mandaron durante décadas se negaron a diversificar y con la única opción de coger la maleta hacia un destino incierto, en un contexto internacional endiablado.

Pero ya vamos despertando, cada vez más gente es consciente de que no van a parar por voluntad propia. Será la sociedad canaria quien detenga este disparate y lo hará organizada desde todos los ámbitos, desde el político también, por supuesto. Pensar lo contrario es profundamente ingenuo.

En las recientes jornadas organizadas por Drago en Fuerteventura sobre transición ecológica, un ponente, parafraseando al filósofo Roman Krznaric, nos animó a ser “buenos antepasados”. Precisamente de eso se trata. En juego está que podamos vivir aquí y que las próximas generaciones puedan hacerlo también, que no es tarea pequeña.


Alberto Rodríguez, concejal de Drago Verdes Canarias en La Laguna