Paisajes del alma. Canarias, cine e identidad (Ediciones Idea, 2025). Este es el título del libro de próxima publicación que ha escrito Eduardo García Rojas. En él, el periodista cultural tinerfeño aborda la relación que mantienen una veintena larga de cineastas con los territorios insulares. De qué manera esos espacios físicos -pero también mentales- han ido configurando sus respectivas filmografías.
Para ello ha entrevistado a Mercedes Afonso, Javier Fernández Caldas, Jenifer Castañeda, Lucas Fernández, Juan Carlos Fresnadillo, José Víctor Fuentes, Manuel González Mauricio, Raúl Jiménez, Andrés Koppel, Daniel León Lacave, Iván López, Fátima Luzardo, Dácil Manrique de Lara, Estrella Monterrey, Miguel G. Morales, Sergio Morales, Elio Quiroga, David Pantaleón, Armando Ravelo, Omar Razzak, Teodoro y Santiago Ríos, Luis Roca y Josep Vilageliu.
-¿Por qué el paisaje? ¿Cuál fue el punto de partida que le condujo a ‘Paisajes del alma’?
“Todo comenzó cuando vi Rendir los machos (2021), de David Pantaleón, y después Matar cangrejos (2023), de Omar Al Abdul Razzak Martínez. Son películas en las que ambos juegan mucho con el elemento del paisaje. Pantaleón, con el de Fuerteventura, y Razzak, con el de Tenerife. Después hubo unas charlas en las que intervinieron como ponentes. Allí hablaban acerca de su tratamiento del paisaje, entre otros temas. Empecé a reflexionar sobre un aspecto que es común desde los hermanos Ríos, en Guarapo (1987), Mambí (1998) y El vuelo del guirre (2007), y a otros cineastas en Canarias. Eso me dio la clave para realizar las 23 entrevistas, un libro donde explicasen no solo su relación con el paisaje del Archipiélago, sino también lo que puede entenderse por identidad canaria. De qué modo se refleja en sus películas”.
-¿Cómo se planteó esta relación de entrevistados? ¿Hubo algún criterio en esa selección?
“Los primeros a los que entrevisté fueron David Pantaleón y Omar Razzak. Tuve claro que tenían que estar Santiago y Teodoro Ríos, porque son determinantes. No son los padres fundadores del cine canario, porque eso viene de muy atrás, con El ladrón de los guantes blancos, de José González y Rivero y Romualdo García de Paredes, en 1926 -curiosamente, aunque rodada en Tenerife, transcurre en Inglaterra-, que es la primera película canaria de ficción que usa el territorio como un elemento más. Pero la influencia de los Ríos es fundamental. El milagro que fue Guarapo hizo que a muchos, en los 80 y 90, se les encendiese una luz: la posibilidad de rodar cine en Canarias. Estamos hablando de un momento en el que hacer películas aquí era ciencia ficción. Es cierto que hay toda una etapa de super-8 en los 70 y los 80, con un cine muy activo, muy militante, pero que no llega a la gran pantalla, que no se estrena, salvo en circuitos muy pequeños e independientes”.
-También se halla en ‘Paisajes del alma’ una representación de quienes hicieron sus primeras películas en los años 90.
“Sí, entendía que tenían que estar los que para mí conformaron una especie de catapulta del cine canario, especialmente con cortos y mediometrajes. Ahí se encuentra Juan Carlos Fresnadillo con Esposados (1996), que es el cortometraje que alborota todo y consigue otro milagro: llegar a los Óscar. En su momento fue el corto más premiado del cine español. También están Andrés Koppel, que saca La raya (1997), un trabajo muy interesante que transcurre en El Hierro, y Javier Fernández Caldas, con El último latido (1994). Destacaría la labor de Elio Quiroga, aunque, junto a otros cineastas grancanarios, más que el paisaje natural de las Islas, ha retratado el urbano”.
“Los hermanos Ríos mostraron que era posible rodar en Canarias en una época en la que hacer cine parecía ciencia ficción”
-Y llegamos al siglo XXI.
“Que es cuando el Gobierno de Canarias por fin toma nota y empieza a apoyar al cine con una política de subvenciones, que yo he criticado, porque me ha parecido un tanto oscura, pero que se ha asentado. Hay un departamento que está haciendo un gran trabajo, aunque con su apuesta no estoy tan de acuerdo, porque no se preocupa en mostrar la diversidad del cine que se hace en las Islas. Cine como el de Daniel León Lacave, que es un francotirador: hace sus películas de manera independiente, con una mirada muy honesta y con la intención de contar historias, que para mí es fundamental. Dentro de los clásicos, volviendo a los de los 70, pero también en la actualidad, hay un personaje que es clave y sigue haciendo cine, porque ese hombre tiene una jiribilla en el cuerpo que espero que nunca pierda: Josep Vilageliu. Como todos estos, citaría a otros muchos”.
-Ante esta diversidad, la relación que cada autor guarda con el paisaje en sus obras ha de ser muy variada, ¿pero qué elementos comunes ha encontrado?
“Si hay algo en común es que utilizan el territorio, el de cualquier isla, con un estilo visual muy interesante. Es un cine muy plástico, que te hace ver la isla de otra manera. Algunos incluso muestran cómo ese paisaje que hay que reivindicar se traiciona. Este es el caso de Omar Razzak con Matar cangrejos, que alude a la manera en la que se vende una Canarias tropical que no existe. Realiza una crítica velada a un famoso zoológico, donde las magas van con un loro al hombro. También está el tema, como hace Koppel en La niebla y la doncella (2017), de esas grandes construcciones que se caen a pedazos. Esas obras que se pusieron en marcha, pero, vete a saber por qué, se detuvieron y ahí permanecen, rompiendo la línea de costa. Es un cine que incluso se adelantó a la reivindicación de un ordenamiento turístico y del territorio frente a políticas que durante muchos años permitieron la degradación del paisaje”.
-Hablar de paisajes nos remite a los exteriores, pero también a los interiores. ¿De qué manera el espacio físico condiciona el mental, el emocional, de quien se pone a construir una película?
“Una misma historia contada en Tenerife da un resultado distinto a si se cuenta en Lanzarote: el paisaje es diferente y condiciona. David Pantaleón vive en lo que podríamos llamar la Gran Canaria del interior. Me dijo que los canarios habitualmente miramos hacia dentro, pero la gente del interior mira hacia el mar, a un mar que no ve. Para él ir a la playa era como ir de excursión, un descubrimiento. Y ahí me citaba la novela Panza de burro, de Andrea Abreu. Esa distancia, pese a vivir en un territorio tan pequeño, es significativa y, de igual modo, afecta a los personajes de una película. No es lo mismo el paisaje desértico y fascinante de Fuerteventura que el verde que poseen Tenerife, La Palma, La Gomera o El Hierro”.
“Hay un elemento común a los entrevistados en este libro: poseen un estilo que te hace ver cada isla de otra manera”
-Una cuestión en la que indaga es en si hay una ‘canariedad’, una idea o un vínculo identitario en torno a las Islas. Conforme a las respuestas recibidas, ¿qué conclusión ha sacado?
“La mayoría defiende que hay un sentimiento común, con sus peculiaridades en cada isla. Ya no vivimos tanto en una Canarias rural, sino en una cada vez más urbana y mezclada por la influencia exterior, que antes solo llegaba a través de esa entrada y salida de viajeros que decía Pérez Minik, y hoy es una catarata, por ejemplo, con Internet. Ya no estamos aislados. Una reflexión que plantean los Ríos es que cuando llegaron a Canarias desde Cuba les llamó la atención la falta de autoestima de la gente. Esa baja autoestima, por fortuna, se ha diluido. No se trata de una defensa a ultranza, nacionalista, de las Islas, pero sí del convencimiento de que perteneces a un territorio con rasgos propios. Además, tenemos la suerte de vivir en pequeños continentes: podemos recorrer el mundo en dos o tres horas ante la variedad de paisajes. El paisaje crea una identidad, pero también una diversidad, en el cine que se hace en Canarias”.

-Otro de los asuntos que aborda es el de la fortaleza o debilidad del sector audiovisual en el Archipiélago a partir de factores como las políticas del Gobierno regional, los festivales de cine y los rodajes que llegan del exterior. ¿Cuál ha sido, en síntesis, la respuesta mayoritaria?
“Todos están a favor de los rodajes que llegan de fuera, pero la mayoría cuestiona que suelan emplear a los canarios solo para el sector servicios. Perdemos una gran oportunidad. Son rodajes que traen mucho dinero y Canarias ha dado un paso de gigante, pero se debería aprovechar para formar a gente en sectores artísticos y, sobre todo, técnicos. En cuanto a los festivales, coinciden en que suelen tratar muy bien al cine canario, aunque algunos discrepan. Con respecto a las políticas institucionales, hay voces críticas. Lo habitual es que los comités de selección de las obras que se subvencionan estén constituidos por gente de fuera y es comprensible que pasen por alto películas que abordan historias que tratan de temas de las Islas, porque las desconocen. También se apuesta por un cine interesante, eso es cierto, que triunfa en festivales. Pero no sé hasta qué punto puede aguantar en la cartelera. Debería tenerse más en cuenta el valor comercial, que no necesariamente significa que una película sea mala. No veo que ese éxito del cine canario se refleje luego en los Goya, aunque este año tengamos varios candidatos. Y ya no me vale que me digan que se están sentando las bases. No, las bases ya están sentadas”.
“Apuesto por crear una plataforma para que la gente pueda ver todos esos nuevos trabajos de las Islas que apenas se exhiben”
-¿Qué momento creativo considera que atraviesa ahora mismo el cine que se hace en Canarias?
“Es muy bueno. Si comparamos, por ejemplo, con los años 90, ahora salen cineastas hasta de debajo de las piedras. Hoy hacer cine es barato. Antes trabajabas con el celuloide y lo enviabas al laboratorio. Todo salía muy caro. Ahora se hace mucho cine, que llamo independiente porque es el de entusiastas que hacen sus películas sin contar con ningún tipo de apoyo público. El problema de estas películas es saber hasta dónde llegan. El Gobierno regional tiene una línea, que está muy bien, los catálogos Canarias en Corto, que selecciona obras para moverlas por festivales. Sin embargo, muchas de las películas que se están haciendo no entran en esos catálogos. Pero sí, hay entusiasmo: en rodajes, en festivales, en escuelas de cine. La cuestión es dónde podemos ver esas películas, que a lo mejor se exhiben solo una o dos veces. Yo apostaría por crear una plataforma para que la gente, de aquí y de fuera, pudiera ver todas esas películas. Eso, sin contar con la labor encomiable y dificilísima que realiza Filmoteca Canaria, que en teoría tiene que preservar todo este material. El caso es que muchos de los que hacen estas películas no le entregan una copia. Eso es un error, porque, de cara al futuro, la filmoteca no podrá contar con el catálogo que debería tener. Y no es culpa suya”.





