La reducción de lluvias en el último lustro, la disminución gradual de las reservas subterráneas del acuífero en Tenerife y la pérdida de hasta el 50% en distintos puntos de la red insular a causa del mal estado de las conducciones han sido tres factores decisivos que llevaron, en mayo del año pasado, al Cabildo, a la declaración de emergencia hídrica, vigente hasta el 28 de febrero, a falta de conocer si se prorroga la medida o decae después de un otoño y casi dos meses de invierno con un régimen de lluvias por debajo de lo normal, en términos generales, especialmente en el sur tinerfeño, donde las precipitaciones, hasta ahora, han brillado por su ausencia.
Ante este panorama en una isla donde no deja de aumentar la demanda y en la que los efectos del cambio climático son cada vez más evidentes, resulta primordial producir más agua salada para consumo humano y regenerar la residual para abastecer la agricultura, sector más afectado por el descenso de las lluvias, en torno a un 5% de media menos cada año, lo cual, a su vez, impide que los acuíferos se recuperen.
En ese sentido, la isla de Tenerife, que históricamente se ha abastecido casi al 100% de galerías y pozos, ha visto cómo en los últimos años esos recursos subterráneos han descendido por debajo del 70% de la oferta hídrica. Y bajando, según las estadísticas del Consejo Insular de Aguas de Tenerife.
La emergencia hídrica incluye, entre sus 75 medidas, la agilización de los trámites para crear nuevas infraestructuras, entre ellas desaladoras de agua de mar, depósitos para almacenar y plantas de depuración y regeneración. Según los datos aportados por el Cabildo, la Isla consume alrededor de 550.000 metros cúbicos diarios o, lo que es lo mismo, 220 piscinas olímpicas.
Peor calidad
Para José León García Rodríguez, profesor emérito de Geografía Humana de la Universidad de La Laguna, “cada día se necesita más agua desalinizada porque los acuíferos convencionales, que son múltiples depósitos en el subsuelo, se van desecando”, lo que a su juicio genera un problema añadido, el aumento de la salinidad en la producción: “Según van descendiendo los niveles del acuífero, las aguas que salen son de peor calidad, incluso en zonas como el suroeste de Tenerife se tienen que desalinizar, de la misma forma que también se tratan las aguas en La Guancha por sus altos índices de flúor”.
Para el experto, la situación que vive Tenerife desde hace unos años es “preocupante”, pero apunta como una vía de solución la desalación de agua de mar a través de las energías renovables (procedentes del viento, sobre todo, y del sol) para rebajar al mínimo posible el uso del petróleo. En esa línea, García Rodríguez recuerda que el Estado destina partidas específicas para cubrir una parte de los costes. Además, también advierte sobre la posición “rezagada” de Tenerife para cumplir con los plazos marcados para evitar la dependencia del petróleo. “Si no tenemos aún una idea exacta de qué vamos a hacer para poder descarbonizar la producción eléctrica tendremos un problema gordo”.
Por último, el profesor emérito de la Universidad de La Laguna, que echa en falta campañas institucionales para evitar el despilfarro de agua, califica de “sangrantes” las pérdidas en las conducciones que afectan a diferentes municipios de la Isla. “Eso tiene que ser una preocupación no solo de los ayuntamientos, sino del Cabildo y del Gobierno de Canarias. ¡Cómo podemos perder tanta agua para el consumo humano por redes con 40 años de antigüedad que son un coladero!”, enfatiza.





