Puede que todo se reduzca a la voluntad de complicarse la vida para mantener a raya a la monotonía. Al deseo de hacer preguntas y enfrentarse después a la tarea de buscar respuestas, en lugar de andar de puntillas por el escenario de lo cotidiano. Algo de esto hay en la vocación literaria de Javier Hernández Velázquez (Santa Cruz de Tenerife, 1968), en su novela más reciente, El eco de Cobain (M.A.R. Editor, 2024), y, en definitiva, en la invitación que cursa de cuando en cuando a los lectores a asomarse a un relato en el que la ficción y lo real confluyan, la historia se muestre de otra manera o la crónica negra se despliegue por escenarios muy reconocibles. Incluso juntando todo esto en una misma propuesta.
-La ‘guerra del time sharing’ en el sur de Tenerife y el conflicto de Oriente Próximo son las coordenadas por las que transita ‘El eco de Cobain’. ¿Qué aspectos de estas dos realidades llamaron su atención como para comenzar a dar forma a esta nueva entrega del investigador Mat Fernández?
“En ocasiones uno recuerda que la vida consiste en crearse problemas, en complicarse la existencia. Lo que yo intento, básicamente, es contribuir a que no se olvide la historia del terreno rodeado de agua en el que vivo. El eco de Cobain narra lo sucedido en los años 80 y 90 en la Isla, unos hechos casi sin precedentes. Sobre todo, por cómo llegaron a las orillas de Tenerife no solo John Palmer, también Mohamed Derbah. Quería radiografiar lo que sucedió aquí, contar la historia. Luego el relato va un poco más allá, porque mientras escribo llega el 7 de octubre de 2023 y la guerra en Gaza. Con lo que la novela se adentra en el Líbano, en lo que es el Líbano, que es una pregunta que nunca me había sabido responder”.
“Busco la sorpresa, que el lector no sepa qué se va a encontrar cuando abra una novela mía y comience a leer”
-‘El eco de Cobain’ también es el título de un texto con el que en 2012 ganó el Premio Internacional Sexto Continente de Relato Negro. ¿Cómo se fue transformando en esta novela?
“De la misma manera que Mat Fernández surge de un relato, Los ojos de Henry Fonda, que me pidieron para la antología Generación 21: nuevos novelistas canarios (2011). Una vez escrito, me quedé con ganas de más o, si se prefiere, Mat Fernández me reclamó más. El relato El eco de Cobain, que comienza con un supuesto similar al del inicio de esta novela, dejó las puertas abiertas para insertarlo en la historia de fondo, que es el Líbano”.
-Tenerife y, especialmente, su capital son una constante en esta serie literaria. ¿Qué posibilidades le brindan para explorar las zonas grises y las directamente negras en su literatura?
“Con independencia de en lo que hemos convertido a Canarias, pues en la Unión Europea no se debió concertar su encaje de la forma en la que se concertó, para mí a Santa Cruz de Tenerife la define el puerto. La ciudad gravita, como personaje omnisciente, sobre mis novelas. Intento no hacer mitología, pero está claro que soy de una ciudad con un paseo marítimo que mira a un océano. Todos tenemos una relación de amor y de odio con nuestra ciudad. Son emociones que van surgiendo a medida que caminas. Da la impresión de que esta ciudad, esta isla y este archipiélago perdieron la esperanza, pero en mi literatura procuro plasmar lo que fue el pasado y lo que es el presente, a la vez que creo en un futuro. Y hay muchas ideas para articularlo”.
-Una novela como ‘El eco de Cobain’, tan cercana y tan lejana, precisa una profunda documentación. ¿Cómo la llevó a cabo?
“Sobre todo, diferenciando lo que es el relato, la ficción, de lo que es la historia, lo real. La historia está muy clara: el Líbano, los siglos de dominación otomana, el protectorado francés, las guerras entre cristianos maronitas y musulmanes chiíes… Los libaneses son un pueblo fenicio, un pueblo de comerciantes… Esta es la historia: qué es lo que pasó en Tiro y cómo personajes del relato terminan en Sierra Leona y luego en Tenerife. Lo que ocurre es que necesitaba reunirme con la población libanesa que hay aquí, tanto con cristianos maronitas como con musulmanes chiíes, para que me explicaran cómo veían las cosas. En muchos casos, esa explicación yo no la veía, pero es difícil verla cuando no es a través de esas miradas. La situación de guerra que hay ahora mismo es insostenible. Recuerdo que en la película Retorno al pasado (Jacques Tourneur, 1958) surge la pregunta de si hay alguna maldita manera de ganar. El personaje que interpreta Robert Mitchum viene a decir que lo que hay es un camino más lento hacia la derrota. Me interesaban esas dos visiones tan diferentes de la realidad. Mat Fernández no dogmatiza: cuenta lo que ve y que cada uno saque sus conclusiones. E igual que a los niños les damos medicamentos que saben a fresa para que no los rechacen, yo uso el sentido del humor y la ironía. Y mira que hoy es difícil hacer reír; a menudo, ni siquiera los payasos lo consiguen”.
“Lo que intento con la literatura es que no se olvide la historia del territorio rodeado de agua en el que vivo”
-¿Quién es Mat Fernández? ¿Cómo se lo presentaría a un lector que no lo conozca?
“Mat Fernández es un antihéroe. Cuando surge, leía a Lawrence Block, Ocho millones de maneras de morir (1982). De hecho, su nombre lo tomo de su personaje Matt Scudder. En mi cabeza tenía al antihéroe que en el mundo del cine representa Mickey Rourke en películas como Réquiem por los que van a morir (1987), Johnny el Guapo (1989), Manhattan Sur (1985)… Los personajes que interpreta son fascinantes. Mi objetivo no era que Mat Fernández fuese un alter ego, pero sí mis ojos. Que caminase con mis zapatos y contase las cosas que yo veo”.
-Es un lugar común decir que en el género negro caben muchos otros. ¿De qué modo le resulta útil para su literatura?
“Cuando entramos en una librería, nos sentimos cómodos al ver estantes que dicen lo que hay en ellos. Yo busco la sorpresa, que el lector no sepa lo que se va a encontrar cuando abra una novela mía y comience a leer. Por eso intento que sean los lectores y las lectoras los que me pidan a Mat Fernández. Y también por eso he escrito novelas como Baraka (2019, VI Premio Alexandre Dumas de Novela Histórica), acerca del desastre de Annual (1921) y, especialmente, la incidencia del batallón de artillería del Cristo de La Laguna; El sueño de Goslar (2013), en torno a la primera Exposición Internacional de Escultura en la Calle de Santa Cruz de Tenerife, y El fondo de los charcos (2009), sobre lo que sucedió con Domingo López Torres, su ingreso en Fyffes y el alzamiento de 1936. Pretendo poner negro sobre blanco lo que fue y lo que es mi tierra; que la gente sepa que cuando, por ejemplo, visita en Santa Cruz lo que hoy es un supermercado, antes estuvo allí el Cinema Victoria; que se pregunte por qué esa calle que se llamó General Mola ahora es la Avenida Islas Canarias y no Ramón Baudet, donde precisamente estuvo el Teatro Baudet… Se trata de dar respuestas. Vivimos en la monotonía: despertamos, desayunamos, vamos a trabajar, regresamos… A lo mejor un día nos preguntamos por qué hacemos todo eso, pero tenemos miedo a la respuesta”.
“Igual que a los niños les damos medicamentos que saben a fresa para que no los rechacen, yo uso el humor y la ironía”
-Es abogado. ¿Esta cercanía con la ley y con quienes se sitúan fuera de ella es determinante en su literatura o son dos vertientes claramente diferenciadas?
“Son dos aspectos diferentes. Una cosa es que lleve 30 años trabajando en administraciones públicas y otra bien distinta es la literatura. No tienen por qué ser vasos comunicantes. Igual que Mat Fernández no soy yo, mi trabajo no me sirve de inspiración. Escribo porque me divierte. Desde que cada mañana ponemos un pie en la calle, a veces lo más interesante es toparte con dificultades. El placer de escribir está en buscar cómo resolverlas”.
-La novela criminal, la de ciencia ficción teñida de negro, la histórica… ¿Por dónde pasan los próximos proyectos de Javier Hernández Velázquez?
“Por una historia acerca de lo que ocurrió a partir de un día del Carmen, el 16 de julio de 1936, en Santa Cruz de Tenerife. Una narración que aborda por qué se detiene a Pedro García Cabrera, la persona, junto a Domingo López Torres, más comprometida de la generación de Gaceta de Arte, y que en ese momento, con Dársena con despertadores, estaba en la cúspide como poeta. Este proyecto plantea una nueva investigación de Mat Fernández, pero consta de tres partes. Una primera, en ese 16 de julio de 1936; una segunda, durante el mayor temporal que se recuerda en la Isla, del 13 al 15 de diciembre de 1975, y una tercera que transcurre en la actualidad”.





