El clavecinista y director de orquesta Aarón Zapico (Langreo, Asturias, 1978) tiene esta semana un doble encuentro con la Sinfónica de Tenerife. El miércoles (20.00 horas) dirigirá desde el clave a un conjunto de intérpretes de la orquesta en Seicento italiano con Aarón Zapico, el título del programa con el que la Fundación CajaCanarias cierra en su espacio cultural de Santa Cruz de Tenerife la primera edición del ciclo Cámara en la Fundación. El viernes (19.30) se pone al frente de la Sinfónica al completo en el Auditorio de Tenerife, con un programa que consta de Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, de Joseph Haydn (1732-1809), y de Sheba, siete estudios para orquesta histórica sobre la obra del compositor austriaco, del autor español José María Sánchez Verdú (1968).
-¿Cómo ha sido, cómo esta siendo, este acercamiento a Haydn y a ‘Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz’?
“Hablamos de una composición colosal, inabarcable, inasumible. Es una de las grandes creaciones de la historia de la música occidental. Y al haber tantas alternativas, mi acercamiento no deja de ser muy personal. Una aproximación con la que pretendo mostrar la humanidad que hay en la partitura; humanidad entendida como algo imperfecto, algo que es trágico, que es bello, que es emocionante, que es triste, que es alegre… Algo que contiene todas las emociones del ser humano. Ese es el principal planteamiento: mostrar la fragilidad. Aunque se trate de Cristo, aunque hablemos de la cruz, busco reflejar esa fragilidad y esa humanidad del mensaje”.
-¿Y cuáles son los desafíos?
“Son infinitos. Cada compás necesita un análisis: qué longitud tienen las notas, hasta dónde llevamos el fraseo… Se trata, como la de Bach o como la de Beethoven, de música perfecta en su forma y en su contenido, en su realización. Pero esa dificultad no nos debe impedir que sintamos su mensaje. Es música muy compleja técnicamente, pero su contenido es muy sencillo de entender. Si nos acercamos de una manera honesta, priorizando el mensaje, puede ser asequible para cualquiera. Para el director de la orquesta y los músicos, pero sobre todo para los oyentes”.
“La dificultad técnica de ‘Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz’ no debe impedir que sintamos su mensaje”
-¿Qué aspectos destacaría del trabajo con la Sinfónica?
“La Sinfónica de Tenerife es una de las grandes orquestas de Europa. Su fama se adelanta al hecho de entrar en contacto con ella, de hacer música con ella. Además, este proyecto es muy estimulante para todos, porque no va a ser un concierto al uso: hay música, pero también hay palabra, a través de un actor que envuelve todo el hecho musical, y hay silencio. Esto último, aunque parezca extraño en una sala de conciertos, se convierte en un gran recurso. Es más, queremos invitar al público a que no aplauda al final de la representación, sino que se quede unos minutos reflexionando en silencio acerca de lo que acaba de escuchar. Que la experiencia no se rompa de una manera abrupta, para que se pueda llevar de camino a casa esa reflexión, esa sensación”.
-Hablamos de música clásica, pero en realidad abarcamos siglos de historia musical. ¿Encuentra diferencias al abordar, por ejemplo, la música antigua frente a la del clasicismo?
“Las etiquetas están bien en una tienda de discos para localizar el que nos interesa, pero debemos olvidarnos un poco de ellas como oyentes y como ejecutantes. El viernes dirijo a la Sinfónica de Tenerife con una obra de la segunda mitad del siglo XVIII y la ponemos al lado de otra de un compositor español contemporáneo, José María Sánchez Verdú. Pero es que antes, el miércoles, doy un concierto con miembros de la orquesta para interpretar música del seicento en Italia. ¿Cómo me enfrento a la música? De la misma manera. Es un lenguaje universal que habla de emociones. Es como cocinar con distintos ingredientes. El miércoles tengo a Frescobaldi, a Monteverdi y a otros autores de esa época, mientras que el viernes están Haydn y Sánchez Verdú. Lo que hago es utilizar cada elemento de una manera diferente, pero al final la música es música. Nos puede emocionar el folclore de nuestro pueblo, la Novena de Beethoven, la Séptima o el Orfeo de Monteverdi. Nos tocan de la misma manera. No me enfrento a la música con etiquetas. Es única e infinita a la vez, e intento ahondar en las emociones que expresa”.
“Invitamos al público a no aplaudir tras el concierto para que reflexione en silencio unos minutos sobre lo que experimentó”
-Como ha apuntado, el concierto del viernes incluye una obra contemporánea, ‘Sheba’, de Sánchez Verdú, basada en la de Haydn. ¿Cómo es el diálogo entre ambas composiciones?
“Sí, cuando uno ve la referencia en el programa, puede asustarse: ¿cómo es posible que haya un diálogo coherente entre una obra del siglo XVIII colosal, que no necesita absolutamente nada más, que es un elemento arquitectónico finalizado, y una partitura del siglo XXI? Pues se juntan en una simbiosis maravillosa, porque Sánchez Verdú lo hace de una manera muy humilde. No pretende competir con Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, sino que la complementa con la visión de un oyente actual. Emplea recursos que utiliza Haydn, pero de un modo moderno. Son como pequeños comentarios a la obra que resultan muy interesantes, porque en esencia es el mismo mensaje. A la vez, hay un punto hasta divertido al escuchar esa música de una manera un poco deformada, un poco más contemporánea”.
-En su día, el historicismo fue una aportación completamente novedosa, por cuanto supuso un ejercicio de búsqueda de la fidelidad interpretativa. ¿Cómo convive hoy con otras lecturas?
“Volvemos al tema de las etiquetas, la de la interpretación históricamente documentada. Hay un marketing y un negocio detrás, pero ¿qué es el historicismo? Interpretar la música como se hacía en la época en la que fue concebida. Y eso no es una decisión vacua, sino inteligente. Hago Haydn como se hacía en su tiempo porque es como mejor suena. Hasta puede ser una decisión egoísta, en el sentido de querer mostrar al mundo las obras como son. Sería absurdo solo contemplar Las meninas de Velázquez a través de unas gafas 3D o un filtro de un color determinado. Lo mismo pasa con la música: la de Haydn suena mejor como la pensó el compositor. Y quien dice Haydn, dice Bach, dice Monteverdi y dice cualquier otro autor de siglos pasados. El historicismo fue una visión muy rompedora, pero ahora se da una convivencia completamente sana y se asume que las partituras de cada periodo suenan mejor con las herramientas de su época”.
“Tocar una obra como se hacía en la época en la que se creó. Eso es el historicismo; no es un decisión vacua, sino inteligente”
-Una de las vertientes por las que usted se interesa es la que tiene que ver con la difusión de la música. Si miramos a España, ¿qué estamos haciendo bien y qué aspectos debemos mejorar?
“Estamos haciendo muchas cosas bien, por ejemplo, con las orquestas sinfónicas. Prácticamente cada provincia tiene la suya. Una orquesta es una herramienta poderosísima de cambio social y de difusión cultural, como vía para la igualdad y para potenciar la creatividad… Pero aunque tenemos las orquestas, nos falta mucho por hacer. Debemos utilizarlas más, sacarles más partido. Algo parecido ocurre con los conservatorios. España está llena de ellos. No sé si son muchos o pocos, pero igualmente están infrautilizados, porque son instrumentos que ayudan a tener una sociedad más empática, más imaginativa, más libre y, por tanto, un país mejor”.
-¿De qué manera invitaría a alguien no especialmente aficionado a acudir este viernes al Auditorio de Tenerife para escuchar el concierto?
“De entrada, por la conjunción de artistas que habrá. No quiero parecer pretencioso, pero contar en un concierto con prácticamente toda la paleta sonora de una orquesta sobre el escenario; tener a un actor, Álvaro de Juan, que declama las palabras de una manera bellísima; disponer de un texto como el de María Folguera, que es maravilloso… Solo por esta combinación ya merece la pena acercarse, aunque sea por mera curiosidad. Pero quienes acudan a este concierto también vivirán un momento de inmersión en sí mismos. Durante 75 u 80 minutos, la música les va a hacer reflexionar, les va a hacer enfrentarse a ellos mismos, a mirarse en un espejo, les va a hacer recordar. Y lo que tenemos que tener claro es que no hace falta entender nada, no es necesario tener unos conocimientos previos para todo esto. La música provoca a cada uno diferentes sensaciones. Todas igual de válidas”.





