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Mirtha Ibarra: “Ser actriz es buscar cada día en ti misma, en recovecos desconocidos, sentimientos olvidados; sueños que están ahí y debes sacar a la luz”

La intérprete, Premio Nacional de Cine 2025 en Cuba, acaba de recibir un homenaje en Icod de los Vinos y la próxima semana imparte dos conferencias en Puerto de la Cruz y La Orotava
La actriz cubana Mirtha Ibarra. / Eligia Yanes

Actriz. Mirtha Ibarra (San José de las Lajas, Cuba, 1946) es guionista, dramaturga e incluso dirigió el documental Titón: de La Habana a Guantanamera (2008), en el que recorre la vida y la filmografía del cineasta Tomás Gutiérrez Alea (La Habana, 1928-1996), Titón, su pareja. Pero esas vertientes de una misma pasión son circunstanciales, afirma en esta entrevista, pues ella se considera solo actriz. Lo que no es poco.

La intérprete de títulos como Hasta cierto punto (1983), Se permuta (1984), Fresa y chocolate (1993) y Guantanamera (1995) ha sido galardonada por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos con el Premio Nacional de Cine 2025. El jurado quiso así reconocer, entre otros méritos, “su legado, su continuidad, su integralidad y su larga trayectoria en la cinematografía cubana”.

Mirtha Ibarra está en Tenerife desde el viernes, cuando recibió un homenaje de la Sociedad Centro Icodense que incluyó un coloquio con el cineasta Santiago Ríos y Abel Hernández, coordinador del cinefórum de la entidad, que cerraba la temporada de esta iniciativa que cuenta con el apoyo del Cabildo y el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias (IEHC). La Sociedad Centro Icodense, de manos de su presidente, Pedro Martín, y el Ayuntamiento de la Ciudad del Drago, por medio de su alcalde, Javier Serra, le entregaron sendas distinciones.

La iniciativa, en la que colabora Coral Hotels, continúa con la charla El cine cubano de Tomás Gutiérrez Alea, que la actriz dará el miércoles (19.00 horas) en el IEHC de Puerto de la Cruz y el jueves (20.00) en La Orotava, en el Liceo de Taoro.

-En su visita a Tenerife, aborda el cine de Tomás Gutiérrez Alea, con quien usted compartió vida y también pasión artística. ¿Cómo entendía el oficio Gutiérrez-Alea?
“Como un espectáculo estético, pero también como una experiencia para iluminar la realidad, para ser crítico con ella con el objetivo de mejorarla. Decía que una realidad social que no se critica, no mejora. No estaba de acuerdo con esa idea de que ser crítico es darle armas al enemigo. Al contrario, consideraba que el enemigo se fortalece cuando critica, pero si es uno quien cuestiona esa realidad, se desarma. De manera que siempre quiso hacer un cine que ayudase al espectador, para que cuando saliera de la sala y regresase a la realidad, a su vida cotidiana, contase con elementos para construirse un juicio, para nutrirse y examinar lo que ocurre a su alrededor de manera crítica”.

-Actriz, dramaturga, guionista, directora teatral… ¿En cuál de estas facetas artísticas se ha sentido, se siente, más cómoda?
“Como actriz en el cine. Soy actriz, lo demás es coyuntural”.

Tomás Gutiérrez Alea entendía el cine como un medio para criticar la realidad con el objetivo de mejorarla”

-¿Y qué diferencias más sustanciales encuentra entre subirse a un escenario y ponerse delante de una cámara?
“Son muchas las ventajas, y también las desventajas, del cine con respecto al teatro. El cine, por ejemplo, tiene a su favor el hecho de que perdura. Eso es algo muy importante. Creo que a todo ser humano, sea artista o no, le gusta dejar un legado, que se le recuerde, permanecer en la memoria de los otros. Ahora mismo, puedo disfrutar de Bette Davis, de Joan Crawford…, de todas esas figuras del séptimo arte. Sin embargo, el teatro es efímero, es algo que sucede una noche… El que te pudo ver en esa función, perfecto, aunque es probable que se olvide con el paso del tiempo. El teatro también está mal pagado… Hay muchas desventajas. No obstante, posee la belleza de que, cuando subes al escenario, estás manipulando al público en directo. Buscas que llore, que ría, y lo ves llorando, riéndose… Aunque yo creo que en el cine, por lo menos en el que yo he hecho, la gente que está a tu alrededor en medio de un rodaje, los técnicos, disfrutan también de tu trabajo. Y cuando terminas tu escena, te lo dicen. En definitiva, son vertientes muy distintas de un mismo oficio. Lo que haces en el teatro te exige dimensionar la gestualidad, la voz, mientras que en el cine es todo lo contrario: un parpadeo, cualquier gesto leve, lo capta la cámara. En una película debes trabajar de manera más suave, prestar atención a las cosas pequeñas”.

La popular actriz cubana, durante el homenaje que le brindó este viernes la Sociedad Centro Icodense. / Eligia Yanes

-¿Y existe algún papel, algún personaje, que le gustaría interpretar desde hace tiempo y aún no ha llegado ese momento?
“No, para nada. Siendo más joven, quería encarnar a sor Juana Inés de la Cruz, a quien en su día interpretó Assumpta Serna [Yo, la peor de todas, María Luisa Bemberg, 1990], pero con el tiempo me di cuenta de que no hay ningún trabajo pendiente. Eso no quiere decir que no haya proyectos. Ahora acabo de terminar una película, Neurótica anónima, dirigida por Jorge Perugorría y con guion mío y de él, que ha aportado mucho a la escritura, basada a su vez en una obra teatral que escribí e interpreté. Se encuentra ahora mismo en posproducción”.

-Este año recibió en Cuba el Premio Nacional de Cine. Si echa la mirada atrás, ¿cómo describiría su trayectoria artística?
“Esa descripción se la dejo a los críticos [ríe]. A mí, realmente, lo que más me ha impresionado de este premio es cómo la gente en la calle me ha felicitado. Ese es el mayor regalo, sin duda. Me han dicho cosas como ‘hacía 30 años que te lo debían haber dado…’ o ‘eres increíble…’. Son palabras muy hermosas que me ha expresado todo el mundo en cualquier lugar, en la cola del pan, en la gasolinera… En fin, felicitaciones muy bellas. Ese ha sido el gran premio para mí: el poder comprobar todo lo que la gente me quiere en Cuba, cómo aplaude mi trabajo. Ha sido una satisfacción muy grata”.

“Siento la necesidad de escribir mis propias historias, porque cuando llegas a cierta edad, los directores no te llaman”

-¿Cuál es la clave para seguir adelante, para ese interés, esa pasión, para no dejar de embarcarse en nuevos proyectos?
“Siento la necesidad de embarcarme continuamente en nuevas aventuras, de seguir pensando y escribiendo historias, porque parece que cuando uno llega a determinada edad, a los directores no les interesa llamarte. No obstante, es justo el momento de tu vida en el que cuentas con más experiencia, cuando estás en plena madurez y necesitas expresarla y aplicarla a tu oficio. De modo que lo que hago es escribir guiones, como el de Neurótica anónima, para poder interpretar papeles protagonistas. Ahora estoy escribiendo otro. Cuando lo tenga, buscaré un director, un productor y todo lo necesario para llevarlo a la pantalla. Quiero seguir actuando. Mientras pueda, quiero seguir siendo actriz”.

-¿Y qué tiene que tener el personaje de una historia para que surja el deseo de darle forma y encarnarlo?

“Lo que más me gusta es desarrollar los conflictos que presenta. Ahora, por ejemplo, escribo un argumento que se centra en una cantante. Se trata de una mezcla de comedia y de thriller. Busco personajes que no sean planos, que posean contradicciones, que te obliguen a trabajar mucho para poder darles vida. Y todo esto no tiene nada que ver con el tamaño, con el peso, con la extensión que tenga en esa historia. Es posible que tan solo aparezca en tres momentos en toda la película y, pese a eso, sea un papel fabuloso, porque esas tres escenas son determinantes para todo el relato, están muy bien escritas y muy bien realizadas. No se trata de la duración en la pantalla, sino de la calidad que posea dentro del argumento, de los desafíos que enfrenta… Todo eso es lo que me interesa como actriz”.

“Un buen papel no tiene que ver con su extensión en pantalla, sino con los desafíos que enfrenta en el argumento”

-¿Es usted muy perfeccionista, muy meticulosa como intérprete, o más bien se deja llevar por las emociones a medida que van surgiendo?
“Un poco las dos cosas. A mí me gustan los directores que permiten a los intérpretes incorporar elementos, detalles, matices a sus personajes para enriquecerlos. Y he tenido mucha suerte en ese sentido. Antonio Betancor (Santa Cruz de Tenerife, 1942-Madrid, 2006), por ejemplo, con el que hice Mararía (1998), estaba encantado conmigo. Me dejaba sentarme junto a él ante los monitores para que viese las escenas y cuando llegaba otro actor para verlas también, le decía: ‘No, a Mirtha nada más’ [ríe]”.

-¿Qué sigue aprendiendo cada día en su oficio?
“Siempre aprendes algo. Es una enseñanza continua. Jamás llegas a saberlo todo, porque cada personaje te desafía de manera distinta: hace que busques en ti misma, en recovecos desconocidos, sentimientos olvidados, dolores, angustias, sueños… Sueños que están ahí y debes sacar a la luz. Como en la vida, uno tiene que proponerse sueños e ir a por ellos”.