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Asier Etxeandia: “Cuando actúas, el juego es más importante que el resultado; ahí me dejo la vida, porque amo esta profesión”

El actor y músico participó en Tenerife en la presentación de 'El molino', la película de Alfonso Cortés-Cavanillas que inauguró esta semana el Festival de Cine y Series Lo Que Viene
El actor y músico Asier Etxeandia. / Fran Pallero

Asier Etxeandia (Bilbao, 1975) ha estado esta semana en Tenerife, en el Festival de Cine y Series Lo Que Viene, organizado por la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE), para presentar El molino. La película de Alfonso Cortés-Cavanillas inauguró el martes la muestra que se celebró en TEA Tenerife Espacio de las Artes hasta el viernes. El actor y músico acompañó al director madrileño, junto a Nur Olabarria y Pablo Rivero, miembros del reparto [en el que también figuran Pilar López de Ayala, Imanol Arias, Carla Domínguez, Rocío Calvo…] de este film que se estrena en octubre.

-Ha vuelto a trabajar junto a Alfonso Cortés-Cavanillas en la película ‘El molino’, tras la que también filmó ‘Luna’. ¿Qué clase de director diría que es? ¿Qué le ofrece a un actor?
“A Alfonso lo admiro, lo quiero; deseo trabajar con él todo el tiempo. Me gusta su fórmula. Cómo plantea los rodajes y lo que le arde por dentro para querer contar las historias. No está en búsqueda ni de la fama ni del dinero, sino en hallar la mejor manera de abordar relatos conmovedores. También es un tipo que ama a los actores, que le gusta el equipo y el proceso de rodaje. A mí todo eso me emociona: el juego, que resulta mucho más importante que los resultados, y ahí me dejo la vida. A ver, uno siempre intenta que los resultados estén a la altura de lo imaginado, pero con Alfonso siempre estoy dónde me diga, cuándo me diga y cómo me diga. En estas películas y en las anteriores, solo ha tenido que presentarme un proyecto para yo decirle que sí. Me da igual el personaje que me dé, tanto si tiene dos frases como si es el protagonista; como si le pasa esto o lo otro. Me gusta el proceso de creación junto a él y siempre voy a estar ahí”.

“Si no tuviese la suerte de trabajar como actor, tampoco podría cantar; la música está muy jodida en España”

-¿En qué consistió el reto de encarnar a Jaime, su personaje?
“Es un papel que está muy alejado de mí y de lo que habitualmente hago. Me suelen proponer papeles más al límite, más histriónicos, con más expresividad. Este es todo lo contrario. Un hombre metido en su amargura, parco en palabras y en mostrar emociones. Es un ganadero con un gran peso emocional y físico. Ha sido un gran reto y, a la vez, un gran placer interpretarlo. Para eso somos actores, para experimentar y adoptar pieles que nada tienen que ver con nosotros. En cierta manera, para mí fue sencillo, porque estaba rodeado de lo que necesitaba. Fuimos a rodar a Alto Campoo [Cantabria], con la gente del pueblo, con los ganaderos, viví todo el proceso entre vacas, en establos con boñigas… Cuando no rodaba, me iba vivir con una familia que tenía vacas y así me fui empapando. Fue sencillo y apasionante instalarme en ese universo. Como soy un poco esponja y me transformo en lo que tengo alrededor, no decido demasiado lo que voy a hacer, sino que presto atención para impregnarme de todo. Fue una vivencia maravillosa”.

-El martes acudió a la proyección de la película. ¿Cómo es esa experiencia de mostrar su labor sentado junto al público?
“Cuando estás orgulloso de una peli y junto a compañeros a los que admiras y quieres, es un regalo de la vida. Compartir algo que has hecho con el corazón es fantástico. No siempre tienes esa oportunidad. Hay proyectos que no sientes o en los que no has experimentado un proceso bonito. En este caso, por ejemplo, Nur [Olabarria], que es mi amiga de toda la vida, en El molino hace un personaje tan fabuloso, tan fresco, que me llena de orgullo y casi estoy más pendiente de ella y de que la gente pueda apreciar esa maravilla que ha hecho. También ha sido reencontrarme con Pilar [López de Ayala], que hacía muchos años que no la veía, o con Imanol [Arias], que encarna a ese padre de una manera tan soberbia… Están los pequeños personajes, como el de Rocío Calvo, que sale poquito en la película, pero tiene un papel lleno de verdad… Me emociono viendo el trabajo de mis compañeros y también dándome cuenta de lo que ha querido contar Alfonso. El pase en Tenerife fue muy bonito, y creo que el público lo recibió de una manera parecida a la nuestra”.

“El escenario es el ritual ancestral de contar y oír una historia; a una cámara debes enamorarla para hilar un relato”

-¿Le resulta muy distinto, en cuanto a estímulo y a desafío, participar en un largometraje que hacerlo en una serie?
“Encaro los diferentes proyectos de una manera muy parecida. Tengo que estar motivado. Lo que ocurre es que en una serie tienes tiempo para desarrollar tu personaje y para darte cuenta de más cosas que en una película, porque estás continuamente haciéndolo. En una película, tus escenas poseen un principio y un fin muy determinados, muy limitados. Siempre te quedas con la sensación de que podrías haber hecho más o investigado más. Pero, por lo demás, creo que el motor principal es que me emocione el proyecto y el personaje, y la curiosidad que me creen”.

-¿Y de entrada, qué tiene que tener ese proyecto para que decida formar parte de él?
“Soy de un muy flojo [ríe]. Quiero trabajar continuamente y me siento afortunado de poder dedicarme a esto. Tiene que ser algo muy terrible para que yo diga que no. O que me paguen muy mal. Que vea que hay gente que se está enriqueciendo gracias a que a mí me están pagando una mierda. En principio, siempre intento encontrarle el punto a favor al proyecto que me proponen. A no ser que de entrada haya algo que me duela: que esté mal escrito, que no crea en la persona que lo dirige… Si de repente no la conozco, pero veo que hay aspectos interesantes en ese proyecto, intento llevarlo a mi terreno. Hablar mucho con el director, descubrir qué es lo que quiere contar. Por el camino, nos hacemos una especie de casting mutuo para saber si vamos a estar en la misma onda, si vamos a disfrutar trabajando o no, cómo eres, cómo soy, plantearle todas mis dudas… Y al final, cualquier trabajo puedes llevarlo al punto de que resulte gratificante”.

“Me transformo en lo que tengo alrededor; no decido demasiado, sino que presto atención para impregnarme de todo”

-¿Es muy perfeccionista en el proceso de construir un personaje o todo resulta mucho más orgánico en ese camino de ponerse en la piel de otro?
“La edad te enseña a relajarte. Creo que buscar la perfección tiene más que ver más con el ego que con el acto de contar una historia. Para hacerlo debes estar muy abierto, con una serena atención y no tanto concentrado en ti mismo, ni pensando demasiado en lo que vas a hacer, ni llevándolo continuamente a ti, a ti, a ti, sino averiguando cuál es el lugar que ocupas en el engranaje. Para contar una historia hay que conmover, y para eso debes ser consciente de todo lo que se ha contado antes y del trabajo que han hecho tus compañeros. Durante años sufrí para llevar adelante a personajes por la presión que yo me imponía. Me he puesto enfermo, muy nervioso y lo he pasado mal. Todo eso tenía que ver con una expectativa y con no disfrutar, confiando en toda esa gente que trabaja para que esto funcione”.

-En Tenerife hemos contemplado su faceta musical con Mastodonte. ¿Se llevan bien ambas vertientes artísticas, la del actor y la del músico?
“Sí, se llevan bien porque yo las ataco desde el mismo lugar, desde la emoción. A mí me fascina mi trabajo. Me encanta componer canciones e interpretarlas. Me libera, pues tiene que ver con algo muy personal. Ahí no hay personaje. Soy yo con lo que quiero decir, con mi discurso, con mi línea de pensamiento, con lo que quema mis entrañas. Como actor, haces un personaje y eres una herramienta, una especie de plastilina. En suma, las dos facetas son experiencias de las que me enamoro cada día. Sin embargo, si no me dedicase a ser a actor y no tuviese la suerte de tener trabajo, no podría dedicarme a la música, porque prácticamente me lo pago todo yo. La música en este país está muy jodida, pero mucho. No recibe el cuidado que posee, por ejemplo, el audiovisual”.

-¿Qué le proporciona el escenario y qué le aporta ponerse ante una cámara?
“El escenario es el aquí y el ahora. El ritual que experimentamos desde los ancestros, porque es una necesidad del ser humano. Teniendo en cuenta la época en la que vivimos, la de los teléfonos móviles y las redes sociales, la de lo instantáneo y la de querer aparentar constantemente, es casi el único lugar en el que hoy podemos olvidarnos de todo eso y vivir la experiencia de escuchar a los otros. Ese viaje es alucinante. Ponerse ante una cámara consiste en enamorarla, en ir hilando poco a poco, junto al resto del equipo, un relato con el objetivo de que despierte emociones. Son herramientas completamente diferentes”.

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