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Nama Traouli: cocinando nuevos sueños tras huir de la guerra en Mali

El joven de 17 años llegó en cayuco a Canarias hace dos años y, gracias a su dedicación y esfuerzo, ha alcanzado las cocinas del hotel Bancal en La Gomera, donde sueña con convertirse en chef y abrir su propio restaurante

Números, porcentajes y ruido político… Desde hace años, las secciones de inmigración de los periódicos muestran cómo se ha deshumanizado una crisis que, solo en 2024, se cobró más de 10.000 víctimas mortales en nuestro país. Entre quienes buscan una vida digna en Europa -muchos pasando por nuestro Archipiélago- hay una gran proporción de menores: adolescentes y niños como Nama Traouli, que, más allá de ser una cifra, trae consigo la historia de un joven que busca refugio y una nueva oportunidad.

Nama dejó todo atrás con 13 años: su tierra, una madre, cuatro hermanos… un hogar. “Antes de la guerra estaba con mi familia. Todo estaba bien”. En Bamako, la capital de Mali, empezó a trabajar desde pequeño en jardinería. Pero las cosas cambiaron drásticamente a partir de 2019. Distintos golpes de Estado sacudieron la estabilidad política del país, generando una situación de inseguridad que lo obligó a huir a Mauritania en 2021. “Los terroristas empezaron a llevarse a la gente. Para que no me llevaran también, me fui”.

Él es el mayor de sus hermanos. Al estallar la guerra, su edad lo ponía en peligro: “Secuestraban a los mayores… desde los 12 o 13 años se los llevaban. Yo solo quería salir de allí”, explica. Traouli vivió lo que ningún niño debería vivir: una infancia truncada por la indiferencia, el egoísmo y la inhumanidad de los adultos.

Los secuestros han sido moneda común en el contexto de inestabilidad y presencia terrorista en Mali. Esta práctica se consolidó como estrategia de grupos armados, especialmente a partir de 2019, agravada por los conflictos y el deterioro económico, amenazando directamente la seguridad de niños como Nama. Como denuncia la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur): “Los grupos armados están utilizando a niños y niñas para trabajar en minas de oro, aprovechándose de los beneficios para enriquecer a los combatientes, alimentar el mercado de armas y financiar la violencia”.

Frente a esa situación, Traouli emprendió un viaje que lo llevó primero a Mauritania. Allí aprendió francés y trabajó durante tres años, nuevamente en jardinería, hasta que un día un amigo lo despertó de madrugada. “Me dijo si iba a venir con él… a Europa. No lo pensé mucho. Me levanté y lo seguí”, cuenta el joven. Algo confuso, lo acompañó hasta una casa donde esperaron hasta las cinco de la mañana. Una hora más tarde, con los primeros rayos de luz, lo trasladaron a un cayuco, donde aún tendría que esperar un día entero en puerto. “Ni siquiera pensaba que íbamos a salir. Le dije a mi amigo: ‘Me hubieras dejado en casa durmiendo’”, reconoce. Pero, finalmente, al caer la noche, la embarcación comenzó a moverse, iniciando una travesía que lo llevaría hasta la isla de El Hierro hace casi dos años.
Nama relata su historia con una calma y una entereza que casi hacen olvidar que solo tiene 17 años. Sin embargo, sería un error obviar que su historia es la de un niño que llega a nuestras islas huyendo del horror y dejando atrás el calor de una familia y los sueños de una infancia arrebatada. En su caso, la búsqueda de refugio lo llevó a emprender la ruta atlántica, considerada por organizaciones como Caminando Fronteras y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) como la vía migratoria más mortífera del mundo.

El adolescente embarcó en un cayuco junto a otras 40 personas, en una embarcación donde solo conocía a dos compañeros. La mayoría eran chicos de Senegal, algunos incluso más pequeños que él. Consigo llevaba únicamente una botella, que perdió al inicio del trayecto, “pero mis compañeros me dieron agua y comida”. Aunque el tiempo no fue demasiado adverso, reconoce que sintió miedo, “sobre todo en la oscuridad de la noche”. Al cuarto día, hacia el mediodía, llegaron a El Hierro. Allí permaneció una semana antes de ser trasladado al centro de Vegaipala, en San Sebastián de La Gomera donde comenzaría “una nueva oportunidad”.

Como muchos jóvenes que emprenden el viaje hacia Canarias -a menudo sin conocer el verdadero peligro que puede suponer para sus vidas-, Nama sabía muy poco sobre hacia dónde se dirigía. “Pensaba que al llegar empezaría a trabajar directamente”, reconoce. “Pero no fue así. Me trajeron a un centro y dije: ¿qué es esto?”.

Tras los fogones

En su entorno más cercano, en La Gomera, recuerdan que “nada más entrar al centro se caracterizaba por ser muy prudente, muy cordial y siempre hacía caso a todas las educadoras”. Y, a pesar de no saber hablar español en ese momento, “era muy independiente; no había que estar encima de él para decirle lo que tenía que hacer o lo que no. Se adaptaba bien a las normas, copiando a sus compañeros o comunicándose con ellos como podía”.

Dos meses después de su llegada lo llevaron a la escuela, donde comenzó un grado básico de hostelería. “Primero me llevaron a trabajar en sala. Pero yo lo que quería era cocinar”, reconoce el jóven, que guarda con especial cariño el sabor de los platos de Mali y, sobre todo, el recuerdo de su madre cocinando. “Aprendí viéndola a ella”, explica. A pesar de la distancia que ahora los separa, Nama mantiene un fuerte vínculo con su familia, con la que habla todos los días. Entre esas llamadas, una fue especialmente importante hace unos meses: “Hice las prácticas en el hotel Bancal de La Gomera y me cogieron para seguir trabajando con ellos. Mi madre pensaba que solo estudiaba; ahora está muy feliz por mí”.

Cocinando, Nama ha encontrado un espacio donde, como reconoce, “cocinar no es solo preparar comida, sino también dar felicidad, compartir cultura y trabajar en equipo; cada plato que aprendí a hacer era como construir una parte nueva de mi vida”. En su nueva tierra ha descubierto ingredientes y platos que alimentan su curiosidad como la paella, su favorito “Aquí hay muchas más cosas que en mi país. Todo lo que nunca probé, lo pruebo ahora”, apunta entre risas.

Estas palabras las comparte en un día importante para él, desde el hotel Atlantic El Tope, en el Puerto de la Cruz, donde fue elegido para intervenir en nombre de todas las personas galardonadas en el homenaje de Ashotel a los profesionales del sector hostelero. “Era la primera vez que participaba en algo así. Pensé que estaría nervioso, pero salió bien”.

Con la tímida sonrisa de quien aún es casi un niño en un mundo de adultos, recibió los elogios de quienes se acercaron a mostrarle su reconocimiento. Fue un momento de orgullo para él, su familia y quienes lo acogieron desde su primer día en La Gomera. “Quizá el reconocimiento verdadero venga de su país o de su familia, por la buena base con la que lo educaron. Él llegó sano y salvo, y aquí ha podido avanzar hacia sus metas con una personalidad maravillosa” afirman desde su antiguo centro de Vegaipala.

“Mi sueño es abrir mi propio restaurante”

Tras el acto en el Puerto de la Cruz, Nama regresó horas más tarde a la que es su casa de lunes a viernes: La Gomera. Allí cursa actualmente un ciclo medio de hostelería por las mañanas, que completa con su trabajo de tarde en el hotel Bancal. Los fines de semana vuelve a Tenerife, donde, por ser aún menor, debe regresar al centro en el sur de la isla que ahora lo acoge. Disfruta del poco tiempo libre que tiene para salir con sus amigos, tanto de la propia residencia como locales. En especial, le gusta ir al restaurante Salomn, en la capital tinerfeña, uno de los pocos restaurantes africanos de la Isla, del que toma ideas para el futuro. “Mi sueño es abrir mi propio restaurante de fusión española y maliense. No he visto nada así aquí”.

En Canarias, Nama ha encontrado refugio y un nuevo hogar. Especialmente en La Gomera, que confiesa ser su lugar preferido: “Me gusta la tranquilidad”. En su formación actual le proponen hacer prácticas en el extranjero, una etapa que le gustaría vivir en Francia. “Allí está la base de la gastronomía. Me gustaría ir y aprender las técnicas del país”. Pero aunque sus proyectos hoy tengan sabor europeo, no aparta la mirada de su tierra, Mali. “Me gustaría volver para ver a mi familia. Pero antes me he marcado un desafío: convertirme en chef”.