Hace años que Christian Gálvez, uno de los rostros más populares y amables de la televisión, transita con éxito por el mundo de la literatura. En sus trabajos no es difícil entrever la meticulosa tarea de documentación con la que apuntala su inventiva narrativa. Esta semana regresa a las librerías con He vencido al mundo, obra en la que sumerge al lector en los días clave de la Pasión, y que presentará en Adeje el sábado 21 de marzo. De ella nos habló en DIARIO DE AVISOS.
-Lo exploró en su anterior novela y lo vuelve a hacer en esta. ¿Cómo se aporta algo diferente, creíble, sin alejarse de lo que ya existe en un marco histórico tan conocido?
“Desde mi punto de vista, el verdadero reto no está en inventar algo nuevo, sino en mirar lo conocido desde un ángulo distinto sin traicionar la verdad histórica y espiritual que ya existe. Cuando uno se acerca a una figura como Jesús o al nacimiento del cristianismo, parte de una base muy clara: los evangelios, las cartas apostólicas y toda la tradición que se ha construido durante siglos. Eso es un territorio sagrado que, como escritor, no puedes ni debes alterar. Mi objetivo nunca ha sido cambiar los hechos, sino explorar los silencios que hay entre ellos. La Historia y los textos bíblicos nos dicen qué ocurrió, pero muchas veces no nos cuentan cómo lo vivieron quienes estaban allí. Ahí es donde entra la novela. A mí me interesa mucho poner el foco en los personajes que rodean esos acontecimientos: los amigos, los enemigos, los testigos, incluso aquellos que dudan. Intento entender qué sentían, qué temían, qué les movía”.
-En su anterior novela se movió en dos tiempos, relativamente cercanos, pero dramáticamente dispares.
“En Te he llamado por tu nombre quise trabajar con dos planos temporales muy cercanos entre sí, pero emocionalmente muy distintos. Por un lado, la crucifixión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret y, por otro, está el mundo judío que se encamina hacia una tragedia histórica: la destrucción de Jerusalén, la caída del Templo, la sensación de que todo lo que sostenía la identidad de un pueblo está a punto de desaparecer. Para muchos judíos de la época, aquello era literalmente un apocalipsis para su patria. Sin embargo, en ese mismo contexto aparece un grupo pequeño, casi invisible al principio: los primeros cristianos. Y lo fascinante es que ellos viven ese mismo momento desde una perspectiva completamente distinta. Donde otros ven el final, ellos ven el cumplimiento de una promesa. Donde muchos perciben la ruina de una historia, ellos creen estar presenciando el inicio de otra. Esa tensión dramática me interesaba muchísimo como narrador. Porque, aunque los acontecimientos históricos son los mismos para todos, la mirada con la que se viven cambia radicalmente el significado de lo que está pasando”.
“El reto aquí no está en inventar algo nuevo, sino en mirar lo conocido desde un ángulo distinto”
-El verdadero protagonista es un niño que, a su manera, termina siendo un apóstol, salvando el mensaje de Jesús al proteger a su cronista, Lucas. ¿Qué tiene de especial su Evangelio?
“En la novela, el verdadero protagonista es ese niño que, sin buscarlo, termina desempeñando un papel decisivo: proteger a Lucas, el cronista que está poniendo por escrito la vida y el mensaje de Jesús. De alguna manera, ese gesto lo convierte también en una especie de apóstol inesperado, porque no predica ni viaja, pero salva al que está llamado a preservar la memoria de todo lo ocurrido. Y ahí es donde entra la importancia del Evangelio de Lucas. A mi juicio, tiene algo muy especial dentro del Nuevo Testamento. Lucas no fue uno de los doce apóstoles, sino un testigo de segunda generación, alguien que investiga, que pregunta, que contrasta fuentes. De hecho, él mismo lo dice al comienzo de su evangelio: ha querido investigar cuidadosamente todo desde los orígenes para ofrecer un relato ordenado. Eso le da a su texto una dimensión muy interesante, casi periodística. Lucas escribe con una mirada muy humana y muy universal. Es el evangelio donde aparecen con más fuerza los marginados, los enfermos, las mujeres, los pobres, todos aquellos a los que Jesús colocó en el centro del amor”.

-También pone empeño, sugiriendo más que afirmando, en hacer otra lectura de Judas. Es un personaje para novelar en profundidad.
“Sí, sin duda. Por eso existe ahora He vencido al mundo. Judas es, probablemente, uno de los personajes más complejos y más malinterpretados de toda la historia cristiana, y precisamente por eso me parecía literariamente muy interesante acercarme a él desde otro ángulo. Durante siglos su figura ha quedado reducida casi exclusivamente a un símbolo: el traidor. Pero cuando uno se acerca a los textos del Nuevo Testamento y, sobre todo, a los matices que aparecen en los distintos evangelios, descubre que hay muchos silencios, muchas zonas oscuras. Sabemos lo que hizo, pero sabemos muy poco sobre qué pasó dentro de él para que llegara a tomar esa decisión. Ahí es donde la novela puede aportar algo. No para justificarlo ni para cambiar lo que ocurrió, sino para explorar el drama humano que hay detrás de ese gesto. Judas fue uno de los doce, alguien elegido por Jesús, alguien que convivió con él durante años. Eso significa que su historia no puede ser solo la de la traición; necesariamente tuvo que ser también la de la cercanía, la admiración, la esperanza… y quizá también la decepción o el conflicto interior. Y ahí está, creo, su enorme potencia literaria: Judas es un personaje que condensa algunas de las grandes preguntas del ser humano, como la libertad, la culpa, el destino o el arrepentimiento. Y cuando un personaje reúne todos esos elementos, inevitablemente se convierte en alguien que merece ser explorado en profundidad dentro de una novela”.
-¿Cuáles son las coordenadas cronológicas de ‘He vencido al mundo’?
“Se sitúa en los días previos y durante la propia Pasión de Jesús, es decir, en el origen mismo de lo que hoy conocemos como la Semana Santa. La novela se mueve en ese momento decisivo en el que todo está a punto de cumplirse: la entrada en Jerusalén, las tensiones con el Sanedrín, la última cena y, finalmente, la entrega y la crucifixión. Lo que me interesaba especialmente era mirar esos acontecimientos desde dos perspectivas muy distintas y muy humanas: la de Judas y la de María, la madre de Jesús. Dos personajes que están en extremos emocionales muy diferentes, pero que, de algún modo, se convierten en testigos privilegiados de lo que está sucediendo”.
“Judas es uno de los personajes más complejos y, probablemente, más malinterpretados de toda la historia cristiana”
-María es uno de los pilares de la obra. Cuesta imaginar a una madre que no quiera hacer saltar el mundo cuando dañan a su hijo.
“María es, sin duda, uno de los pilares emocionales y espirituales de la novela. Y precisamente por eso me interesaba mucho acercarme a ella desde una perspectiva profundamente humana. Porque, más allá de la figura teológica que la tradición cristiana ha desarrollado durante siglos, María fue ante todo una madre. Y cualquier padre o madre puede entender hasta qué punto resulta insoportable imaginar el sufrimiento de un hijo. Lo natural, casi instintivo, sería querer detener el mundo, rebelarse, impedir que eso ocurra a cualquier precio. Esa tensión es, para mí, una de las claves dramáticas más potentes de la Pasión”.
-Pero el mundo no se detiene para María…
“Con María sucede algo extraordinario. Ella vive ese dolor inmenso sin dejar de confiar en aquello que su hijo había anunciado. Es decir, su maternidad está atravesada por una paradoja muy fuerte: el impulso natural de proteger a su hijo y, al mismo tiempo, la conciencia de que lo que está sucediendo forma parte de un designio que la supera. En la novela me interesaba explorar precisamente ese equilibrio tan difícil. No una María distante o idealizada, sino una mujer que sufre, que duda, que teme, pero que también sostiene una fortaleza interior enorme. Porque, en el fondo, la Pasión no solo es el camino de Jesús hacia la cruz; también es el camino de una madre que acompaña a su hijo hasta el final. Y esa dimensión humana, silenciosa y profundamente dolorosa, es la que convierte a María en uno de los personajes más conmovedores de toda la historia cristiana”.
-El marco cronológico le permite detenerse algo más en Jesús, hacerle hablar más.
“Sí, en esta novela ese marco me permitía acercarme más a Jesús que en la anterior. Estamos en el momento en el que su mensaje alcanza una intensidad máxima, cuando cada palabra tiene un peso enorme porque todo está a punto de cumplirse. Eso me daba la oportunidad de mostrar a un Jesús más presente en escena, dialogando más con quienes le rodean: con sus discípulos, con Judas, con su madre, incluso con aquellos que lo observan desde la distancia. No se trata de añadir discursos artificiales, sino de ampliar dramáticamente esos momentos de conversación y de tensión que los evangelios mencionan de forma breve. Para un novelista, ahí hay un territorio narrativo muy interesante. Los evangelios nos transmiten las palabras esenciales de Jesús, pero muchas veces lo hacen de forma muy condensada. La novela permite detenerse, explorar las miradas, los silencios, las emociones que rodean cada diálogo”.
“Con María sucede algo extraordinario; vive ese dolor inmenso sin dejar de confiar en lo que su hijo había anunciado”
-Un autor, por lo general, aprende con cada obra. En su caso, ¿qué impronta conserva de estas dos novelas?
“Creo que cada novela te deja una huella distinta, pero en el caso de Te he llamado por tu nombre y He vencido al mundo la enseñanza principal ha sido aprender a convivir con el respeto a la historia y, al mismo tiempo, con la libertad narrativa. Cuando trabajas con acontecimientos y personajes que forman parte del origen del cristianismo, sabes que estás entrando en un territorio muy sensible, muy conocido y muy estudiado. Eso te obliga a documentarte muchísimo y a ser muy cuidadoso con el contexto histórico, con las fuentes y con el marco en el que se desarrollan los hechos. Esa disciplina, para mí, ha sido una de las grandes lecciones. Pero al mismo tiempo he descubierto algo muy interesante: la novela vive en los espacios y en los márgenes que la historia no describe con detalle. En las miradas, en los silencios, en las decisiones íntimas de los personajes. Ahí es donde el escritor puede aportar una mirada propia sin traicionar lo que ya sabemos. Si tuviera que resumir la impronta que me dejan estas dos novelas, diría que me han enseñado a trabajar con personajes enormemente conocidos, como Jesús, María, Judas o los primeros testigos, intentando devolverles su dimensión humana. Y cuando consigues que el lector vuelva a mirar a esos personajes no solo como figuras históricas o religiosas, sino como personas que sienten, dudan y toman decisiones en momentos límite, entonces la historia vuelve a respirar”.
-En unas semanas le veremos en Adeje, presentando la novela y pregonando su Semana Santa.
“Para mí es un honor estar el 21 de marzo en Adeje presentando la novela y teniendo la oportunidad de pregonar su Semana Santa. He vencido al mundo nace precisamente de esos días que la Semana Santa recuerda: los momentos decisivos de la Pasión, vistos desde los ojos de quienes estuvieron más cerca de Jesús. Por eso tiene algo muy especial llevar la novela a un lugar donde la tradición, la fe y la memoria de esos acontecimientos siguen muy vivas. La Semana Santa no es solo una conmemoración; es también una forma de volver a mirar esos hechos, de revivirlos y de reflexionar sobre lo que significaron y lo que siguen significando hoy. Siempre digo que los libros terminan de completarse cuando se encuentran con los lectores. Presentarlos, hablar de los personajes, de la documentación, de las decisiones narrativas… y escuchar también lo que la historia despierta en quienes la leen, es una parte fundamental. Así que sí, estar en Adeje es para mí una manera muy hermosa de cerrar el círculo: llevar la historia de esos días a un lugar donde se viven con intensidad”.





