Rafael-José Díaz (Santa Cruz de Tenerife, 1971) ha publicado Ojos que ven abismos (Editorial Mercurio, 2026), un volumen en el que el narrador, poeta, ensayista, traductor y profesor tinerfeño reúne 97 relatos escritos entre los años 2010 y 2019. Se trata de una década de creación literaria de textos en los que casi de la misma forma en la que el tiempo ha marcado una distancia que permite ahora mostrar el escritor -y la persona- que un día fue, una serie de cuestiones temáticas que no ha dejado de explorar mantiene la cercanía con el que hoy es. De todo ello y de la búsqueda de límites, de los sueños como materia narrativa o de aplicar el microscopio sobre lo más cotidiano y simple para ver qué de esencial nos revela, habla en esta entrevista con DIARIO DE AVISOS.
-‘Ojos que ven abismos’ reúne 97 relatos que fueron escritos entre 2010 y 2019. ¿Qué sensación es la que prevalece ahora, al contemplarlos reunidos en un solo volumen?
“Han pasado casi siete años desde la culminación del último de esos relatos y yo he seguido escribiendo. Para esta edición los he releído y apenas hice alguna pequeña modificación. No soy un escritor que esté revisando continuamente sus textos. En Ojos que ven abismos solo dejé fuera uno de los relatos, porque no me acabó de convencer. A medida que he ido cumpliendo años, los temas y las formas narrativas se han ido diversificando. También se van ampliando las lecturas. Este es un libro que se escribió en diferentes lugares. Sobre todo en Madrid, en su primera mitad, y luego, ya de vuelta, en Tenerife. Esa primera parte, vista con la perspectiva de hoy, la siento más lejana, porque se corresponde con una etapa de mi vida terminada. En ese sentido, para mí leerlos tiene algo de arqueología. Esta es una escritura narrativa en la que es más importante cómo se cuenta que lo que se cuenta. De manera que esos textos de 2010 a 2015 los siento no diría que exóticos, pero sí muy lejanos, aunque, eso sí, considero que siguen siendo válidos en cuanto a la forma en la que se escribieron”.
“Esta es una escritura narrativa en la que es más importante cómo se cuenta que lo que realmente se cuenta”
-En un texto de hace 10 años decía que la escritura es “un ejercicio de aproximación a los límites”, pero que estos son “mudables, difusos, casi imperceptibles”. ¿Qué fronteras son las que busca Rafael-José Díaz en su práctica literaria?
“En primer lugar estaría el límite entre los géneros: el carácter híbrido de estos textos. Muchos no son estrictamente relatos, sino que beben del lenguaje poético, del ensayístico y, en algunas ocasiones, de lo que podríamos considerar lenguaje aforístico. Hay varios, no demasiados, que son colecciones de fragmentos que se relacionan entre sí. Otro límite tiene que ver con lo geográfico. Serían los de la isla frente al continente, por supuesto, pero también los de ciudades como París, como Roma y, especialmente, como Santa Cruz de Tenerife, que es la que mejor conozco, donde viví mi infancia, mi adolescencia y a la que he regresado. Me gusta escribir, y prueba de ello son los muchos relatos que tratan sobre esto, de los límites urbanos entre la ciudad y lo que deja de serlo. Por ejemplo, en la zona en la que siempre he vivido, el barrio de Los Lavaderos, encontramos un espacio intermedio que suelo explorar. Tiene que ver con el barranco de Almeyda, pero también con el que está más allá, el de Tahodio, e incluso hay algún texto que se vincula al barranco de Santos. El tercer plano sería el simbólico, el de los límites espirituales, en cierto modo. Asomarse a abismos como el de la enfermedad, el de la muerte, incluso el existente entre el mundo humano y el mundo animal. Hay bastantes relatos que podrían constituir una especie de bestiario. En ellos aparecen, sobre todo, animales como las ratas, determinados insectos… Otras fronteras son las que hay entre la vigilia y el sueño, entre la consciencia y la inconsciencia…”.
-Es de suponer que la heterogeneidad es una característica de este casi un centenar de relatos. Sin embargo, ¿encuentra vasos comunicantes, elementos que los emparenta?
“Ojalá que sí, porque, en definitiva, son tres libros en uno. Es una recopilación de relatos escritos en una década. El editor me propuso añadir las dos obras ya publicadas [El letargo y De un modo enigmático] a esta última parte [Cuando llegaron los cadáveres] que es inédita. Creo que los vasos comunicantes no siempre son obvios, evidentes, pero sí que existen en una serie de lineas temáticas. Una sería esa de la que hemos hablado, la de los extrarradios de las ciudades. También hay relatos en los que el yo narrativo, que en muchas ocasiones coincide con el autoral, porque se basan en la experiencia real, transita bien por un espacio urbano, bien por uno natural. En textos como La maraña se explora el ámbito del bosque, de la naturaleza. Otra línea temática sería la de los sueños. Hay relatos que son recreaciones de sueños que tuve en un determinado momento. Otra más es la del bestiario que comentamos. Por ejemplo, en el titulado La rata, el narrador va siguiendo los pasos de ese animal por la ciudad. Ahí se da una combinación entre el paseo, la extrañeza del animal y, también por otro lado, la exploración de un submundo”.
“Basta con pararse y entrar en otro ritmo para poder percibir de una forma diferente lo más habitual, lo más cotidiano”
-Y en muchos de los relatos predomina la escritura poética incluso sobre lo narrativo.
“Sí. En algunos casos, la anécdota que se cuenta en el texto es mínima. Lo que se narra está ubicado más en un plano interior que en el de lo externo. Es como si el narrador cogiese una lupa, o incluso un microscopio, y se detuviera en una imagen para desarrollarla. Por ejemplo, en el relato Los palillos, la anécdota es muy simple. Parte de algo tan sencillo como que un día se me cae un pequeño bote de palillos. A partir de ahí, me di cuenta de que la forma en la que iba recogiéndolos para devolverlos a su envase constituía todo un proceso inconsciente. Sin embargo, desde el momento en el que le pones consciencia a esa simpleza, cobra otra dimensión: como si te estuvieses viendo desde fuera realizando una acción automática. Basta con detenernos un poco y entrar en otro ritmo, en lo que Milan Kundera llamaba la lentitud, para contemplar de otra manera lo más habitual, lo cotidiano”.
-¿Cuánto de perfeccionista tiene como autor? ¿Es muy laborioso ese proceso que va de la escritura inicial al momento en el que considera que al poema, al relato, a la novela no hay que añadirle ni restarle nada?
“En mi caso, como el relato tiene mucho que ver con el poema, surge de un tirón. Soy incapaz de empezar uno, dejarlo a la mitad y continuarlo al día siguiente. Entonces ya seré otro y no existirá ese impulso inicial, el gusanillo o lo que Lorca llama el duende, que no sabes por qué te lleva a abrir la libreta o encender el ordenador para escribir algo. En mí no hay voluntariedad de escribir. Es una necesidad, un deseo casi compulsivo. Luego releo ese texto, aplico correcciones estilísticas y subsano errores, porque la mente es más rápida que la mano que escribe. Una vez que lo doy por bueno, lo publico en el blog que tengo desde 2010. Esa es la primera fase de la separación del texto con respecto a mí. Ahí lo vuelvo a leer y a veces me encuentro con pequeñas cuestiones que hay que corregir. A partir de ahí, queda fijado en su forma definitiva hasta que salta a un libro. Lo leo antes de enviarlo a la editorial y también leo las pruebas, pero no corrijo demasiado. Si lo hago, si tengo que luchar con ese texto, para mí pierde valor y acabo desechándolo”.
“Traducir es una escuela literaria maravillosa, pero es una faceta que queda lejana cuando escribo, y es bueno que así sea”
-¿Cómo es la relación entre el escritor y el traductor? ¿El ejercicio de trasladar a nuestro idioma textos escritos en otras lenguas confiere un nuevo valor a su relación con las palabras al trabajar en su propia obra?
“La traducción es un ejercicio de aprendizaje verbal y literario maravilloso. Lees de una manera privilegiada la obra de otro autor y se produce la alquimia, ese misterioso trasvase, sobre todo en la poesía, que da inicio a una fase casi creativa del traductor. Siempre tienes en mente el texto original, pero, de alguna manera, también te desprendes de él. La traducción es una gran escuela de escritura. No obstante, cada vez que me pongo a escribir algo mío, la faceta de traductor queda lejana, no batallo con las palabras, no busco correspondencias,,. En el estilo influye todo aquello que has leído, incluyendo lo que has traducido, pero son dos actividades claramente separadas y es bueno que sea así. De lo contrario te estarías dejando llevar demasiado por lo que otros han escrito”.





