Ana Pérez Álvarez, canaria de 83 años residente en La Guaira durante más de tres décadas, teme que la cifra de fallecidos de hijos y nietos de isleños por el doble terremoto aumente.
“Había muchos allí. Personas del club canario y mucha gente que vivía en su entorno está desaparecida. Yo tengo amigos y conocidos que todavía están sepultados bajo los escombros y no han podido llegar a ellos, ya no se tienen esperanzas”, manifestó ayer a DIARIO DE AVISOS.
Su vivienda en la zona cero de la catástrofe no existe desde el jueves pasado. “El edificio quedó totalmente destruido, se cayó al piso, pero, viendo la magnitud de la desgracia tan grande no me puedo quejar, porque son daños materiales; todo mi entorno se derrumbó”, explicó. Peor suerte corrió la esposa del padre de sus nietos, que no sobrevivió. Él resultó herido.
Ana, que mantenía relación con la representante del Gobierno de Canarias Chabela Jara, una de las víctimas mortales de los seísmos, calificó la situación de “caótica” y lamentó la “gran desidia” del Gobierno de Venezuela: “En muchos casos se sigue escarbando con las manos y se están realizando amputaciones en la calle porque no hay hospitales”. Deposita todas sus esperanzas en la ayuda internacional e insiste que “la recuperación de La Guaira depende de la mano extranjera”, pero a medio y largo plazo ve clave la implicación del gobierno norteamericano: “El país seguirá en la miseria si Estados Unidos no coge esto, lo levanta y lo entrega en 10 años”.
Ana reside actualmente en Tenerife. Emigró a La Guaira en 1967, el año del otro gran terremoto que asoló esta zona costera. “¡Qué angustia más grande aquello, porque no había teléfonos!”, recuerda. Allí residió hasta 1999, otro año fatídico, tras sobrevivir a la riada que arrasó el estado de Vargas, hoy La Guaira. “Lo que ha pasado estos días me recuerda a la tragedia humana que sufrimos con el deslave, que también causó miles de muertos, pero esto es mucho peor; si ves el antes y el después de la zona, ahora toda destruida, te das cuenta de la magnitud de la catástrofe”.
Las secuelas de aquel aciago corrimiento de tierra de hace 27 años, que Ana Pérez sufrió sobre el terreno, persisten: “En Los Corales, donde yo vivía, todavía quedaban zonas con casas destruidas por donde no había pasado la mano del hombre, y en las viviendas que quedaron a medias y sus dueños se fueron se metió gente a vivir. Eso pasará ahora otra vez.
¿A dónde va a ir toda esa gente que perdió sus pisos? Es que no hay casas. Es una tragedia ahora, pero habrá una post tragedia”.
Esta canaria de Playa Santiago, localidad gomera que dejó con apenas 7 años y de la que confiesa su amor por “aquellos riscos”, no ha dejado de viajar a Venezuela todos los años desde que decidió regresar a Tenerife en 1999. Su última vez fue en 2023. “Ves ahora esas imágenes en la televisión y es imposible no llorar, el llanto está muy presente cuando ves el antes y el después, pero sobre todo por los amigos que tengo atrapados; había esperanza hasta el sexto día, como ocurrió en Turquía, pero ya no aparece nada”.
Ahora, desde la distancia física pero también desde la proximidad afectiva, sigue la hecatombe por los medios de comunicación y a través del contacto directo con supervivientes. Con el corazón encogido y una cierta resignación en su mirada, concluye: “La Guaira ha tenido peleas muy grandes con la naturaleza. Esto no hay quien lo aguante”.







