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La Vuelta al Teide 2026 firma una edición histórica entre volcanes, desnivel y participación internacional

Tenerife volvió a convertirse en territorio ciclista con la celebración de la Vuelta al Teide 2026, una prueba que ya ocupa un lugar destacado entre las grandes citas de cicloturismo de larga distancia.

La novena edición, disputada el 16 de mayo, reunió a más de 1.000 participantes procedentes de 32 nacionalidades. Una cifra récord que confirma el crecimiento de un evento capaz de mezclar exigencia física, paisajes volcánicos y una experiencia deportiva muy difícil de encontrar en otros lugares.

No fue una jornada sencilla. El desnivel, la altitud, los cambios de temperatura y la dureza de algunos puertos obligaron a medir cada esfuerzo. Pero, precisamente por eso, completar cualquiera de sus recorridos tuvo un valor especial.

Desde la salida nocturna en Puerto de la Cruz hasta los últimos kilómetros por el norte de la isla, la edición dejó imágenes para el recuerdo.

Tres opciones para vivir la Vuelta al Teide

La organización planteó tres distancias con perfiles diferentes, permitiendo que ciclistas con distintos niveles de preparación pudieran participar.

La modalidad principal fue la Gran Fondo, con 182 kilómetros y 4.600 metros de desnivel positivo. Una ruta reservada para quienes llegaban con muchas horas de entrenamiento en las piernas y con la experiencia suficiente para gestionar un desafío de larga duración.

La Media Distancia contó con 86 kilómetros y 1.700 metros de desnivel acumulado. Una alternativa más breve, aunque nada cómoda, porque el terreno de Tenerife no concede demasiados descansos.

La gran novedad de 2026 fue el Fondo Corto, con 64 kilómetros y 1.300 metros de desnivel, cuya salida se situó en Buenavista del Norte. Esta nueva modalidad amplió las posibilidades de participación y acercó la prueba a ciclistas que buscaban un reto importante, pero no tan extremo como la Gran Fondo.

Tres recorridos, tres maneras de enfrentarse a la montaña y una misma sensación al terminar: haber superado algo grande.

Puerto de la Cruz da la salida a una jornada inolvidable

La prueba comenzó cuando todavía era de noche.

En Puerto de la Cruz, cerca de la costa de Martiánez, cientos de luces comenzaron a moverse por la carretera. Los faros de las bicicletas rompían la oscuridad mientras el pelotón se preparaba para abandonar el nivel del mar y dirigirse hacia las zonas más altas de la isla.

Era apenas el inicio, pero la imagen ya resumía el espíritu de la jornada: silencio, concentración y una larga fila de ciclistas avanzando hacia el Teide.

El trazado de 2026 incorporó una modificación importante al invertir el sentido tradicional de la prueba. Este cambio alteró la manera de afrontar el recorrido y añadió un componente de novedad incluso para quienes ya habían participado en ediciones anteriores.

Tras dejar atrás la costa, la ruta atravesó municipios como Santa Úrsula y La Orotava antes de comenzar uno de los grandes ascensos del día.

Un ascenso entre nubes, vegetación y terreno volcánico

A medida que los participantes ganaban altura, el paisaje se transformaba.

Las carreteras rodeadas de vegetación dieron paso a un escenario más abierto y volcánico. En algunos tramos, los ciclistas rodaron por encima del mar de nubes, con la isla extendiéndose a sus pies.

Son momentos que ayudan a olvidar el cansancio… al menos durante unos segundos.

El paso por el Tabonal Negro, a unos 2.370 metros de altitud, marcó uno de los puntos más destacados de la jornada. Allí, el desnivel acumulado y la falta de oxígeno comenzaron a sentirse con mayor intensidad.

También aparecieron los contrastes térmicos habituales de las cumbres de Tenerife. En pocos kilómetros, los participantes pasaron de temperaturas más suaves a un ambiente mucho más frío.

El tiempo, sin embargo, terminó abriéndose y permitió contemplar el Teide con claridad. Para muchos ciclistas, aquella vista fue uno de los grandes regalos del recorrido.

El descenso no significó el final del sufrimiento

Superar la zona alta no implicaba que la parte difícil hubiera terminado.

Después del paso por el entorno del Teide, los participantes iniciaron el descenso en dirección a Guía de Isora. La ruta continuó hacia Santiago del Teide y Buenavista del Norte, combinando tramos rápidos con zonas en las que todavía era necesario guardar fuerzas.

El paisaje volvió a cambiar. Regresaron las vistas al océano, los pueblos y la vegetación de las medianías. El Roque de Garachico apareció como una de las referencias visuales del recorrido, aunque la carretera aún reservaba una última gran dificultad.

El ascenso al mirador de Garachico, catalogado como puerto de primera categoría, fue uno de los momentos más exigentes.

A esas alturas, las piernas acumulaban muchos kilómetros. Cada pendiente parecía más larga de lo que realmente era y cualquier pequeño descanso se agradecía como si fuera un lujo.

Tras superar este punto, los ciclistas continuaron por Icod de los Vinos, San Juan de la Rambla y Los Realejos, donde se estableció el final cronometrado.

Más que una clasificación

La Vuelta al Teide no se entiende únicamente a través de los tiempos finales.

Para algunos participantes, el objetivo era mejorar una marca. Para otros, completar la distancia por primera vez. También estaban quienes querían disfrutar del recorrido sin mirar demasiado el reloj.

En una prueba de estas características, cada ciclista encuentra su propia motivación.

Hay quien pedalea para ponerse a prueba, quien busca superar una etapa complicada de su vida o quien simplemente quiere compartir una experiencia diferente con compañeros de grupeta.

Eso hace que la llegada tenga un significado distinto para cada persona.

Unos levantan los brazos. Otros sonríen. Algunos apenas tienen fuerzas para bajarse de la bicicleta. Pero todos saben lo que ha costado llegar hasta allí.

Una organización centrada en la seguridad

El Club Deportivo 7Raid, responsable de la organización, trabajó con el apoyo del Cabildo de Tenerife para desarrollar una prueba marcada por la complejidad de su recorrido.

La seguridad fue uno de los principales ejes del dispositivo. Coordinar a más de mil ciclistas en carreteras de montaña, con largos descensos y cambios constantes de altitud, requiere una planificación muy precisa.

Los participantes también dispusieron de servicios complementarios como asesoramiento nutricional, alquiler de bicicletas y fotografía oficial durante el recorrido.

Esta última opción permitió que muchos corredores pudieran conservar una imagen de su paso por algunos de los puntos más espectaculares de la prueba. Porque después de tantas horas de esfuerzo, tener una fotografía coronando una subida no está nada mal.

El respeto al Teide, parte esencial de la prueba

La sostenibilidad también ocupó un lugar importante durante la edición.

La organización recordó a participantes y espectadores la necesidad de proteger los espacios naturales atravesados por el recorrido, especialmente en las proximidades del Parque Nacional del Teide.

Evitar el abandono de residuos, cuidar las cunetas y reducir el impacto de la prueba fueron algunas de las indicaciones trasladadas durante el evento.

No podía ser de otra manera. El paisaje es uno de los grandes atractivos de la Vuelta al Teide y conservarlo forma parte de la responsabilidad de todos.

La décima edición ya aparece en el horizonte

Concluida la novena edición, la Vuelta al Teide comienza a pensar en una fecha muy especial.

En 2027, la prueba celebrará su décimo aniversario. Una década desde que comenzó a reunir a ciclistas dispuestos a enfrentarse a las carreteras más exigentes de Tenerife.

El crecimiento de la participación y la presencia internacional muestran que el evento ha conseguido consolidarse. Ya no es solo una cita para aficionados locales. Es una experiencia buscada por ciclistas llegados de numerosos países.

La edición de 2026 dejó récords, nuevos recorridos y muchas historias personales.

Ahora queda esperar al próximo año.

El Teide volverá a ser el gran juez. Y, como siempre, la montaña no regalará nada.

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