La violencia que desató el golpe militar de 1936 genera imágenes de trincheras, bombardeos contra civiles o de grandes batallas como el Ebro o Guadalajara. Sin embargo, hubo territorios donde apenas existió un frente de guerra y, aun así, la violencia alcanzó cotas estremecedoras. Canarias constituye uno de los ejemplos más claros de esa realidad.
Desde finales de julio de 1936 la totalidad del archipiélago quedó completamente bajo control de los militares sublevados. No hubo una campaña militar prolongada ni enfrentamientos de gran entidad, pero sí una intensa política represiva destinada a eliminar cualquier posibilidad de oposición y a consolidar el nuevo poder mediante el miedo. Tres figuras serán claves en este proceso en la Provincia de Santa Cruz de Tenerife. El Comandante General de Canarias, Ángel Dolla. Manuel Otero, jefe de la Sección de Investigación Social de la Comandancia Militar de Canarias, principal responsable de numerosas detenciones y terribles torturas, y el coronel José Cáceres, señalado por algunos testigos como figura clave de las desapariciones en las aguas de Tenerife.

Antiguas de Tenerife.
La rápida toma del control en las islas permitió a las nuevas autoridades concentrar sus esfuerzos en la depuración política y social. Las organizaciones obreras y republicanas fueron desmanteladas, miles de personas fueron detenidas y la censura militar impuso un férreo control sobre las comunicaciones y la prensa. El objetivo iba mucho más allá de neutralizar a los adversarios inmediatos: se trataba de destruir el tejido político y sindical construido durante la Segunda República e imponer un clima de terror que impidiera cualquier forma de resistencia.
La ausencia de combates abiertos no supuso una menor violencia. Al contrario. La represión se convirtió en el principal instrumento para construir el nuevo orden, con especial crueldad entre finales de 1936 y los primeros meses de 1937. Los campos de concentración, las prisiones improvisadas y los barcos fondeados en los puertos canarios pasaron a formar parte de una geografía del miedo que afectó a miles de familias. En lugares como La Isleta, Gando o los almacenes de Fyffes, los presos fueron sometidos a trabajos forzados, palizas, humillaciones y torturas que buscaban quebrar tanto su resistencia física como su dignidad.
La muerte en la madrugada: las brigadas del amanecer
Junto a la represión institucional convivió otra violencia más difícil de documentar: la de las desapariciones y los asesinatos extrajudiciales. Durante las noches, grupos de detenidos eran sacados de las prisiones sin que volviera a saberse de ellos. Entre los métodos empleados destacó la conocida como “Ley del Saco”: las víctimas eran golpeadas, introducidas en sacos lastrados con piedras y arrojadas en puntos como la costa de San Andrés, en Tenerife, desde pequeñas embarcaciones. Décadas después, los testimonios de supervivientes y de antiguos presos permitieron reconstruir el funcionamiento de este sistema clandestino de exterminio, que en algunos lugares pudo causar incluso más víctimas que los propios consejos de guerra.

Mientras el archipiélago permanecía aislado por la censura, varias decenas de canarios consiguieron huir hacia territorio republicano o al norte de África. Sus relatos fueron publicados en periódicos y revistas republicanas, convirtiéndose en una de las pocas ventanas abiertas sobre lo que estaba ocurriendo en las islas. Gracias a esas declaraciones conocemos el funcionamiento de los campos de concentración, las condiciones de los barcos prisión, las torturas, las ejecuciones y el ambiente de terror instaurado desde los primeros días del golpe militar.
Algunos de esos testimonios describen escenas difíciles de olvidar. Antiguos presos tinerfeños recordaban cómo cada noche se confeccionaban listas de hombres que abandonaban la prisión para no regresar jamás. Otros narraban la aparición de cadáveres envueltos en sacos sobre las costas o relataban el hacinamiento de centenares de detenidos en barcos convertidos en cárceles flotantes. Las crónicas de los evadidos coinciden con los testimonios publicados en medios extranjeros. El periódico francés “Regards” aseguraba en una crónica que en las islas “todos los jefes comunistas y socialistas fueron detenidos, fusilados la mayoría, y arrojados sus cadáveres al mar. Desembarazados así los soldados de Franco de los elementos “peligrosos”, la dominación fascista resultó fácil”.

Canarias y el abastecimiento bélico
El Archipiélago se hizo todavía más estratégico. Los navíos y los aviones de la Alemania nazi se enseñoreaban de las aguas y del cielo. Se calcula que casi el 75% del combustible usado en la Guerra Civil salía a borbotones desde los tanques de la refinería tinerfeña.
La economía de guerra afectó absolutamente a la sociedad isleña. Los alimentos básicos eran enviados al frente o a Alemania, como pago por los materiales bélicos empleados en la matanza. El hambre, otro de los males de la época, se enseñoreó de la población. Esta realidad incluso fue evidenciada por la iglesia canaria, poco sospechosa de simpatizar con la República. El obispo Pildain, en Gran Canaria, llegó a manifestar públicamente su preocupación. Fue uno de los pocos capaces de denunciar el hambre que sufrían miles de familias, que sobrevivían a duras penas gracias a los comedores de auxilio social.

La función de la represión ya no era ganar una guerra, sino impedir cualquier posibilidad de reorganización de la sociedad republicana. El miedo pasó a formar parte de la vida cotidiana y condicionó durante décadas la memoria colectiva de las islas. Uno de los resultados más duraderos fue el silencio forzado e impuesto.
Muchos supervivientes evitaron hablar de lo ocurrido; otros marcharon al exilio y numerosos crímenes permanecieron sin investigación judicial. Solo la recuperación de testimonios, memorias y documentos conservados fuera de Canarias ha permitido reconstruir una parte de aquella historia. Las voces de quienes consiguieron escapar constituyen hoy una fuente imprescindible para comprender cómo funcionó la violencia franquista en un territorio donde apenas hubo combates, pero donde la retaguardia se convirtió en un auténtico laboratorio de la represión.
Noventa años después, recordar y reivindicar la memoria, sigue siendo necesario. Quizás esa sea la única forma de consolidar una democracia auténticamente sana y avanzada.







