Las remotas islas Ogasawara, a unos 1.000 kilómetros al sur de Tokio y reconocidas como Patrimonio de la Humanidad, se han convertido en un caso de estudio sobre la fragilidad de los ecosistemas insulares. La ocupación humana, la deforestación y la introducción de especies exóticas han erosionado su biodiversidad única. Entre los afectados destaca la paloma de cabeza roja (Columba janthina nitens), endémica de la región, cuyo censo cayó a menos de 80 individuos en 2008, empujada por la pérdida de hábitat y la presión de depredadores no nativos.
Entre estos depredadores, los gatos ferales introducidos a lo largo de décadas se convirtieron en una amenaza directa para las aves nidificantes. Su control se consideraba ineludible, pero pocos anticipaban la magnitud y la rapidez de la respuesta del ecosistema una vez retirados los felinos. La intervención abriría, además, un inesperado capítulo genético que cuestiona presupuestos asentados en la biología de la conservación.
Una apuesta de conservación con resultados terribles sin gatos
Entre 2010 y 2013, equipos de conservación en Chichijima capturaron y retiraron 131 gatos asilvestrados para reducir la depredación sobre la paloma. El efecto fue inmediato: la población adulta pasó de 111 a 966 individuos, y los juveniles aumentaron de 9 a 189, según datos publicados en la revista Communications Biology. Una recuperación de este calibre resulta infrecuente en especies insulares con baja diversidad genética y tamaños poblacionales reducidos.
La razón es conocida: las poblaciones pequeñas y aisladas suelen padecer depresión endogámica, un proceso por el cual se acumulan mutaciones perjudiciales que minan la supervivencia y el éxito reproductivo. Aun cuando se elimina una presión externa —como la depredación o la pérdida de hábitat—, la inercia genética puede impedir el repunte. Sin embargo, en Ogasawara el resurgir demográfico fue acelerado y sostenido, lo que dirigió la atención hacia la arquitectura genética de la especie.
Un equipo de la Universidad de Kioto secuenció genomas de palomas de cabeza roja silvestres y cautivas y los comparó con los de la subespecie emparentada y más diversa, la paloma japonesa (Columba janthina janthina). Pese a su mayor consanguinidad, las aves insulares presentaron menos mutaciones sin sentido, alteraciones que suelen truncar proteínas y reducir la aptitud, un patrón que ayuda a explicar su sorprendente desempeño demográfico.
Los resultados apuntan a un fenómeno de depuración genética: a lo largo de periodos prolongados y con tamaños efectivos bajos, la selección natural puede eliminar alelos altamente deleterios. El estudio documenta que más del 80% del genoma es homocigoto en la paloma de Ogasawara, un umbral habitualmente asociado al riesgo de extinción. No obstante, no se detectaron signos claros de depresión endogámica; en cautividad, individuos con mayor coeficiente de endogamia vivieron tanto o más que sus congéneres menos endogámicos.
“La mayoría de los modelos de conservación asumen que las poblaciones pequeñas siempre son vulnerables por el deterioro genético”, señaló Daichi Tsujimoto, autor principal del trabajo. “Pero lo que hallamos sugiere que, bajo determinadas condiciones de largo plazo, las poblaciones pequeñas pueden adaptarse para sobrevivir”. La observación no invalida los riesgos conocidos, pero sí matiza la relación entre tamaño poblacional, diversidad y viabilidad.
El caso encaja con patrones descritos en otros supervivientes insulares, como el zorro isleño (Urocyon littoralis) y el elefante marino del norte (Mirounga angustirostris), que repuntaron desde cuellos de botella severos con indicios limitados de pérdidas funcionales por consanguinidad. Aun así, especialistas como Cock van Oosterhout advierten que la depuración no es una solución universal: depende de la historia demográfica, los tiempos generacionales y la naturaleza de las mutaciones implicadas.
De cara al futuro, el panorama exige cautela. La baja diversidad, aunque compatible con la purga de mutaciones muy perjudiciales, podría restringir la capacidad de adaptación frente a enfermedades emergentes o cambios de hábitat impulsados por el clima. La experiencia de otras especies con trayectorias similares, como el papamoscas del paraíso de las Seychelles, refuerza la necesidad de seguimiento prolongado. En Ogasawara, la combinación de control de invasoras y vigilancia genética se perfila como la vía para sostener la recuperación alcanzada.
