Situado a unas 269 millas náuticas al sur de El Hierro, Canarias, Tropic es un volcán apagado a unos 1.000 metros de profundidad, una de las llamadas “abuelas canarias”. Las investigaciones lo señalan como uno de los puntos del planeta con mayor concentración de telurio, además de otros metales estratégicos como cobalto, níquel, vanadio y tierras raras. En plena carrera por las energías renovables, estos recursos convierten a Tropic en un nombre que, inevitablemente, resuena también en Canarias.
Estudios universitarios han llegado a estimar que solo en telurio podría albergar unas 2.600 toneladas, cerca del 5 % de las reservas mundiales conocidas. No es extraño que el monte se haya colado en la agenda política de Rabat y en el radar diplomático de Madrid. Para el Archipiélago, la cuestión va mucho más allá de la geología: afecta a la delimitación de aguas, al control de corredores marítimos y al acceso a recursos estratégicos que podrían marcar el futuro económico de Canarias.
El Gobierno canario había mostrado hace unos días su preocupación a que pudiera haber alguna concesión a Marruecos que afectara al archipiélago y su presidente, Fernando Clavijo, había pedido expresamente que hubiera presencia canaria en la RAN, algo que finalmente no ha sucedido. “No es de recibo”, ha dicho el presidente canario. “Tomamos nota y en el futuro hablaremos”, ha añadido.
La pugna jurídica por Tropic y el papel clave de Canarias
Tropic se encuentra fuera de la Zona Económica Exclusiva tanto de España como de Marruecos, en una franja donde rige la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Esta permite ampliar la plataforma continental hasta las 350 millas si se demuestra la llamada “continuidad geológica”. España presentó en 2014 ante la Comisión de Límites de la Plataforma Continental un extenso dossier en el que, según los especialistas del IGME, los montes de esa región oceánica serían unas “Canarias prehistóricas” originadas por el mismo punto caliente que las islas actuales.

Ese argumento otorga a Canarias un peso simbólico y técnico de primer orden, ya que las islas se presentan como el extremo emergido de una gran estructura volcánica que se prolonga bajo el Atlántico. Mientras la solicitud española sigue en revisión, Rabat decidió mover ficha en 2020: su Parlamento aprobó redefinir el mar territorial y la Zona Económica Exclusiva, incorporando las aguas frente al Sáhara Occidental.
Esa redefinición genera solapes con las aguas proyectadas al sur de Canarias y trasladó el debate del plano técnico al político. La situación es especialmente delicada porque España no reconoce la soberanía marroquí sobre el Sáhara, mientras que Marruecos utiliza ese territorio como base para justificar su proyección marítima y apuntalar sus aspiraciones sobre Tropic. El resultado es un tablero diplomático atípico, con fronteras discutidas en tierra y ambiciones crecientes en el mar.
Tras la grave crisis diplomática de 2021, en 2022 el Gobierno español dio un giro y calificó el plan marroquí de autonomía para el Sáhara como “la base más seria, realista y creíble”. A partir de ahí se comprometió a reactivar la delimitación marítima en el Atlántico, un proceso en el que las islas exigen ser escuchadas. Al mismo tiempo se abrió la puerta a revisar la gestión del espacio aéreo que afecta al Sáhara, parte del cual se controla desde Gran Canaria, recordando que lo que ocurra sobre y bajo el océano tiene un impacto directo en Canarias.
En este nuevo clima, medios especializados próximos a las tesis marroquíes han llegado a plantear fórmulas de “reconocimiento mutuo”: Marruecos consolidaría su control sobre las llamadas “provincias del Sur”, mientras España vería reafirmada su soberanía sobre Canarias. A partir de esa premisa, se explora la creación de una zona de desarrollo conjunto alrededor de Tropic, una suerte de “condominio” económico que permitiría explotar los recursos minerales bajo algún tipo de acuerdo bilateral.
El documento incluye incluso la sugerencia de que Marruecos asuma progresivamente la gestión del espacio aéreo sahariano, hoy aún muy vinculado a los centros de control de Canarias. Varios analistas interpretan estas propuestas como un “globo sonda”, una manera de medir hasta dónde está dispuesto a llegar cada actor en la negociación. Pero el mero hecho de que se pongan sobre la mesa confirma que la batalla por Tropic ya no es científica, sino política y estratégica.
En paralelo, desde sectores académicos y sociales de Canarias se alza otra preocupación: la ambiental. Tropic es, además de un posible “yacimiento estrella”, un ecosistema profundo del que todavía se sabe muy poco. Organizaciones ecologistas alertan de que una explotación minera submarina mal planificada podría destruir hábitats únicos antes incluso de ser descritos por la ciencia. “No podemos cambiar biodiversidad por baterías sin preguntarnos por las consecuencias”, advierten algunos investigadores, que reclaman que Canarias tenga voz también en el debate sobre la protección de estos montes.
Mientras tanto, el gigante dormido sigue bajo el océano, ajeno a despachos y resoluciones. Pero la pelea por su futuro ya ha empezado: España intenta defender su extensión natural desde el Archipiélago, Marruecos refuerza su narrativa sobre el Sáhara y las grandes potencias observan con atención cualquier movimiento en una región clave para las rutas entre Europa, África y América. Todo ello convierte a Tropic en mucho más que un volcán apagado: es un símbolo de cómo el subsuelo marino puede reordenar equilibrios en el Atlántico y de hasta qué punto el futuro de Canarias está ligado a lo que ocurra bajo sus aguas.