La investigación canaria de la gripe aviar vuelve a colocar el foco en un riesgo que los expertos llevan años repitiendo: las grandes crisis sanitarias no aparecen de la nada. Un trabajo de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), publicado en la revista Science, advierte del potencial pandémico que podría alcanzar la gripe aviar si el virus logra adaptarse en el futuro a una transmisión eficiente entre personas.
El estudio, elaborado por el doctorando Mauricio Ulloa (Instituto de Sanidad Animal y Seguridad Alimentaria, IUSA) bajo la dirección del catedrático Antonio Fernández, se apoya en un episodio ocurrido en Chile en el que se detectó la misma variante A(H5N1) en leones marinos y, al menos, en una persona.
Ese dato, remarcan los investigadores, confirma algo clave desde el punto de vista epidemiológico: la gripe aviar es zoonótica, es decir, puede saltar de una especie a otra. Y cuando un patógeno demuestra que puede cruzar la barrera entre animales y humanos, el interés científico y sanitario se dispara. No porque implique automáticamente una pandemia, sino porque abre un escenario de evolución acelerada donde cada nuevo hospedador puede facilitar cambios genéticos que mejoren su adaptación.
El estudio en Science sobre la gripe aviar subraya que cada nuevo contagio en mamíferos aumenta el riesgo de adaptación y refuerza la necesidad de vigilancia “Una Salud”
La ULPGC señala que, aunque no hay evidencia de transmisión sostenida entre humanos, el caso chileno resulta preocupante por otro motivo: sugiere que el virus habría circulado de forma sostenida entre mamíferos marinos gracias a mutaciones que le permitieron adaptarse a esos anfitriones. Dicho de otra manera: la gripe aviar no solo “llega” a mamíferos, sino que podría encontrar en ellos un terreno de ensayo para mejorar su capacidad de replicación y supervivencia.
“Las grandes pandemias no empiezan de repente: se gestan silenciosamente en animales y ecosistemas”, advierten los autores, que piden vigilancia epidemiológica y control en fauna como primera línea de defensa.
En lo clínico, explican, la gripe aviar puede cursar en apariencia como una gripe clásica, con tos, dificultad respiratoria, fiebre, malestar general o dolor de garganta. Sin embargo, la gravedad depende del tipo de virus, del nivel de exposición y de la carga infecciosa. En determinados casos, puede requerir hospitalización e incluso ser letal, especialmente cuando el virus encuentra condiciones favorables para multiplicarse en vías respiratorias profundas o cuando coincide con factores de vulnerabilidad.
El estudio insiste en un principio que gana peso en la gestión sanitaria moderna: el enfoque de “Una Salud” (salud humana, animal y ambiental interconectadas). Bajo esa lógica, la gripe aviar no se controla únicamente desde hospitales y consultas, sino también desde la vigilancia en animales, los sistemas de detección temprana, la bioseguridad en granjas, el seguimiento de fauna silvestre y el análisis de brotes en ecosistemas costeros o rutas migratorias. Para los autores, la veterinaria y la salud pública comparten trinchera: si el salto entre especies se detecta antes, la respuesta llega antes.
El salto de virus de aves a mamíferos no es un fenómeno raro en biología. Lo relevante, subraya la ULPGC, es qué ocurre después: algunas introducciones terminan en brotes limitados que se apagan solos; otras se consolidan con cadenas de transmisión en nuevos hospedadores; y, en el peor escenario, el patógeno adquiere mutaciones que facilitan la infección eficiente de humanos. Por eso, cuando la gripe aviar empieza a infectar a más mamíferos, el sistema internacional de alerta lo interpreta como una señal temprana para la salud pública mundial.
¿Podemos hablar hoy de transmisión entre humanos? La respuesta del equipo es prudente y directa: no hay transmisión sostenida. Sí se han descrito situaciones muy limitadas y excepcionales, pero no un patrón estable. Aun así, la conclusión operativa es clara: el riesgo inmediato para la población general no es el escenario principal; el riesgo real es el riesgo evolutivo. Cada infección adicional en mamíferos ofrece oportunidades al virus para “probar” combinaciones genéticas. Y, en virología, la estadística cuenta: cuantas más veces se replica un virus en un nuevo entorno biológico, más aumenta la probabilidad de cambios relevantes.
Por eso, el estudio propone entender este episodio como lo que es: una advertencia útil. No una catástrofe inevitable, pero sí una ventana de prevención. En este punto, los autores recalcan que la gripe aviar no es “un nuevo COVID” hoy, pero podría convertirse en una amenaza mayor si llega a adaptarse a la transmisión eficiente entre personas. Y esa posibilidad, aunque no sea inminente, justifica reforzar la vigilancia, mejorar la coordinación entre instituciones, y sostener los recursos de detección temprana.
La ULPGC también destaca el valor de que un estudio con participación canaria se haya publicado en una revista del nivel de Science, porque ayuda a trasladar el debate desde el ruido a la evidencia. En un contexto donde las redes sociales tienden a alternar entre el alarmismo y la indiferencia, los investigadores proponen un mensaje intermedio: atención constante, planificación y medidas basadas en datos. Con una idea como síntesis: la gripe aviar es una señal de alerta temprana, no una sentencia.
En la práctica, esto se traduce en mantener la vigilancia intensiva en animales, reforzar protocolos en puntos sensibles, mejorar la comunicación con profesionales sanitarios y favorecer la colaboración ciudadana cuando sea necesaria. El objetivo, concluyen, es simple y ambicioso a la vez: adelantarse. Porque si algo ha enseñado la última década es que prevenir cuesta menos que improvisar.