Durante casi un siglo, los arqueólogos han mirado con desconcierto un paisaje peruano que, visto desde el aire, parece más propio de un rompecabezas prehistórico o de los típicos “misterios sin resolver” que alimentan teorías extravagantes. Se trata de la llamada Banda de Hoyos o Monte Sierpe, una formación que se extiende casi dos kilómetros en el sur de Perú y que contiene más de cinco mil depresiones excavadas en filas tan perfectas que parecen resultado de un diseño industrial. La pregunta ha sido siempre la misma. ¿Qué demonios es esto?
El abanico de teorías era amplio. Desde quienes apuntaban a “astronautas antiguos” hasta quienes sugerían que servían para cultivar, defenderse o recoger agua. Pero un artículo reciente publicado en la revista Antiquity coloca sobre la mesa una explicación mucho más sólida y, sobre todo, más humana. Según los arqueólogos, estos agujeros habrían sido creados por el pueblo Chincha hace unos mil años para facilitar el intercambio de alimentos y mercancías. Más tarde, cuando el Imperio Inca sometió a los Chincha, el mismo lugar pudo convertirse en un sistema de recaudación de tributos.
Arqueólogos hallan pistas vegetales y patrones matemáticos en la estructura
La Banda de Hoyos se encuentra a unos treinta y dos kilómetros de Pisco, en una zona de transición ecológica conocida como chaupiyunga. Allí, entre laderas áridas y caminos prehispánicos, se alinean aproximadamente cinco mil doscientas cavidades de entre noventa centímetros y casi dos metros de ancho. El descubrimiento original lo hizo en 1931 el geólogo Robert Shippee junto al teniente George R. Johnson durante una expedición de fotografía aérea, y dos años después las imágenes publicadas por National Geographic causaron tanto asombro como desconcierto para los arqueólogos.

Para resolver el misterio, los arqueólogos modernos han recurrido a análisis de sedimentos y fotografía aérea de altísima resolución obtenida con drones. La sorpresa llegó cuando identificaron polen de al menos veintisiete plantas distintas, incluyendo maíz, batata y el junco que el pueblo Chincha empleaba para fabricar cestas. La presencia de este polen en el interior de los agujeros sugiere que los materiales fueron llevados allí intencionalmente. No hay viento capaz de transportar semejante variedad de especies de forma tan ordenada durante siglos.
Los arqueólogos creen que los Chincha pudieron revestir los hoyos con materia vegetal y colocar dentro alimentos o productos como parte de un sistema de trueque. El autor principal del estudio, Jacob Bongers, explica que la alineación funcionaría como un gran mercado donde cada fila de hoyos representaba una categoría de bienes. Mostrar públicamente cuántos agujeros estaban llenos de maíz frente a cuántos estaban ocupados con algodón, por ejemplo, habría permitido asegurar intercambios justos entre distintos grupos.
Las imágenes aéreas revelan otro detalle fascinante. La estructura está dividida en más de sesenta secciones separadas por franjas de tierra. Muchas muestran patrones numéricos: filas de ocho hoyos alternadas con filas de siete, formando secuencias repetitivas que sugieren organización deliberada.
¿Un sistema contable inca o un gigantesco geoglifo?
Los arqueólogos notaron similitudes entre la Banda de Hoyos y los quipus, los dispositivos de cuerdas y nudos que los incas utilizaban para llevar registros contables y administrativos. Esta similitud, unida a la posición del sitio entre dos centros administrativos incaicos, refuerza la idea de que el lugar pudo haber sido reciclado por el Imperio Inca como un sistema de recolección de tributos.
Pero no todos los expertos y arqueólogos están convencidos. La arqueóloga Karenleigh Overmann, por ejemplo, destaca que los incas utilizaban habitualmente el sistema decimal. Si la Banda de Hoyos fuera realmente un mecanismo contable, cabría esperar secciones organizadas en múltiplos de diez, cosa que no ocurre. También señala que el quipu hallado cerca tiene ochenta secciones, mientras que la Banda tiene alrededor de sesenta.
Overmann propone una alternativa igual de sugerente. En Perú existe tradición de crear grandes diseños visibles desde lejos, como geoglifos. En esa línea, la Banda de Hoyos podría haber funcionado como un símbolo territorial o ritual que también servía como punto de referencia en un paisaje transitado.
Sin embargo, Bongers y otros arqueólogos plantean que ambas opciones pueden coexistir. Según él, el sitio funcionó como una “tecnología social”, un espacio monumental diseñado para coordinar encuentros entre grupos en una época sin teléfonos, sin mapas detallados y, por supuesto, sin internet. En sus palabras, “un sitio web gigante visible a kilómetros de distancia”.