Más de 300 terremotos en una sola hora: así fue el enjambre más largo que ha tenido el Teide
Diez años de enjambres bajo el Teide y 2026 ha disparado la frecuencia y la energía
Hubo intervalos en los que los sismómetros del Teide en Tenerife registraron más de 300 eventos en una sola hora. Ocurrió durante el enjambre iniciado el 22 de julio bajo Las Cañadas del Teide, que superó los 4.500 eventos y se convirtió en el episodio de este tipo más prolongado observado hasta la fecha en la isla. La mayor parte de esas señales tenía una amplitud tan reducida que apenas resultaban perceptibles en los sismogramas individuales.
Ese episodio no fue un caso aislado. Desde octubre de 2016, cuando la red de vigilancia actual y el IGN detectó el primero, Tenerife encadena una sucesión de enjambres de eventos híbridos que en 2026 ha disparado tanto su frecuencia como su energía. Y ahí está la pregunta que la mayoría de la gente se hace y casi nadie responde bien: cómo saben los científicos qué está ocurriendo ahí abajo si ninguno de esos terremotos llega a sentirse.
La clave está en cómo vibra la tierra en El Teide
La respuesta es que escuchan. Literalmente. Un terremoto volcanotectónico convencional, de los que se producen cuando la roca se fractura, genera vibraciones rápidas y bruscas. Los eventos híbridos incorporan además una señal de baja frecuencia: dicho en términos sencillos, la tierra vibra más despacio. Esa lentitud es la firma que delata la presencia de un fluido implicado en el proceso.
Por eso reciben el nombre de híbridos bajo El Teide: reúnen características de los terremotos volcanotectónicos y de otros eventos de baja frecuencia, más lentos, que se asocian al movimiento de líquidos y gases. En el caso de Tenerife, esos fluidos están relacionados con el sistema hidrotermal de la isla, alimentado por gases y volátiles de origen magmático.
Según explica el director científico de Involcan, Luca D’Auria, el origen de estos eventos está ligado al movimiento de fluidos hidrotermales, principalmente dióxido de carbono, sometidos a altas presiones y temperaturas y obligados a circular por las fracturas del interior de la isla bajo El Teide.
Por qué esto no significa que el Teide vaya a entrar en erupción
El mecanismo completo empieza mucho más abajo de lo que la mayoría imagina. El magma que alimenta el sistema se genera a varias decenas de kilómetros de profundidad. A medida que asciende lentamente, la presión que soporta disminuye y los gases que lleva disueltos empiezan a liberarse en forma de pequeñas burbujas. Esos gases, encabezados por el CO₂, buscan salida por las grietas del edificio volcánico. Cada vez que abren camino en una fractura nueva, el sismómetro lo registra.
La distinción es esencial y los organismos la repiten en cada informe: lo que se detecta no es magma ascendiendo hacia la superficie, sino gas y líquido a alta temperatura moviéndose en profundidad. El IGN ha señalado expresamente que la presencia de eventos de baja frecuencia e híbridos es compatible con la circulación de fluidos en profundidad sin que por sí sola pueda representar una aceleración del proceso. Los eventos se localizan en la zona oeste de Las Cañadas, en torno a los 10 o 15 kilómetros, y ninguno ha sido sentido por la población.
El comité científico del Pevolca para El Teide ha mantenido su posición a lo largo de todo el año: estos episodios no implican un incremento de la probabilidad de una erupción volcánica a corto ni a medio plazo en Tenerife, entendiendo por tal un horizonte de semanas o meses. Lo que sí reconocen los científicos es que la actividad volcánica anómala registrada desde 2016 continúa en aumento, y que este año ha marcado el máximo de la serie.
El propio Involcan subraya que este tipo de fluctuaciones forma parte del comportamiento normal de un sistema volcánico activo en El Teide, en el que se alternan periodos de mayor actividad con otros de relativa calma. Tenerife es hoy uno de los territorios volcánicos mejor monitorizados de Europa, con más de un centenar de estaciones funcionando de forma ininterrumpida. Esa es la razón por la que sabemos que hubo trescientos terremotos en una hora. Hace veinte años no lo habríamos sabido.