«No sabemos si están vivos o muertos»: el descubrimiento de tejidos zombies casi inmortales que preocupan a la ciencia
Hay algún descubrimiento científico que nacen por accidente y acaban poniendo en jaque conceptos tan básicos como la propia definición de «estar vivo». Es exactamente lo que ha ocurrido en la Universidad Memorial de Terranova, en Canadá, donde un equipo de biólogos marinos lleva más de tres años observando un fenómeno que, hasta ahora, no se había documentado nunca de esta manera: fragmentos amputados de un pepino de mar que sobreviven, crecen y muestran actividad biológica sin pertenecer a ningún cuerpo. Los propios investigadores los llaman, cariñosamente, sus «zombis de laboratorio».
El descubrimiento se ha publicado el pasado 27 de mayo en la prestigiosa revista científica Science Advances. La especie protagonista es Psolus fabricii, un pepino de mar que vive en las frías aguas del Atlántico norte y del océano Ártico. La biología marina conoce desde hace décadas la extraordinaria capacidad regenerativa de estos invertebrados (algunas especies pueden partirse por la mitad y regenerar las partes que les faltan), pero el caso que ahora describen los investigadores canadienses va mucho más allá.
Un hallazgo y descubrimiento completamente accidental
La historia tiene origen en un descuido. Cuando la investigadora Sara Jobson intentaba sacar un pepino de mar de su tanque de laboratorio, algunos de los pies ambulacrales del invertebrado (unos pequeños apéndices que utiliza para moverse por el fondo marino) se desprendieron del cuerpo y quedaron pegados al cristal. En condiciones normales, los biólogos habrían esperado que esos trozos se pudrieran en cuestión de días, sobre todo en un entorno no estéril como el de un tanque de laboratorio.

El desprendimiento publicado en un comunicado oficial, no es un fenómeno extraño en sí mismo: forma parte del mecanismo de defensa natural de la especie, similar al modo en que un lagarto pierde la cola para escapar de un depredador. Pero lo que descubrieron Jobson y su equipo es que, contra todo pronóstico, esos pies ambulacrales no se pudrieron. Permanecieron pegados al cristal. Y al cabo de unos días, semanas y meses… seguían ahí.
«Nos dimos cuenta de que los pies ambulacrales seguían ahí después de un par de días, luego semanas, e incluso meses, y seguían adheridos», explica Sara Jobson, coautora del estudio.
El equipo decidió entonces convertir el accidente en experimento. Amputaron deliberadamente los pies ambulacrales de tres pepinos de mar adicionales y los mantuvieron en un tanque con agua marina en circulación. El resultado ha sido extraordinario: el tejido amputado lleva más de tres años sobreviviendo, y durante todo ese tiempo ha mostrado:
- Actividad inmunitaria propia del organismo vivo.
- División y diversificación celular compatibles con un tejido funcional.
- Reorganización tisular, es decir, capacidad de remodelarse internamente.
- Capacidad de obtener nutrientes absorbiendo aminoácidos disueltos en el agua, sin necesidad de boca, intestino o sistema digestivo de ningún tipo.
Lo más llamativo es lo que NO ocurre: ni un solo signo de degradación. «No hemos observado ningún indicio de que se estén degradando o muriendo», subraya Jobson. Los trozos no se reproducen ni tienen estructuras como boca o intestino, pero son fragmentos biológicamente complejos extraídos de animales que, potencialmente, podrían perdurar indefinidamente.
¿Es esto la «inmortalidad»? Los expertos piden cautela
La gran pregunta que abre el descubrimiento, más allá de su valor biológico, es filosófica. ¿Se les puede considerar vivos a estos tejidos? ¿O ya están muertos? Noé Wambreuse, biólogo marino de la Universidad de Southampton ajeno al estudio, lo ha resumido para CNN: «la regeneración en sí no es algo nuevo en estos animales, pero lo que demuestra este estudio (algo que podría describirse como ‘inmortalidad tisular’) es completamente novedoso».
Otros expertos del descubrimiento piden cautela con el término. El biólogo molecular Alejandro Sánchez Alvarado, presidente del Instituto Stowers de Investigación Médica, ha advertido a Scientific American que para hablar de auténtica inmortalidad sería necesario analizar las secuencias de ADN llamadas telómeros, los extremos de los cromosomas que se acortan cada vez que una célula se divide. Si los telómeros de estos tejidos no se acortan o se reparan continuamente, el término «inmortal» podría ser literal. Si no, sería solo una metáfora muy expresiva.
Aplicaciones futuras: líneas celulares y medicina regenerativa
Más allá del impacto del descubrimiento filosófico, el hallazgo podría tener aplicaciones científicas concretas. Los investigadores trabajan ya con líneas celulares inmortales (cultivos celulares que se dividen indefinidamente en laboratorio) como herramientas básicas para investigaciones biomédicas. Si los tejidos de Psolus fabricii mantienen esa estabilidad a largo plazo en condiciones naturales (no en cámaras estériles altamente controladas), podrían convertirse en una nueva familia de líneas celulares más accesibles, baratas y fáciles de manejar.
«El océano alberga innovaciones biológicas profundamente inesperadas»
El descubrimiento se enmarca en una serie de hallazgos recientes que están redefiniendo lo que la biología marina sabe sobre la vida en los abismos. Andrea Bodnar, bióloga marina y directora científica del Instituto de Genómica Marina de Gloucester, lo resume sin rodeos: «este descubrimiento pone de relieve que el océano alberga innovaciones biológicas profundamente inesperadas». La frontera entre estar vivo y estar muerto, al parecer, es más difusa de lo que la ciencia creía. Y para resolverla, los próximos años pasarán seguramente por seguir estudiando a un humilde pepino de mar capaz de desafiar las definiciones más básicas de la biología de este descubrimiento.