Andrés, Domingo, Moussa, Luz, Carmen… Cinco ejemplos del drama que sufren los usuarios del comedor social de El Fraile, único en el Sur, cerrado esta semana por su inviabilidad económica.

Pasaban unos minutos de la una de la tarde del pasado miércoles cuando Solange, entre lágrimas, echaba el candado y cerraba el comedor social y centro de pernoctación de emergencia La Buena Estrella, en El Fraile. A la directora del centro le acompañaron hasta el último minuto Beatriz, una de las voluntarias, y cuatro usuarios. A todos les pudo la emoción en ese momento. Los problemas económicos, agravados por la burocracia de las administraciones públicas y la retirada de una subvención de 40.000 euros para este año del anterior Gobierno de Canarias, han dado la estocada definitiva a un proyecto pionero en el sur de Tenerife que nació hace cinco años y que daba de comer tres veces al día a 45 personas sin recursos económicos y ofrecía un techo bajo el que dormir a 25 usuarios.

Dentro del local, ahora vacío, quedan historias como la de Andrés, de 65 años, que, tras ser desahuciado en Arona al no poder hacer frente al pago del alquiler, se vio en la calle de la noche a la mañana. “No tenía adonde ir y me derivaron aquí, donde descubrí a Solange, que es como un ángel para todos. Aquí he conocido a mi nueva familia”. Andrés acabó contratado como trabajador del comedor y era el encargado de que todo funcionara como un reloj, desde la distribución de comida hasta el cumplimiento de las normas entre los usuarios.

ángel de la guarda

O historias como la de Domingo, al que un día se le apareció un ángel de la guarda mientras dormía entre cartones en un banco de la estación de guaguas de Los Cristianos. Yaiza paró su taxi y le tendió su mano. Durante meses le compró ropa, alimentos y productos de higiene. En diciembre pasado prometió que si Domingo no encontraba un techo en Navidades se lo llevaba a casa. Ese techo dejó de ser el cielo estrellado de cada noche cuando las puertas del comedor social se le abrieron de par en par gracias a Yaiza. DIARIO DE AVISOS fue testigo del abrazo interminable entre ambos a las puertas del comedor. “Ya se acabó todo, Domingo, ya se acabó todo”, le susurraba ella al oído entre sollozos, mientras él no atinaba a hablar y solo la miraba con una expresión de la incredulidad y gratitud.

O relatos como los de Moussa, un senegalés que ha superado los 50 años, al que un glaucoma le ha dejado prácticamente sin vista. Fue colaborador de la Cruz Roja en la atención a los inmigrantes que llegaban en cayuco al Sur, una labor que le llegó a agradecer personalmente la reina Sofía estrechándole la mano durante un acto de la organización humanitaria en la capital grancanaria. “Estuve dos días sin lavarme las manos, qué buen perfume usaba”, recuerda, sonriente, este usuario del comedor, que habla tres idiomas y siete dialectos africanos. “Entre estas paredes he encontrado un trato maravilloso y estoy obligado a devolverles el respeto y el cariño que me han dado, pero no sé cómo hacerlo”, confesaba a este periódico, antes de desvelarnos la máxima que aplica en su día a día: “En la vida, hermano, no hay que bajar los brazos”.

O experiencias como la de Luz, una gallega de 54 años, madre de cinco hijos, que representa la viva imagen del coraje por salir adelante contra viento y marea. Dormía en plazas, cajeros automáticos y al raso en las calas de El Fraile hasta que logró guarecerse en un local de la Costa del Silencio. “Siempre digo, tú puedes, no mires para atrás, y que no te importe lo que diga la gente”. En el comedor de El Fraile descubrió hace más de dos años la alegría de vivir. “Aquí he encontrado amor, felicidad, ánimo y la compañía de todos”, afirma. “Este sitio es una bendición de Dios”.

O vivencias como las de Carmen, de 53 años, que llegó de Cuba con su marido, de nacionalidad española, a principios de año. Allá se quedaron sus dos hijos y tres nietos. Ambos buscan trabajo. “Nos hablaron de este lugar en El Fraile, que es maravilloso por la forma en la que tratan a las personas necesitadas. Ojalá en Cuba tuviéramos un lugar así y que existieran muchos más lugares como este. Nos dan todo el amor que necesitamos y nos sentimos como en casa. Nos regalan todo lo que pueden y más. En nuestro caso, somos diabéticos y aquí se preocupan de darnos una dieta apropiada para nuestra salud”.

También quedarán entre las paredes del número 3 de la calle Miguel Calcerrada las visitas sorpresas en la Nochebuena de Papá Noel cargado de regalos para una decena de niños. Su irrupción emocionaba a grandes y pequeños, sobre todo a los más menudos, que no se atrevían ni a pestañear viendo cómo el gordinflón bonachón vestido de rojo abría su saco y empezaba a repartir regalos con los nombres de sus destinatarios. El pasado 5 de abril, cuando el retraso en la tramitación de las ayudas de las administraciones públicas atosigaban al comedor y se encendían todas las alarmas, los usuarios empapelaron la fachada con cartulinas con mensajes como “Ayuda, no queremos ir a la calle” y “Esta es nuestra casa”, y salieron a la calle, frente a su hogar, para leer un manifiesto al que le puso voz Antonio: “Todos tenemos nuestras propias situaciones y nuestras historias. Gracias a este centro nos alimentamos sin pagar un céntimo y dormimos en condiciones óptimas. En este lugar se respira tranquilidad, afecto y dedicación por parte de quienes trabajan y colaboran. Aquí nos ayudan a todos, sin importar la raza, el color, la nacionalidad o la preferencia sexual”.

Un aplauso ponía entonces fin a la concentración, aunque antes de que retornaran al comedor, donde les esperaba el menú preparado por Alexis y Charly a base de potaje, costillas con arroz, pescado con papas, fruta y yogures, otro usuario dirigió su mirada a los periodistas y lanzó un último grito de socorro: “Ayúdennos, por favor, dennos la oportunidad de seguir siendo personas”.

Andrés, Domingo, Moussa, Luz y Carmen son solo cinco ejemplos de personas a las que un día la suerte les dio la espalda y se aferraron como un clavo ardiendo a la segunda oportunidad que les tendió la vida en forma de hogar en el que compartían recuerdos, penas y sueños. Ahora, todo se ha derrumbado otra vez. “Nos lo han quitado todo”, aseguran. La calle les ha vuelto a alistar.

JUAN CARLOS MATEU