British troops landing near Algiers, during Operation Torch, November 1942. Operation Torch was the British-American invasion of Vichy-held French North Africa. (Photo by Keystone/Hulton Archive/Getty Images)

Hace setenta y siete años atrás, tropas de EEUU y el Reino Unido desembarcaron en las playas de Marruecos y Argelia en la hoy aún se considera la primera gran operación mediterránea de la Segunda Guerra Mundial. Ese desembarco tenía inicialmente dos escenarios: Canarias y lo que hoy es Villa Cisneros, pero Londres consideró que el armamento que tenía Canarias para defenderse en caso de querer Alemania atacar a las islas era patético. La carrera por suministrar nuevas piezas de artillería con la que defender una posición aliada en la islas acabaría en pérdidas de valiosos recursos por el contro que Alemania hacía de las islas desde el mar.

La preocupación de Churchill por la conquista de Canarias fue menor en estos años de lo que había sido en 1941, especialmente después de que fuera realizada la operación Torch, «sin que Franco bombardease Gibraltar ni permitiese la entrada de tropas alemanas en la península Ibérica», apunta Juan Jose Díaz Benítez, profesor de Historia Contemporánea de la la ULPGC. «Esta desvalorización de las islas para el primer ministro británico se debe a diferentes factores, entre los que cabe incluir la creencia de que cada vez eran más reducidas las posibilidades de que Franco entrase en la guerra, sobre todo a partir de finales de 1942, cuando el curso de ésta ya había virado a favor de los Aliados».

Conocida como «Operación Torch», arrancó la madrugada del 8 de noviembre de 1942 y, en apenas dos días, acabó con la resistencia del Gobierno francés de Vichy en el norte de África y concedió a los Aliados el control de las playas que se extienden desde Casablanca a Argel. La tesis inicial era Canarias y Sahara español. «Fue el primer gran examen para la gran Alianza», recuerda el coronel retirado e historiador del Ejército estadounidense, Peter R. Mansoor. «El objetivo era eliminar la presencia de las Fuerzas del Eje y colocar a los Aliados sobre la pista del general Erwin Rommel» y el Afrikacorps, explica.

«El presidente Franklin D. Roosevelt quería, asimismo, que para final de año las fuerzas de EEUU se implicaran más en la guerra con el Eje en Europa y frenar así la presión pública en favor de enviar más poder contra los japoneses en el Pacífico», precisa Mansoor. Para Díaz Benítez, «además, la beligerancia de España ya no se encontraba entre sus principales preocupaciones, como los desastres sufridos en el sureste asiático a manos de Japón, la ofensiva del Eje en el norte de África, la preparación de los desembarcos angloamericanos allí o la demanda soviética de apertura de un segundo frente. A pesar de que la planificación con respecto al archipiélago continuó hasta la rendición italiana, su valor sólo había sido importante cuando se creyó que Gibraltar estaba amenazada».

La guerra atravesaba un momento crucial, las aliados empujaban en diferentes direcciones, y ni siquiera el alto mando militar estadounidense compartía la visión de su mandatario. Rusia presionaba para que Washington se decantara ya por un gran desembarco en Europa, sobre el tablero estaba lista la «Operación Sledgehammer», defendida por importantes generales estadounidenses, y solo Londres se oponía con firmeza a una acción que creía aún precipitada.

Winston Churchill insistía en la necesidad estratégica de frenar antes el avance en el Mediterráneo sur de Rommel, que había logrado cruzar la frontera libia y estacionar sus tropas en la ciudad egipcia de Marsa Matruh, a escasos 300 kilómetros de Alejandría.

Al desembarco en el norte de África se oponían, sin embargo, dos grandes generales norteamericanos, a los que Roosvelt hubo de convocar a la Casa Blanca para, por primera vez, imponerles órdenes directas: Ernest King y George Marshall.

«Preferían concentrar tropas en el Reino Unido y lanzar la Operación Roundup, que consistía en invadir la Francia bajo control nazi, en el verano de 1943», explica Mansoor. «La operación Torch» comenzó a cobrar forma en el verano de 1942 en la base aliada establecida en Gibraltar y bajo la dirección del general Dwight D. Eisenhower.

Se estableció que serían tres puntos de desembarco, con 125.000 soldados británicos y estadounidenses, aunque bajo la bandera de EEUU para enviar así un fuerte mensaje al Gobierno del general Philippe Petain en Vichy. Argel y Orán fueron los dos puntos primeramente elegidos. Más dudas generó el tercero.

Una parte del Mando Conjunto proponía que ese desembarco se hiciera en la ciudad argelina de Annaba, próxima a la frontera con Túnez, ya que aunque resultara más arriesgado abriría la puerta hacia Libia.

Sin embargo, las dudas sobre el comportamiento de los defensas francesas en Túnez y la cercanía de las bases italiana en Cerdeña y Sicilia, descartaron que se hiciera en la ciudad en la que vivió San Agustín. La opción fue Casablanca, donde había más opciones de deserción francesa y que aseguraba una opción remota pero tenida muy en cuenta por los aliados: que la invasión del norte de África sacara a España y el general Franco de su interesada neutralidad.

«La intransigencia británica y la sabiduría de Roosevelt al ordenar la invasión salvaron a los Aliados de lo que sin duda habría sido una desastrosa derrota en Francia en 1943», afirma Mansoor. «La invasión aseguró el norte de África, abrió las líneas de navegación en el Mediterráneo y puso las bases para la ejecución de operaciones futuras que permitirían noquear a Italia», resume.

Fue, asimismo, la puntilla para el Gobierno de Vichy y la oportunidad dorada para que EEUU pusiera en práctica el que sería su primer gran asalto aéreo fuera de su territorio nacional. La madrugada del 8 de octubre, 18.500 soldados bajo el mando del general Lloyd Fredendall cayeron sobre Orán mientras la Infantería Paracaidista tomaba las bases aéreas de Trafaoui y La Senia.

Casi al mismo tiempo, 400 voluntarios de la resistencia francesa en Argel -en su mayoría judíos- se levantaron contra el general Alphonse Juin, que entregó la capital sin apenas resistencia. Churchill tomó, entonces, una decisión controvertida pero igualmente crucial. En vez de entregar el mando francés al general cercano a Charles de Gaulle, se lo concedió al almirante Francoise Darlan, jefe de las tropas de Petain en el norte de África, que las puso al servicio de los Aliados.

Enfurecido, Adolf Hitler ordenó la invasión de la Francia de Vichy y el envío de refuerzos a Túnez. Sin embargo, ya parecía muy tarde. «Torch» había sentenciado a Rommel y facilitaría, poco después, el ansiado desembarco estadounidense en Europa.

¿Se hicieron esas operaciones, que vulneraban el estatus de neutralidad de España, a espaldas del régimen de Franco? Díaz Benítez cree la complicidad de la dictadura franquista con la actividad de los submarinos nazis en Canarias la extrae este historiador de otros dos hechos: en julio de 1941 un buque de la Armada española, el «Contramaestre Casado», transportó ocho torpedos para los buques alemanes en Las Palmas, y las autoridades locales ayudaron a sacar del país a la tripulación del submarino U-167, hundido por su comandante a solo cinco kilómetros de Maspalomas el 6 de abril de 1943, tras haber sufrido un ataque de aviones británicos.