‘El año de la máscara’, una biografía de 2020

Portada del libro "El año de la máscara: biografía de 2020", por Carmelo Rivero. SUJA

DIARIO DE AVISOS lanza de forma totalmente gratuita un libro de Carmelo Rivero, sobre la travesía de la pandemia, en el 130º aniversario del Decano de la prensa de Canarias. El libro, con portada obra de Jesús Rodríguez, abarca en 26 capítulos la lucha por la supervivencia en el año de la enfermedad de mundo. La obra puede ser descargada en formato PDF solo en la web del DIARIO.

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Lo que el año pone sobre la mesa para mañana es un profundo problema de comunicación. De incomunicación. Es del virus de la comunicación de lo que se tratará a partir de ahora. Venir de donde venimos predispone a pensar que la génesis del coronavirus de 2020 estaba latente en el subconsciente de esta era, como una amenaza, una distorsión en mitad del flujo de las relaciones humanas. Porque veníamos de asaltar caminos desconocidos de la comunicación interpersonal. Habíamos sorteado todas las barreras imaginables e inimaginables, refundando modos y maneras de hablar, de negociar, de amar. El diálogo, las concertaciones a gran escala y hasta el sexo se habían empoderado en el ámbito virtual de un modo alternativo. Y paulatinamente habíamos creado espacios en blanco, territorios discontinuos, falta de comunicación personal. Ya no necesitábamos estar cerca de los otros, porque teníamos a nuestro alcance herramientas de comunicación móvil muy potentes. El ser humano se ‘ciberalizó’ y comenzó a prescindir de pequeños contactos cuando dejaron de ser necesarios. La manera de consumir también se reinventó dando lugar al boom de las compras online. El teletrabajo empezó a dar grandes zancadas abriéndose paso, a falta de una causa mayor que lo impusiera como medio más afín al nuevo modelo de sociedad y más productivo a la postre. Nos habíamos encerrado en pequeños nichos, seguros de nosotros mismos, conscientes y orgullosos del inmenso poder comunicacional del que éramos capaces y dueños con pequeños instrumentos electrónicos en una reducida superficie de trabajo en nuestra propia casa o en las áreas de ‘coworking’. De manera que cuando el virus irrumpió en nuestras vidas con todo su potencial de contagiosidad, no hicimos sino consolidar los movimientos incipientes que ya habíamos dado: teletrabajamos de la noche a la mañana como vehículo esencial de producción; desistimos de mantener encuentros presenciales e idealizamos la videoconferencia al generalizar su uso en las reuniones de trabajo y consejos políticos y empresariales.

Comprendimos que estábamos en condiciones de seguir funcionando sin el vis a vis convencional. Antes nos habríamos burlado de nosotros mismos, como decía Flaubert que se sentía de la mirada imaginaria de los demás hacia su enclaustramiento, sus manías y tics de ermitaño: “A veces tengo grandes hastíos, grandes vacíos, dudas que se ríen en mi cara, en medio de mis satisfacciones más ingenuas. Pues bien: no cambiaré todo eso por nada, pues me parece, en conciencia, que cumplo con mi deber, que obedezco a una fatalidad superior, que hago el Bien, que estoy en los Justo”. Así nos veo a todos. Y nos pusimos virtualmente manos a la obra. Las calles empezaron a vaciarse, las carreteras experimentaron una reducción drástica de tráfico. Las sedes de las empresas se convirtieron en grandes recintos desocupados con un mínimo de efectivos presenciales. Este fenómeno lo vivimos en las redacciones de los periódicos sin necesidad de transición alguna. En DIARIO DE AVISOS ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. El editor, Lucas Fernández, nos lo propuso un día, al inicio del confinamiento, y lo aplicamos 24 horas después hasta hoy. Sobraba espacio en todas partes. Todo el escenario que antes ocupaba la masa laboral de las grandes empresas empezó a parecer mayor porque estaba vacío. La sociedad se recluyó detrás de las paredes de cada hogar, erigido en modernos compartimentos estancos, a modo de innovadoras fortificaciones frente al virus y contra una parada económica global que resultaba suicida como enseguida se vio. A decir verdad, el mundo siguió funcionando tras un momento de shock y desconcierto. No todas las grandes empresas podían funcionar a distancia, como las esencialmente presenciales, la construcción, el comercio, la hostelería y los servicios. Pero todo el ámbito administrativo, docente e industrial en amplios subsectores del conocimiento y la innovación eran viables sin la presencia física de los trabajadores. Esta confirmación genera ahora un trasunto de imprevisibles consecuencias. Nos hemos acostumbrado a vivir exitosamente sin necesidad de comunicarnos de manera presencial. Es decir, hemos hecho mutis por el foro. Y la función ha continuado en una suerte de hologramas como los del mago Eisenheim de El Ilusionista. ¿Y ahora qué? Cuando el virus se marchite, remita, lo aplastemos o se evada temporalmente como las gripes ordinarias, ¿volveremos a las andadas?, ¿a poblar las oficinas y factorías como en la economía previral? ¿O daremos ese salto en el vacío para siempre y no restituiremos el viejo orden presencial por el que se rigió la economía antes de 2020?

Queda, a su vez, en el aire (donde este libro más claro ha tenido las cosas con ayuda del observador ubicuo que nos ha servido de guía en su globo) ese intrínseco problema que nos interroga desde el primer estado de alarma: la incomunicación y la soledad en sentido no físico, sino metafísico. Sin el abrazo, la mano, el beso, el contacto; sin la visita, la conversación in situ, la comparecencia, estaremos en otra escala de las relaciones humanas futuras (y no tan futuras). Si a ello se suma la asumida incorporación progresiva de la mano de obra mecanizada, el robot, sabremos que nos referimos a algo que va más allá de un atajo. No es soslayar la comunicación física solamente por razones de seguridad, ante el pánico de contraer una enfermedad mortal por el intercambio de microgotas salivares cargadas de virus y bacterias en el curso de una mera conversación presencial. Es probable que de este motivo pasemos a otros no vinculados exactamente a la causa original, pero que no nos escandalizarán menos con la mentalidad que aún nos resta del mundo convencional del que procedemos hasta hace tan solo un año. Evitar el contacto humano por criterios de eficiencia y tiempo constituye una poderosa razón. Eludir, primero ocasionalmente, y por último de manera sistemática la convocatoria de reuniones de trabajo, de encuentros de estadistas o de simples entrevistas de selección de personal por un principio de operatividad, de organización y de ahorro no dista de convenir con el mismo principio abocado a consagrar la incomunicación, no por defecto, sino por eficiencia. Y, en general, suprimir contactos interpersonales en la práctica cotidiana de un modelo de funcionamiento social no tan futurible como inminente radicaría en la idea ventajosa de superar problemas de carácter urbanístico, de fluidez del transporte y el tráfico rodado y, a su vez, de tipo medioambiental: la incomunicación presencial contribuye a sanear las ciudades, a reducir la contaminación a combatir el cambio climático. Se verá como un avance eficaz. Pero la civilización se autoaislará.

La pandemia abundó en las desigualdades. Amplias capas de la sociedad establecida, sectores de la llamada clase media, cayeron en barrena y engrosaron las colas del hambre. El mundo se desnudó. Y hubo protestas, malestar social, un caldo de cultivo para futuras movilizaciones y desencuentros de los sectores más golpeados por las crisis sanitaria y económica. La hostelería se refugiaba en la permisividad de los ayuntamientos para improvisar terrazas en mitad de espacios públicos, plazas y autovías, donde colocar mesas y sillas cercadas por vallas cuando la autoridad dictaba restricciones de comedores y barras. El comercio ideó mecanismos de autocontrol para evitar aglomeraciones en las plantas de las grandes superficies y el colapso de los parkings. No era exactamente un pulso de la picaresca frente al rigor de las leyes, sino un fenómeno de supervivencia para evitar cierres, despidos y caos.

Y hubo un margen cada vez más ancho de solidaridad. Las ONG batieron récords de recogida de alimentos. Un telemaratón con años de experiencia como el de la cadena local Mírame TV en Tenerife logró recoger en pocas horas artículos de primera necesidad para 32.000 personas, en alianza con el Banco de Alimentos. El reparto de comida se hizo habitual y organizado en barrios y núcleos de población, con columnas de demandantes que serpenteaban las calles en una práctica asistencial decisiva en mitad de la hecatombe provocado por el patógeno. La solidaridad se transformó en un yacimiento de economía alternativa. El llamado tercer sector adquirió una importancia neurálgica. Porque contrarrestó con su eficaz labor el riesgo del que nos ha alertado hace tiempo Adela Cortina: la aporofobia (fobia a las personas desfavorecidas).

Un laboratorio de trifulcas
En este marco se hacían visibles los acuerdos frente al desacuerdo que transpiraba la política. España y Europa fueron escenarios de esos vientos favorables y desfavorables. Había discrepancias bizantinas de régimen interno que podían llegar a resultar bochornosas. Enfrentamientos de poca monta en los hemiciclos de distintos países por el postureo de las opiniones encontradas. España fue un laboratorio de esa clase de trifulcas y hasta que no transcurra un tiempo no sabremos exactamente dónde ha recaído el éxito y el fracaso de los distintos partidos políticos en esta crisis. En esencia resultaba incontrovertible un hecho: uno de los gobiernos de coalición más izquierdistas del continente (PSOE-Podemos) sacaba adelante los Presupuestos de 2021 con recetas opuestas a las de la derecha española (PP) en los años de la Gran Recesión. Ahora aumentaban el gasto social y protegían tanto derechos fundamentales como empresariales y laborales sin recurrir a la asfixia fiscal y la austeridad de la inversión. En una comunidad autónoma como Canarias, también una coalición de progreso presidida por un socialista, Ángel Víctor Torres, alcanzaba el mismo objetivo con una fórmula similar. Un destacado dirigente empresarial exclamó tras conocer las cuentas elaboradas por el vicepresidente Román Rodríguez (Nueva Canarias): “Parece un presupuesto mágico” (José Carlos Francisco, presidente de la CEOE-Tenerife).

Entre la pobreza, el hundimiento del PIB provocado por la pandemia, el turismo cero y el miedo colectivo de todos los sectores y ámbitos de la sociedad, emergía, a última hora, el acuerdo entre Bruselas y Reino Unido sobre el brexit. Se cerró a las 14.44 del día de Nochebuena, y tanto Ursula von der Leyen como Boris Johnson celebraron el humo blanco como un hito histórico al borde del colapso de las relaciones anglo-europeas: en virtud del pacto, las dos orillas, una vez consumada el 31 de diciembre la desconexión de los británicos del Viejo Mundo, mantendrán abierta su relación comercial a ambos márgenes del Canal de la Mancha, y los mercados conservarán una fluidez recíproca pese a que los ingleses abandonen definitivamente el mercado interior y la unión aduanera. Ocurrió antes de que sonara la campana y fue en 2020, el año perdido que a última hora bregaba para salvar lo esencial del Titanic que se hundía. Y ese hilo de esperanza no era otro que el de la cooperación y los vasos comunicantes. Aún a pesar del grado de incomunicación resultante de los avatares de 2020.

No dio tregua el virus hasta el último instante, en que se superó a sí mismo, con un repunte vertiginoso en Reino Unido y Sudáfrica, con ramificaciones en Dinamarca, Italia, Países Bajos o Australia. Fue una suerte de respuesta rabiosa del patógeno ante la llegada eufórica de la vacuna y las primeras inoculaciones generalizadas, que amenazaban su jerarquía. Las nuevas cepas de las mutaciones hacían más contagioso al virus; sus famosas proteínas espiculares, los pinchos de las mazas con que se representa, resultaban potencialmente más peligrosas en su capacidad de engancharse a las células que infectan. ¿Eran los estertores del coronavirus o su reaparición? Los vacunólogos confiaban en que no afectara a la eficacia de los antídotos, pero los fabricantes no tardaron en empezar a experimentar posibles mejoras en su diseño para hacer frente a esta nueva invasión colérica del bicho.

¿Eran culpables las poblaciones de la propagación de la epidemia por sus incumplimientos o, junto a ello, debían los gobiernos revisar sus estrategias, métodos de rastreo y de actuación policial como si de una ofensiva antiterrorista se tratara? El debate de la culpabilización de los ciudadanos planteó distintas alternativas, pero al término del año cobraba cuerpo la necesidad de intensificar los operativos de lucha contra el virus, más allá de las mascarillas, higiene y distanciamiento. Era un ejército ingente de lobos solitarios. Y las fuerzas y medios para combatirlo debían ser reforzados, a la altura de las condiciones que alcanzaba esa confrontación (una sola partícula viral de SARS-CoV-2 era capaz de hacer hasta 100.000 copias de sí misma en apenas 24 horas). Cada vez que un enfermo centenario superaba el coronavirus, como Elena (104 años), dada de alta en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid, o Petronila (108 años), saliendo entre aplausos de un hospital de campaña de Lima (Perú), dábamos un corte de mangas a la pandemia.

Un país ejemplar como Alemania, desbordado por cifras descomunales de contagios y muertes (estas, casi un millar diario) obligaron a toda Europa a replantearse los métodos de combate. La imagen de Londres sin un alma (la arteria comercial Regent Street cerrada y desierta) quedaba grabada en los días finales de diciembre como la estampa del mundo al límite del tiempo de vida del año, justo al final de un repliegue defensivo (el confinamiento) y el comienzo de una suerte de contraataque con la vacunación general.

Mirábamos al cielo buscando instintivamente una solución mágica, divina, providencial, en vísperas de la Nochebuena, y se produjo el resplandor de la estrella de Belén, debida a la conjunción de Júpiter y Saturno después de 800 años. Pero ni en un globo imaginario cabía esperar remedios en el aire. Estábamos en el umbral de la vacuna. Continuaba el pulso aquí abajo entre la ciencia y la enfermedad del mundo. Era una lucha ciclópea. Y de ella saldrán los valores que dominen nuestras conductas futuras: el coraje frente al miedo, la verdad de la ciencia frente a los bulos del negacionismo, y las bondades del sentido común, de la inteligencia y del progreso frente a la sinrazón, la ignorancia y el populismo retrógrado que hipnotiza y embrutece a nuevas mutaciones del fanatismo social y político.

Cuando el presidente canario anunció a las puertas del inicio de la vacunación, a cuatro días de despedir el año, que en junio el 70% de los habitantes de las Islas estarían protegidos, supimos que esa era la fecha de la anhelada inmunidad de rebaño. Tenerife era la isla más castigada por el virus: se despidió del año con las mayores restricciones, adelantó el toque de queda a las diez de la noche y desplegó a las fuerzas del orden para sancionar las infracciones. El virus no descansaba de día ni de noche. La plaga retaba a los medios humanos como a las puertas de su batalla final con la vacuna, cuerpo a cuerpo, a cara de perro.

Cuando esto acabe no deberíamos perder lo más valioso que hemos aprendido: luchar juntos desde todos los rincones del planeta contra un enemigo que parecía imbatible. Este mismo espíritu nos permitirá doblegar la curva del cambio climático. La ONU pidió este año 2020 declarar la emergencia climática para no superar los 3ºC en este siglo. Si bajamos la guardia y dejamos que el calentamiento vengue al virus, no tendremos perdón de Dios después de haberle visto las orejas al lobo, huérfanos de dioses.