Los gases de efecto invernadero no descendieron con el confinamiento

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Omaira García junto a un espectrómetro de Infrarrojo de Transformada de Fourier (FTIR) instalado en el Observatorio Atmosférico de Izaña. AEMET

El Centro de Investigación Atmosférica de Izaña (CIAI), dependiente de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), ha finalizado el proyecto de investigación INMENSE, el cual estudia los efectos del metano (CH4) y el óxido nitroso (N2O) en el proceso de calentamiento global del planeta. Este estudio de más de tres años contó con la colaboración del Instituto de Tecnología de Karlsruhe (KIT), de Alemania, y el Instituto Tecnológico y de Energías Renovables (ITER), en Tenerife, al emplear el superordenador Teide para realizar las inversiones globales de CH4 y N2O.

La investigadora principal del CIAI Omaira García valoró en declaraciones a este periódico el trabajo de investigación internacional realizado para monitorizar la distribución de estos gases de larga permanencia en la atmósfera, causantes del efecto invernadero, y cuya concentración durante muchas décadas ha supuesto el calentamiento global. “Lamentablemente en el caso de los gases de efecto invernadero, no hemos detectado ningún efecto en la concentraciones de estos gases en la atmósfera” en los meses que descendió o se detuvo prácticamente el transporte y la actividad industrial y económica debido a la pandemia del coronavirus, según declaró a DIARIO DE AVISOS. Por tanto, hay que reflexionar acerca de las emisiones de los gases de efecto invernadero. “Ni parando tres meses se ha notado absolutamente nada, con lo cual el esfuerzo que debemos hacer para controlar estas emisiones de metano y de óxido nitroso debe ser a más largo plazo”.

El proyecto de investigación INMENSE tiene como principal objetivo analizar el potencial de un sensor remoto llamado IASI, que está a bordo de los satélites meteorológicos Metop de Eumetsat para derivar concentraciones a escala global del CH4 y el N20, que son los principales compuestos que producen el efecto invernadero, después del dióxido de carbono (CO2). “Lo fundamental es disponer de medidas de alta calidad, precisamente desde los satélites que tienen una cobertura global, para poder determinar e identificar sus fuentes/sumideros, su transporte en la atmósfera, predecir su evolución, etc.”, señaló.

Una vez finalizado el proyecto, Omaira García destacó entre los resultados obtenidos, “el desarrollo de la metodología de estudio para derivar las observaciones de metano y óxido nitroso, con lo cual conseguimos mapas globales desde 2007 hasta 2020 de sus concentraciones en la atmósfera. Estas medidas desde el espacio han sido validadas con otras que se han tomado en tierra, mostrando una alta calidad”. A nivel de Canarias, “sin ser emisores de estos gases, llegan a nuestra latitud debido al transporte y circulación normal de estas sustancias en la atmósfera. Estos son gases de larga permanencia, por lo que están muy mezclados en la atmósfera y no están tan asociados a movimientos locales y regionales (por ejemplo, las borrascas procedentes del oeste que traen aire limpio o, al contrario, el polvo en suspensión que viene de África). Estos son gases que están siempre en la atmósfera, tardarán muchísimo tiempo en ser eliminados, tienen valores bastante homogéneos a lo largo de la atmósfera, y nuestro interés es ver la distribución latitudinal y longitudinal de estas concentraciones en el planeta”.

Concentraciones de metano troposférico (rojo más altas) mapeadas por el proyecto Inmense en agosto de 2017. DA

Estudiar los valores que detecta el satélite “permite trabajar y tener en primer lugar una visión global del planeta. Además, son series largas y continuas en el tiempo (2007 a 2020), con lo cual vemos su evolución y nos permite detectar cambios en las fuentes de emisión. Es importante observar la actividad en varias zonas del planeta y analizar con cierto detalle fuentes a nivel más regional”. Por ejemplo, en la península la Aemet está realizando el análisis de la evolución del metano y el óxido nitroso en Madrid y su entorno, detectando los focos y las fuentes de gases que se emiten en una megaciudad.

Localizado a 2.400 metros sobre el nivel del mar, el Observatorio de Izaña forma parte desde 1984 del programa de Vigilancia Atmosférica Global de la Organización Meteorológica Mundial para la detección y monitorización del cambio climático, lo que le permite disponer de series de concentraciones atmosféricas de gases de efecto invernadero, gases reactivos, ozono, aerosoles y otros componentes desde hace varias décadas, unas mediciones imprescindibles para el estudio del cambio climático. Omaira García se siente orgullosa de su trabajo y afirmó que “somos unos privilegiados por tener un centro de este nivel y por su estratégica ubicación. El Observatorio de Izaña es un centro clave no solo en las observaciones meteorológicas sino en la monitorización exhaustiva de la atmósfera, nos avalan cien años de historia, y programas de medidas bastante completas. Nuestra estratégica localización nos permite abordar este tipo de estudios, y ver la evolución de los impactos de diferentes emisiones y la detección y monitorización del cambio climático”.

Cuestionada por si la disminución durante estos tres meses de confinamiento de las emisiones emitidas por la actividad industrial y el transporte tuvieron efecto en los datos de fondo de nuestra atmósfera, la investigadora palmera aseguró que “en el caso de los gases de efecto invernadero, que hemos monitorizado en el proyecto INMENSE, no hemos detectado ningún efecto en la concentraciones de estos gases en la troposfera libre en la región subtropical del Atlántico Norte. Las concentraciones del metano o el óxido nitroso siguen un patrón diferente, son acumulaciones de varias décadas”.

mejor Calidad del aire

Sin embargo, la doctora en Física de la Atmósfera reconoció que “el parón motivado por la COVID se notó en el descenso de las emisiones en superficie, así como las concentraciones de distintos gases (óxidos de nitrógeno NOX o monóxido de carbono CO) y partículas asociadas a las grandes urbes, las cuales son los mayores focos de emisión de estos compuestos. Esos gases y partículas asociados a la calidad del aire constituyen la polución que se ve, y que desde el satélite y los centros en tierra pudimos comprobar”. Esto lleva a reflexionar en voz alta: “Hemos parado el planeta durante tres meses y no se ha notado absolutamente nada en las concentraciones de los gases efecto invernadero, con lo cual el esfuerzo que debemos hacer para controlar estas emisiones debe ser a largo tiempo”.

Para Omaira García, este proyecto INMENSE ha supuesto un incentivo, y la convirtió en la coordinadora del proyecto para medir la concentración de gases de efecto invernadero en Madrid (MEGEI-MAD), que coordina la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet). “Ahora nos focalizaremos en complementar esas medidas tomadas desde el satélite con las observaciones en tierra. En el Observatorio de Izaña, desde 1999, hay medidas en columna atmosférica (mucho más representativas de las áreas regionales que los registros a nivel del suelo) que nos permite monitorizar esas concentraciones de compuestos atmosféricos. Y también vamos a profundizar en técnicas e instrumentación de bajo costo (espectrómetros de infrarrojos portátiles) que nos permite medir las concentraciones y emisiones de base, mapeando las fuentes y detectando esos focos de emisión de gases desde el propio suelo, como son el tráfico, las industrias, los vertederos, las grandes granjas, etc”.

Por tanto, el calentamiento global o el cambio climático no son fenómenos que afecten a corto plazo, como ocurre con los gases de calidad del aire, sino que perjudicarán a las próximas generaciones. “Nuestro trabajo es analizar sus efectos y lograr ese inventario real de cuáles son nuestras tasas de emisión a nivel nacional. Aportando granos de arena con nuestra investigación al conocimiento de las emisiones de gases de efecto invernadero”, señaló Omaira García.