Grandes y pequeños disfrutan de las tablas en la víspera de San Andrés en el Norte de Tenerife

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La calle Antonio González, conocida popularmente como El Plano, volvió a ser la elegida por los adolescentes para tirarse por su elevada pendiente sin que eso no supusiera darse un buen estampido contra los neumáticos en desuso que se apilaban al final de la calle y que frenan el descenso.

A los icodenses les basta con una tabla, una calle empinada y mucha adrenalina para pasárselo bien. Sus vecinos de La Guancha y San Juan de la Rambla se conforman con lo mismo aunque con menos intensidad. Al menos en la víspera y la festividad de San Andrés, los días 29 y 30 de noviembre, una celebración popular en la que aprovechan las pronunciadas cuestas para deslizarse sobre una tabla de madera que puede alcanzar hasta los 30 kilómetros por hora, frenada al final de la vía por una gran montaña de neumáticos y que atrae cada año a miles de personas a la Ciudad del Drago.
Este año empezaron antes, aprovechando el fin de semana, pero eso no impidió que los icodenses vivieran ayer uno de los días más esperados para compartir una tradición que pervive en el tiempo, se transmite de generación en generación, y en la que no hay distinción de sexos ni edades.

Había ganas de fiesta y de arrastre y se notaba. Sobre todo en la calle Antonio González, conocida popularmente como El Plano, la preferida de los más jóvenes por su elevada pendiente, y otras aledañas, como San Sebastián, El Sol y Los Franceses, la destinada a los niños que iban con sus tablas en las que estaban estampados Winnie the Pooh, y otros personajes infantiles.

Desde primeras horas de la mañana, las calles del casco estaban preparadas no solo con gomas apiladas al final de la calzada sino también con puestos de castañas y carne asada, vino, y perritos calientes que desprendían un olor que ya entrada la tarde solapaba el tan característico de goma quemada.
Las terrazas de bares, restaurantes y cafeterías estaban abarrotadas de gente y el personal no paraba de entrar y salir con bebidas y platos de comida.

En el ambiente predominaban los grupos de adolescentes, la mayoría vestidos de riguroso negro, como Nayara Abreu, una chica de 14 años, natural del barrio de El Amparo, que se ganó el aplauso del público al protagonizar una de las caídas más espectaculares en la calle El Plano.

Iba acompañada de su amiga Laura. Fue ella quien le enseñó a tirarse porque lo hace desde pequeña al vivir en la calle Hércules, una de las preferidas. Su padre le construyó la tabla de metacrilato pero como era muy larga la cortó y aprovechó para pintarle una letra E gigante. Es para recordar siempre a su hermano Eduardo, que vive en la Península y a quien echa mucho de menos.

Pero también había padres con hijos, parejas y los más osados compartían entre cuatro un tablón de grandes dimensiones aunque eso supusiera darse un buen estampido contra los neumáticos en desuso apilados al final de la calzada que Omar, Lucas, Acoidan y Cristian, a quien sus amigos llaman Chololo, acomodaban de manera meticulosa.

Había entre 300 y 400, según ellos, una cantidad inferior a la de años anteriores, “pero se explotan y no los reponen”, comentó este último.

Los más atrevidos se autofilmaban, realizaban giros sobre la tabla tras pasar el badén que se encuentra en mitad de la vía, e incluso iban con un cigarrillo en la boca. Todo un desafío.

Como todos los años no podían faltar Los Tea Negra con su camiseta roja que subían sin parar la elevada pendiente para tirarse una y otra vez.

La advertencia dada por la Asociación de Pediatría de Atención Primaria de Canarias alertando de las graves lesiones que puede provocar esta práctica y solicitando que se implementen medidas de seguridad, quedó ayer en el olvido. Eran muchos los familiares que alentaban a sus hijos a tirarse y festejaban victoriosos cuando llegaban y saltaban contra las gomas.

Allí estaba el personal de Protección Civil para atender cualquier incidente que pudiera surgir. A los efectivos de Icod de los Vinos se le sumaron compañeros de Candelaria y Garachico.

Mientras tanto, los turistas no salían de su asombro y se agolpaban para inmortalizar con sus cámaras o teléfonos móviles un espectáculo nunca visto, matizado por las chispas que desprenden las tablas, y que parece inalterable en el tiempo.

Es difícil apartarse de la adrenalina que genera esta tradición, una de las favoritas en la Ciudad del Drago. Caras que reflejaban desconcierto, cierto temor, algunas expresiones de pánico, pero sobre todo muchas risas y festejos cuando escuchaban el grito de “Viva San Andrés”, en una jornada que muchos repetirán hoy pero con menos intensidad.