Hay una Lisboa que apenas conoce el viajero de verano: la del otoño tibio, cuando los miradores se vacían y los tranvías vuelven a parecer transporte público.
De octubre a finales de noviembre, la capital portuguesa regala una luz dorada que combina especialmente bien con los azulejos de Alfama y la piedra del Chiado. Una escapada de fin de semana sale por menos de la mitad de lo que costaba en julio.