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viernes, 25 de septiembre de 2026 · 21:41 · Canarias
SOCIEDAD

Cuando el círculo social deja de crecer: quedadas, apps y videollamada con mujeres

El Barómetro de la Soledad No Deseada sitúa en un 34,6% la proporción de jóvenes españoles que declara sentirse sola, el porcentaje más alto de todas las franjas de edad y muy por encima del de los mayores de 55.

El dato contradice la imagen habitual de la soledad como asunto de personas mayores, y describe algo que en Canarias se reconoce enseguida: a partir de cierta edad, el círculo social deja de ampliarse solo. La escuela, la universidad y el primer trabajo presentaban gente sin esfuerzo. Después no presenta nada nadie. En una isla, además, la aritmética juega en contra, porque el número de personas nuevas con las que uno se cruza en un año es sencillamente menor.

Existen tres salidas razonables a eso, y no funcionan igual de bien. Vale la pena mirarlas de cerca antes de decidir en cuál invertir el tiempo libre, que es el recurso escaso de verdad.

La vía presencial: clubes, clases, deporte y voluntariado

Es la que mejor prensa tiene y la que más trabajo cuesta.

Funciona por una razón bien documentada: la repetición. Ver a las mismas personas todos los martes durante cuatro meses genera confianza sin que nadie tenga que forzar nada, que es exactamente el mecanismo que la vida adulta destruyó al dispersar a todo el mundo en coches y horarios distintos. El senderismo, un coro, una liga de pádel o un huerto vecinal hacen eso.

Sus límites también son claros. Exige constancia, horarios compatibles y una oferta local que exista. En Santa Cruz o en La Laguna la hay; en un pueblo del norte de la isla, en invierno y con turnos rotativos, la cosa se complica. Y la selección viene dada: uno conoce a quien vive cerca y puede ir a esa hora, no a quien le interesa.

La vía digital pasiva: redes sociales y grupos de mensajería

Es la que casi todo el mundo usa por defecto, y la única de las tres que no está diseñada para lo que se le pide.

Una red social muestra a personas que ya conoces, ordenadas por lo que consiga retenerte más rato mirando la pantalla. El objetivo del sistema es la atención, no la presentación. Por eso una hora de desplazamiento vertical deja la sensación exacta de no haber hablado con nadie: técnicamente es cierto.

Los grupos de mensajería tienen un problema distinto, más sutil. Son excelentes para logística —fechas, enlaces, quién trae qué— y malísimos para cualquier cosa que requiera matiz. En un grupo de doce personas hablan dos, y las otras diez leen. Nadie cuenta ahí que está teniendo un mal mes.

Lo que sí hacen bien es sostener lo que ya existe. Como herramienta para ampliar el círculo, el rendimiento es prácticamente nulo.

La vía digital activa: hablar en directo con desconocidos

Aquí entra la tercera opción, que es la menos comentada de las tres y la que más ha cambiado en diez años.

El formato consiste en emparejar a dos personas que no se conocen y ponerlas a conversar con la cámara encendida, sin perfil, sin publicaciones y sin nada que quede después. Una videollamada con mujeres y hombres de otros países emparejados por un idioma o un interés concreto no se parece al sistema puramente aleatorio de 2010, que es el que le dio mala fama al invento: la conversación arranca con un tema encima de la mesa en lugar de con dos desconocidos mirándose.

El uso mayoritario, con bastante diferencia, es la práctica de idiomas. Un rato en la lengua de cada uno, sin la rigidez de una clase y con las dos partes igual de expuestas. Después vienen los intereses: un equipo, una profesión, un género musical que en el entorno cercano no le interesa a nadie.

Su ventaja frente a las otras dos vías es la disponibilidad. No depende de que exista una actividad en el municipio ni de que coincidan los turnos, y veinte minutos un martes a las once de la noche son perfectamente posibles. Su desventaja es que no genera la repetición que sí produce el club de senderismo, salvo que las dos personas decidan volver a hablar.

Lo que conviene mirar antes de elegir plataforma

Si la tercera opción entra en los planes, hay una diferencia técnica que sí tiene consecuencias y que casi nadie comprueba.

Cuando el servicio enruta la conexión a través de sus propios servidores, ninguno de los dos participantes ve la dirección IP del otro; cuando conecta los dos equipos directamente, sí la ven. Un videochat con verificación de edad, moderación activa y una política de retención escrita funciona de otra manera, y esa información suele estar en la política de privacidad, no en la portada.

Las tres vías son compatibles y ninguna resuelve el 34,6% por sí sola. Lo razonable es combinar una presencial que aporte repetición con una digital que aporte variedad, y dejar las redes para lo que sirven, que es enterarse de cosas.

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