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lunes, 7 de septiembre de 2026 · 06:09 · Canarias
Cultura

San Borondón sí existe en Canarias, pero no está donde la buscaron durante cinco siglos

Cinco siglos de expediciones a la octava isla de Canarias y todas volvieron con nubes

Isla de La Palma en Canarias
Isla de la Palma en Canarias · Agencias

Conviene empezar por el final en esta leyenda de Canarias: la gente que a lo largo de los siglos ha jurado ver San Borondón desde las costas occidentales de Canarias no mentía. Veían algo. Lo que ocurre es que ese algo no era una isla desconocida flotando en el Atlántico, sino el reflejo de La Palma devuelto por la atmósfera hasta un punto del horizonte donde no debería estar.

El fenómeno se llama espejismo superior y se produce por la refracción de la luz sobre la superficie del mar cuando se dan determinadas condiciones de temperatura entre las capas de aire. El resultado es la visión nítida de una masa de tierra en el horizonte que en realidad se encuentra mucho más lejos, o incluso fuera del alcance visual directo.

Es el mismo principio físico que hace aparecer charcos de agua en una carretera caliente, solo que aplicado a escala oceánica. Así lo explica la propia Armada Española en sus materiales divulgativos sobre la historia marítima del archipiélago.

De un monje irlandés a un tratado internacional

El nombre viene de San Brandán, el monje navegante cuya travesía legendaria por el Atlántico dio pie a uno de los relatos más difundidos de la Edad Media. En esa historia, el santo y sus acompañantes desembarcan en una isla, celebran misa en ella y descubren de golpe que el suelo se mueve: no era tierra, sino el lomo de Jasconius, un pez descomunal. La tradición popular acabó fundiendo aquel relato con la geografía de Canarias, y de San Brandán se pasó a San Borondón.

Lo asombroso es hasta dónde llegó la creencia. El Tratado de Alcáçovas, firmado en 1479 entre España y Portugal para repartirse el Atlántico aún por navegar, especificaba que San Borondón, todavía por ganar, pertenecía al archipiélago canario.

Es decir, dos coronas europeas negociaron formalmente la soberanía sobre un territorio inexistente. Leonardo Torriani, el ingeniero al que Felipe II encargó fortificar Canarias a finales del siglo XVI, describió sus dimensiones y su localización. Y el historiador Fray Juan de Abreu Galindo llegó a fijar sus coordenadas al noroeste de El Hierro. La isla aparece representada en cartografía de distintos siglos con total normalidad.

La creencia cruzó el océano: durante la expedición de Magallanes, en marzo de 1520, se bautizó la bahía de Samborombón, en la actual provincia de Buenos Aires, porque se pensaba que se había formado al desprenderse de ella la isla errante.

Las expediciones que salieron de Canarias y volvieron con nubes

La lista de búsquedas oficiales es larga y bastante desalentadora. En 1526 lo intentaron Hernando de Troya y Francisco Álvarez, vecinos de Gran Canaria. En 1570, el regente de la Real Audiencia de Canarias, Hernán Pérez de Grado, organizó otra. En 1604, el piloto Gaspar Pérez de Acosta y el fraile Lorenzo de Pinedo solo encontraron una acumulación de nubes y celajes en el horizonte occidental, que es exactamente lo que cabía esperar. La última expedición oficial zarpó en 1721: la comandó Gaspar Domínguez, capitán de mar y vecino de Santa Cruz de Tenerife, con una balandra y por encargo del capitán general Juan Mur y Aguirre.

Alimentaban la convicción algunas pruebas materiales que hoy tienen explicación sencilla. A las playas de El Hierro y La Palma llegaban limones, frutas desconocidas y restos de árboles que nadie identificaba como propios de Canarias. Para un marinero del siglo XVI aquello solo podía proceder de una tierra cercana y no cartografiada. Hoy sabemos que las corrientes atlánticas transportan material vegetal a distancias enormes y que ese arribo no requiere ninguna isla intermedia.

El capítulo más insólito en Canarias, sin embargo, es del siglo XX. En 1953 el diario ABC informaba de un nuevo avistamiento al noroeste de El Hierro. Y el 10 de agosto de 1958 publicó lo que anunció como la primera fotografía de la isla errante, tomada por Manuel Rodríguez Quintero desde La Palma, en la zona entre Tazacorte y Los Llanos de Aridane.

El texto lo firmaba el arqueólogo Luis Diego Cuscoy, y subrayaba que el último dibujo de aquella silueta se había trazado en el siglo XVII. El archivo del periódico conserva todavía el original en papel, de 17 por 11 centímetros, lo que descarta cualquier manipulación digital posterior. La foto es auténtica. Lo que retrata es un espejismo.

Que la explicación esté cerrada no ha restado un ápice de fuerza a la leyenda, especialmente en El Hierro y La Palma, donde sigue formando parte del imaginario cotidiano. San Borondón funciona en Canarias como funcionan los buenos mitos: no porque nadie los haya desmentido, sino porque explican algo que la física resuelve pero no consuela. La octava isla es, en el fondo, la manera que encontró el archipiélago de nombrar aquello que se ve desde la orilla, se recuerda perfectamente y no se puede alcanzar.

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