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Chus Lampreave

En la última década del franquismo, estudiante y opositor en Madrid, y con cierta pulsión provinciana por los cafés literarios y artísticos y los bares de moda, el director Fernández Montesinos – que recorrió Canarias con campañas teatrales patrocinadas por Información y Turism

En la última década del franquismo, estudiante y opositor en Madrid, y con cierta pulsión provinciana por los cafés literarios y artísticos y los bares de moda, el director Fernández Montesinos – que recorrió Canarias con campañas teatrales patrocinadas por Información y Turismo – me presentó en Chicote – donde el mejicano Agustín Lara localizó el “agasajo postinero” – a una secundaria descubierta por el inteligente director Marco Ferreri, que incardinó el neorrealismo italiano en la sociedad y el cine de subsistencia españoles. La admirada actriz debutó en 1958, con “El pisito” y, un año más tarde, confirmó sus cualidades con “El cochecito”; desde entonces y hasta 2014, cuando apareció en una nueva entrega de Torrrente, dio lustre a los repartos de cuarenta películas, dirigida por los mejores, y peores, cineastas españoles, fue nominada en una docena de ocasiones y recibió tres premios notables; participó en exitosas series de televisión y cultivó, con notable simpatía, un amplio círculo de amistades que ahora lamentan su muerte en su casa de Almería. Cuando la conocí mantenía viva la admiración por una espléndida producción de Jaime de Armiñán – “Mi querida señorita” – y el sincero reconocimiento por el heroico cine español que, doctorado en el posibilismo de la posguerra, apuntaba las cotas de gloria que le llegaron en el tiempo nuevo. Chus Lampreave (1930-2016) figuró en los títulos oscarizados – “Belle epoque” (1992), de Fernando Trueba, y “Todo sobre mi madre” (1999), de Pedro Amodóvar – y en repartos de éxitos críticos y comerciales como la primorosa secuela de “La escopeta nacional” – retrato genial de Luis García Berlanga de la aristocracia y la burguesía española de la transición – y en las regulares entregas del director manchego de moda que la tuvo como fetiche en la mayoría de sus trabajos. Sus compañeros y quienes la conocieron – compartió clases de pintura con el maestro Antonio López, nada menos – recuerdan su inteligencia y espíritu crítico y, sus íntimos, la tragedia personal, que ocultaba bajo su bis cómica, por la pérdida de una hija tras una larga y penosa enfermedad. Retirada en los últimos meses, me regocijó en un fin de semana tranquilo con las andanzas e ingenios “para no salir de pobres” que aparecen en sus primeras cintas, con la naturalidad con la que se plantaba ante las cámaras y con el cariño – porque no son meras máquinas – con que éstas la trataron.

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