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nombre y apellido

Conchita Piccioto

Durante tres décadas se plantó ante la Casa Blanca – “sin fallar ni en invierno ni en verano ni de noche de día” – con una pancarta que reclamaba el desarme nuclear; y falleció en un asilo para gente sin techo sin que nadie explicara la fecha y causa de la muerte

Durante tres décadas se plantó ante la Casa Blanca – “sin fallar ni en invierno ni en verano ni de noche de día” – con una pancarta que reclamaba el desarme nuclear; y falleció en un asilo para gente sin techo sin que nadie explicara la fecha y causa de la muerte. Recordé su dura biografía por un documental sobre tipos singulares emitido por un canal norteamericano; gallega de Vigo, se llamaba Concepción Piccioto – Martín de soltera – superaba los ochenta años y emigró a Estados Unidos en 1960; trabajó como recepcionista en la Oficina Comercial Española en Nueva York, su lugar de destino; se casó con un emigrante italiano nacionalizado y, poco después, adoptaron una niña; tras una tormentosa separación, la custodia de la pequeña acabó en los tribunales que le dieron la razón al marido; indignada con la demora del proceso y “la injusta sentencia”, en 1979, se trasladó a Washington para pedir con la revisión de su causa ante las autoridades federales; los sucesivos portazos de éstas la llevaron a desfilar con un cartel frente a la residencia presidencial, pese a las advertencias y las primeras detenciones por la policía.

En esas circunstancias apareció una activista popular, polémica e incansable que, desde su posición personal, extendió sus protestas a la situación de explotación y desamparo de los niños en el mundo. Conoció en la calle al filósofo William Thomas y a su esposa Ellen Benjamin, que eran los adalides del pacifismo y habían montado una tienda en la Avenida Pensilvania y, desde entonces, concentró su lucha contra la proliferación de las armas nucleares y dirigió su protesta a los sucesivos presidentes de la nación más poderosa del mundo, “que son los mismos perros con distintos collares”. A la desaparición de sus mentores, la correosa Conchita, Connie como la llamaban sus convecinos de la capital federal, se convirtió en un símbolo para los descontentos, para los no beligerantes y los militantes de los pequeños partidos, sin representación en las cámaras parlamentarias, que reivindican el desarme como eje de sus programas políticos. Afectada en su movilidad por un accidente en la bicicleta en la que se movía por Washington, en los últimos tiempos manifestantes jóvenes se turnaron para transportarla al lugar donde mantuvo la protesta política más larga de la historia norteamericana. Se ignora el lugar de su enterramiento, pagado por la beneficencia, y se añora su imagen animosa con un pasquín, cada día en un idioma, en demanda de paz para los hombres de buena voluntad.

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