Gracias a todos por recordarme que empieza un nuevo mes. Yo hace años que no miro el calendario, para ver si así olvido que los días solo descuentan cuando los vives. En realidad, si fuera así, sería mucho más joven y más ingenua; y estoy segura de que es un precio que pagaría con gusto. Ahora, sin embargo, me encuentro suplicándole a mi conciencia que me deje dormir aunque sea solo una noche, tal vez unas horas. Sé que a estas alturas ni el sueño será capaz de revivir las penas, pero al menos hay que intentarlo.
Ese es, tal vez, el mayor de mis proyectos. Si tuviera la fuerza suficiente gritaría durante mis momentos muertos, y, si hubiera tenido el coraje suficiente, te hubiera pedido que te quedaras. En vez de eso, acepté un adiós con miedo y orgullo. No quiero saber nada de ti, dije. No me hables, no me mires, no me pienses, te dije. Ay, querida soledad, si te hubiera hecho caso, si hubiera escuchado tus palabras, mi arrogancia no estaría pidiéndote perdón, rogándote que no me dejaras nunca. No tendría lágrimas en el alma y no hubiera olvidado lo que era vivir, tú y yo, eternas.
Por eso solo te pido una última cosa: quédate. Quédate un rato y ya veremos qué hacer con las heridas. Total, aunque te olvides, siempre hemos vivido cerca del mar. A su lado pasamos los veranos pensando qué haríamos en septiembre y los inviernos planeando el mejor junio de nuestras vidas. Entonces teníamos calendarios por toda la casa para recordarnos; hoy somos trenes sin rumbo y eso es lo que nos hace inmortales: no tener ni principio ni destino.
