Se está consagrado la España del desprecio entre unos y otros, algo parecido pasa en Europa y me temo que en el mundo. Una vez más la humanidad o una parte de ella ha vuelto a las andadas, adorar al odioso becerro de oro, tiempos que acaban en debacle.
Nunca, o casi nunca, este hoy reino ha sido homogéneo, ni rico, ni acorde con excepción de lapsus mágicos de nuestra historia tras el siglo XV, porque antes en la piel de toro pasó de todo ¿Se acuerda de Pepe Botella? En su afán expansionista Napoleón pasó por estas tierras hispanas. El resto de la historia es la que conocemos: guerra de la Independencia, el levantamiento del 2 de mayo, Fernando VII como rey… Otro ejemplo es la Constitución de 1873, la Pepa de la Primera República que citaba a los Estados miembros de la nación “federal”, hoy un pecado innombrable, la España federal que se quería instaurar.
Somos una suma de; razas, pueblos, reinos, tierras, lenguas, dialectos, dejes, sures, nortes, ricos y pobres. Somos el resultado de pactos, de acuerdos y desacuerdos, repartos, en suma, de lances históricos que en muchas ocasiones no se cerraron como era menester y que nos han dejado lo que hoy somos, un país, aunque duela, de nadie.
Un país que permite que una gubernamental delegada pretenda prohibir en un partido de fútbol la entrada a una bandera que lleva colgada en los mástiles públicos catalanes muchos años mientras todos miraban a otro lado, creo que demuestra algo de inmadurez democrática ¿Se podrían llevar banderas con otros colores; negras, rojo y negras, con o sin yugo y flechas, o con el águila o con vaya usted a saber? Me temo que este golpe de pecho que se han dado, la delegada y sus acólitos, responde a otros intereses, tuvo que venir un juez a corregir otra nueva cantada.
Un país que permite a Fernández Díaz su interiorista ministro en funciones distinguir a Marhuenda, Paco para los amigos, profesor y director de La Razón, con el nombramiento de Comisario Honorario de la Policía Nacional tiene sus bemoles. Todavía están buscando en las gavetas de Jorge el expediente de honores para tal mención, si bien, parece haberse traspapelado temporalmente.
Un país que permite que la misma persona que defendió la rebaja del despido por año trabajado, plática usual del Banco de España, institución de la que el Tribunal de Cuentas -si te coge- dice que tiene un singular reglamento interno, se multiplique por cuatro su despido y el de su fiel, se las trae en lata. Ordóñez, para los suyos Mafo, se mofó de lo que tan behementemente defendió que fuera aplicado a los curritos con voina de toda la vida.
Un país así, que basa su existencia más en la picaresca que en la honestidad y la eficacia, tiene que cambiar si no quiere estar dando palos con el rabo hasta el fin de los tiempos. Un reino en el que cada cual es la virreyna o el virrey de su trozo, insula o autonosuya, sin mirar lo más mínimo en el interés común, a los que da lo mismo restar -dividir- que sumar -multiplicar-, tan solo con sentirse alguien, por poco que sea, entre sus abotargados.
Shakespeare, el otro grande de la literatura lo escribió en Hamlet: “Morir, dormir… ¿dormir? Tal vez soñar”. Soñar es libre, soñemos.
