
*POR David González Martín
Los tinerfeños estamos de suerte: la nevada que ha caído en el Parque Nacional del Teide desde el jueves es la tercera más importante del siglo XXI.
Según la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), el grosor de la nieve aglomerada en las inmediaciones del Teide se sitúa en los 13,5 centímetros. Este espesor solo ha sido superado por el registrado en la nevada de 2007 (16 centímetros) y en la de 2005 (23,1 centímetros).
Todos los accesos al Parque Nacional se encuentran cerrados. El Cabildo de Tenerife informa que las labores de arreglo de las carreteras se realizan desde el pasado fin de semana para que podamos disfrutar de la nieve lo antes posible.
Estos eran algunos de los datos que disponía para elaborar la información del periódico aquel 23 de febrero de 2016. Las condiciones climatológicas cubrieron las cumbres de la isla de Tenerife con un manto de nieve blanco, puro, frío y hermoso. Una nevada que duró 5 días y que se convirtió -como ya se sabe- en la tercera más significativa desde hacía 15 años; la tercera mayor en este siglo.
No obstante, nunca llegué a redactar esa noticia. Diario de Avisos informó a la sociedad tinerfeña –y canaria- sobre el acontecimiento meteorológico. Pero no fui yo quien escribió, finalmente, acerca del suceso. Decidí no hacerlo, lo que provocó algún rifirrafe entre mis compañeros de redacción. No quería comunicar nada en relación al Teide por un tiempo… ¿El motivo? Un incidente que vivícerca del Observatorio de Izaña a principios de año… y que ahora cuento en este relato.
LA LUZ DE MAFASCA Y LA CHICA BINARIA
Enero. Un fin de semana cualquiera. Mis amigos y yo quisimos ver el atardecer en la isla desde lo alto con un par de cervezas y nachos para picar. No existía un paisaje más sorprendente que el que contemplábamos entonces, ni un mejor momento que el que disfrutábamos cada segundo. El mar de nubes escondía el valle de la Orotava –abajo- al igual que las faldas de las montañas. Las olas de nube blanca esponjosa chocaban en las laderas intentando envolver la isla entera, para que todos formáramos parte de un mismo cielo. El horizonte se fue tiñendo: primero azul, naranja, hasta el violeta para volver de nuevo al azul. Este último azul se oscurecía hasta que ausentó a todos los colores. Parecía una película. Una en la que permanecimos observando los créditos finales: infinitas estrellas encima de nosotros. ¡Qué pena no haber sabido leerlas!
No había luna, por lo que la oscuridad de la noche era aún más cerrada. La luz de las estrellas -a millones de kilómetros- no iluminaba lo suficiente y tuvimos que encender linternas. Además, la temperatura descendió tanto que no tardamos en marcharnos.
Decidí tomar una última foto del Mirador de La Tarta para captar las capas de aquella montaña recortada en contraste con la noche estrellada, mientras mis amigos recogían y subían al coche. Apenas hube desmontado el trípode para retroceder hacia ellos, cuando me quedé pasmado anteuna luz que se movía en el firmamento. Pudo haber sido una estrella fugaz, un cometa o, incluso, la Estación Espacial Internacional. Pero aquel punto brillante comenzó a aumentar de tamaño y de color. Pasó de blanco –parecido al de las estrellas- al verde y al rojo. Justo cuando se convirtió en rojo, el tamaño adquirió las dimensiones de una pelota de baloncesto y se trasladó rápidamente desde el cielo hasta el punto en que estaba. Recorrió la curva del mirador a una velocidad suprema, acrecentando su volumen hasta el parecido al de la rueda trasera de un tractor, y provocó una bocanada de aire congelado. Todo transcurrió en unos simples segundos.
Corrí hacia el coche atónito por lo que acababa de presenciar. Se lo conté a mis amigos, pero no mostraron mucho interés. “Quizá haya sido el frío y también que estás cansado”, me dijo Adriana –que estudia medicina-. “Tu mente te ha querido jugar una mala pasada… puede que te hayas sugestionado tu solo mientras contábamos las historias de miedo cuando subíamos hasta aquí”. Quise cuestionarlo de la manera más racional, así que le hice caso.
Al menos hasta que volvió a salir el tema una semana más tarde. Cenaba en casa de mi mejor amigo, cuyo padre es astrofísico. Fue este quien intervino en nuestro debate después de escucharnos: “A lo mejor era la Luz de Mafasca”, pronunció mientras entró al comedor en busca de la cajetilla de cigarros. Prosiguió al ver que lo mirábamos extrañado: “Es una leyenda popular aquí, en Canarias. Se trata de un fenómeno lumínico que se repite en las distintas islas desde hace varios siglos. No hay base científica que lo explique, puesto que los casos siempre son contados por personas que lo presencian en el instante. Muchos nos llaman a nosotros, los investigadores, pero solo podemos archivar estos episodios dándoles una mínima y escasa importancia. Ya sabes, no tenemos más pruebas que algunos testimonios. Eso sí, todos tienen una explicación parecida. Recuerdo que el último suceso transcurrió en 2007, semanas anteriores a que se produjera una inmensa nevada en el Teide. Dos años antes a esta coincidió otro avistamiento que culminó en otra nevada descomunal”.
He aquí cuando empezaron a brotar las casualidades. La primera: la nevada del pasado febrero –de la que no quise escribir en el periódico-, varias semanas después de que contemplara la supuesta “Luz de Mafasca”.
No habría investigado al llegar a casa después de aquella cena de no ser por la historia que me contó el padre de mi mejor amigo. Según él, “algunos testimonios de quienes han avistado este brote luminoso lo asocian a seres extraterrestres, místicos o divinos”. Además, me explicó que estas teorías se podrían “fundamentar” en los intentos por justificar la presencia de vida extraterrestre en lo más alto del Parque Nacional del Teide.
Efectivamente, un par de búsquedas en los motores de Google me llevaron a una noticia publicada en El País en el año 89. Averigüé que millares de personas, acompañadas de medios de comunicación, ambulancias y policías, se concentraron “al pie del Teide” para avistar ovnis en junio de aquel año. Todo ello me hizo recordar otra casualidad: el dibujo que encontró mi hermana en el Paisaje Lunar de Vilaflor.
Tan solo dos días antes de mi incidente, mi hermana pequeña –Laura- realizó una excursión al Paisaje Lunar con sus compañeros de clase. Yo ya había estado allí, por lo que me contó al llegar a casa ese día ya lo conocía: un espectáculo natural de piedra blanquecina que emula el paraje situado en la Luna y que te transporta hasta ella sin tener idea, incluso, de cómo sería.
Pero no fue esto lo que me llamó la atención, sino el dibujo que me enseñó. Lo había recogido cerca de uno de los montículos de roca en los alrededores. Destacaba, ante todo, lo que parecía el retrato de una mujer con una apariencia extraterreste. Debajo, un texto escrito con letra perfecta y cuidadosa. Todo ello a carboncillo, en una hoja cuya textura recordaba a la del papel reciclado, firmado por “Margüí” y una división de números a su lado –“1/4”-. El rostro de aquella mujer me resultaba familiar…
Texto: “En el arco de Tajo a las 17:00 horas del desfase luz-tiempo 1,2”. “Un misterio está compuesto por miles de piedras”.
Marzo. Los acontecimientos que había presenciado y de los que había tenido constancia me invitaban a pensar que algo conectaría todas aquella coincidencias. Era principios del mes de marzo, con los accesos al Teide nevado abiertos por el sur y La Orotava, cuando me animé para visitar Arico –sur de Tenerife-. No correspondía con la fecha indicada en el papel, pero quería contemplar de qué se trataba. Me resultó interesante, al mismo tiempo que algo inquietante, la hipótesis de vida extraterrestre en el Teide. Tal vez aquel dibujo era una pista… al igual que la fría luz centelleante que divisé la noche con mis amigos.
Aproximadamente, 35 minutos en coche separan la capital chicharrera del municipio de Arico. Mi amigo Roberto me acompañaba, así que el viaje resultó aún más ameno. El termómetro del salpicadero macaba los 20º cuando cogimos el desvío de La Jaca –ya fuera de la autopista-, cerca del pueblo costero de Tajao. Cincuenta metros cuesta abajo por la carretera secundaria y aparcamos el coche en una zona donde el arcén se agrandaba y permitía que se pudiera estacionar. Caminamos durante algunos minutos en dirección hacia el mar… y allí estaba: el arco de Tajao, 10 metros de largo y 30 de ancho.
El color amarillento de las bajas montañas resaltaba con el verde seco de los arbustos y plantas. La zona árida daba a entender que no llovía desde hacía meses. No obstante, la vista que encontramos ante nosotros nos asombró por su gran belleza. Recuerda al desierto estadounidense –con cardones incluidos- e incluso al Gran Cañón. Aunque lo que destacaba por encima de todo, sin duda, es el propio arco. Un capricho de piedra volcánica erosionada que nos regala una estampa paisajística anormal en la isla y, quizá, anormal en la Tierra. Un paisaje que bien pudo haberse copiado de otro planeta.
Inspeccionamos la zona; contemplamos la maravilla natural desde diferentes perspectivas. Pensaba que podríamos toparnos con otro dibujo parecido al que encontró mi hermana en el Paisaje Lunar, pero lo único que divisó Roberto fue una cueva en una de las curvas de la montaña. Piedras bien colocadas, sillas, algún palé de madera… y sin rastro de cualquier nota o pista. “A lo mejor deberíamos esperar a la fecha señalada”, puntualizó mi amigo.
Sacamos varias fotos y acordamos volver. Sin embargo, en el camino de vuelta algo que antes no habíamos avistado nos llamó la atención. Se trataba de una elevación del terreno, circular y plana, rodeada por más de una cincuentena de rocas de mediano tamaño que formaban una circunferencia. Lo más escalofriante se encontraba justo en el centro: un esqueleto de lo que había sido un ave.
No recuerdo con exactitud toda la conversación que mantuve con Roberto en el momento de encontrar lo que catalogamos como “ritual satánico” –medio en broma, medio en serio-. Pero sí me acuerdo de una parte de ella, aunque haya durado más:
– Oye, tío… no sé qué m***** significa esto, pero me estoy empezando a acojonar un poco- Roberto había pasado de no darle importancia al tema a tomarme un poco más en serio.
– “Noooo, son paranoias tuyaaaas, son todo casualidadeees”- lo imité según lo que había hecho él tratando de tranquilizarme hacía un par de días.
– Gilip****…-
– ¿Ahora entiendes la mínima inquietud que me produce esto? Al menos no fuiste tú quien vio la luz en el Teide- le recordé.
– Va, venga… Todo tiene que tener una explicación coherente. Pueden resultar ser muchas casualidades unidas. Cualquiera pudo haber puesto ese esqueleto de pajarraco ahí-. Roberto pronunciaba aquellas palabras en un intento desesperado por convencernos de que no debíamos pensar más allá de lo lógico, pero… ¿qué era “lo lógico”?
– Puede que sí, puede que no. Realmente, no sé qué c*** quiere decir quien haya escrito la nota de mi hermana, ni sé por qué lo ha hecho o para qué. Lo que sí sé es que volveré el 24 de marzo para averiguarlo. ¿Te apuntas?-
– No me querré quedar con la intriga- sentenció mi amigo.
Todavía quedaban 20 días para la fecha señalada. Durante ese tiempo me dediqué a buscar información sobre casos paranormales, cósmicos y alienígenos en la isla, intentando no caer en la obsesión. Sin embargo, solo hallé en la red algunas noticias puntuales como que el Teide es considerado como una de las zonas más extraterrestres del planeta –según la Agencia Europea del Espacio (ESA)- o que en Tenerife siempre han existido puntos “sensibles” a la aparición de ovnis, en otras. Todas ellas relacionas entre sí -en cierta medida, pues compartían una temática común-, pero sin un hilo conductor que las uniera a los hechos que había experimentado en los últimos meses. Me resultaba complicado conectarlas, al menos, por aquel entonces.
Una tarde en la biblioteca de la universidad, en el descanso entre estudios y tareas, aproveché para buscarle un regalo de cumpleaños a primo Alejandro. Él también es un apasionado del universo; le fascina su inmensidad. Encontré una excursión astronómica organizada por Más de Treinta Tenerife, una promotora de actividades de ocio, cultura y naturaleza; mi primo cumplía 20 años y nunca le había regalado nada tan especial, pero la ocasión lo merecía y a mí me serviría como excusa para investigar un poco más.
Noche del sábado 19 de marzo. Alejandro y yo nos dirigimos hasta el punto de encuentro para la excursión: Centro de Visitantes de El Portillo. Allí comenzó la actividad, que duró casi 2 horas y media bajo el cielo negro estrellado. Quien llevaba la voz cantante era un astrónomo con bastantes años de experiencia. Nos enseñó cómo orientarnos según los astros, qué son estrellas y qué no, dónde se ubica la Polar y otras como Sirio, la gigantesca Betelgeuse o el criadero de las Pleyades.
Aunque lo que más me impactó, sin duda, fue ver la Luna a través del telescopio. Los cráteres y las montañas en la superficie lunar se veían de forma tan clara y nítida que daba la sensación de que contemplabas una película de ciencia ficción a través del ocular. “Existe un conjunto de montañas que emergen del Mare Imbrium –la segunda mayor planicie lunar surgida por el impacto de un cuerpo de grandes dimensiones-, que se denominan Montes Teneriffe. ¿Saben por qué?”, el astrónomo lanzaba la pregunta al aire. En ese instante, mis oídos se agudizaron aún más. “Muy simple, fueron descubiertos aquí –en el Parque Nacional del Teide- durante una expedición científica en 1856. Por si no se habían dado cuenta: tenemos uno de los mejores cielos de Europa”.
Mientras examinaba, a través del telescopio, lo que habían denominado como “Montes Teneriffe”, escuché una conversación que mantuvo el experto con otro de los asistentes. Este dudaba sobre la luz que vemos de la Luna. El astrónomo explicó: “Somos capaces de verla porque el Sol la ilumina. La Luna refleja su luz [la del Sol] y, de hecho, no la captamos de forma inmediata. Es decir, todo lo que vemos ya ha ocurrido, incluso el brillo que se plasma en nuestro satélite natural. La distancia entre nuestro planeta y la Luna supera los 370.000 kilómetros y es lo más cerca que tenemos. Aun así, la luz la vemos con 1,2 segundos de retraso… la del Sol, por ejemplo, con 8 minutos ya que está más lejos de nosotros”.
Mi piel se erizó de manera automática cuando escuché aquello último: “vemos la luz con 1,2 segundos de retraso”. Inmediatamente lo relacioné con la nota del Paisaje Lunar: luz, Luz de Mafasca, Luna, Montes Tenerife, 1,2 segundos, Paisaje Lunar…
Pensé que todo lo que había investigado, incluido el dibujo, pudo haberlo ideado cualquier persona con mínimos conocimientos de astronomía, pero mi parte racional no me terminaba de autoconvencer sobre el brote lumínico que avisté a principios de enero. Y si así fuera, si alguien hubiese planeado todo, ¿cuál era el fin y quién era ese “alguien”? Decidí contárselo todo al astrónomo una vez hubo terminado la actividad, cuando la gente abandonaba el lugar.
“Resulta muy estudiado, sinceramente. Mucha información coincide, pero también te confieso que vivimos rodeados de casualidades. Es inquietante. Cuanto más nos damos cuenta de ello, más nos acercamos al precipicio de la locura. Mi primer consejo: no lo transformes en paranoia. Mi segundo consejo: cualquier persona que investiga se la tacha de “paranoica” y/o “loca”, pero al final son esos quienes averiguan y dan un paso más en la ciencia y en la historia de la humanidad. Es decir, todo puede acabar como el estúpido juego de un idiota –uno con ideas- que quería reírse de quien hallara la pista que encontró tu hermana en Vilaflor. Pero lo que me hace dudar es que hayas podido presenciar la energía de la Luz de Mafasca y que, por consiguiente, se produjera la nevada en el Teide. Al final, hay un hecho claro: todas las casualidades giran a tu alrededor. Se ha creado un campo gravitatorio de misterios sobre ti, jajaja, es gracioso”, no bromeaba en nada, pero su última frase le produjo una pequeña carcajada.
“Mira, sigue el juego. A quien sea y de lo que sea. Yo, como científico, te animo a que lo sigas. Hay casos archivados sobre episodios de individuos que han visto la Luz de Mafasca. Nunca he descartado que sea una mentira total. Al fin y al cabo, existen tantas utopías… Pero tu caso es el más conexo que he sabido en años. Te dejo mi número de contacto, no dudes en llamarme o escribirme con lo que sea. Acude a Tajao el 24 de marzo y analiza lo que ocurre, especialmente, a las 17:00 horas menos 1,2 segundos. Veamos hasta dónde nos lleva esto”, concluyó.
Por primera vez en todo aquel tiempo sentí miedo. No llegaba a ser pánico, pero el hecho de que una persona con tantos conocimientos me dijera todo aquello me inquietó más de la cuenta. Mi primo Alejandro y yo nos fuimos del lugar mientras el astrónomo –Humberto, pues lo apuntó en el papel que me dio con su número- se quedó recogiendo todo el material –telescopios, ordenadores, cables, etc.-.
En los días siguientes no pude parar de pensar en todo aquel enigma. Durante las clases, estudiando, en el gimnasio o cuando quedaba con mis amigos. Recordaba, al mismo tiempo, el primer consejo de Humberto: no debía convertirlo en una paranoia mía. Y, entre pensamientos y comidas de cabeza, llegué a mi primera hipótesis: la Luz de Mafasca la vi con 1,2 segundos de retraso. No me di cuenta al instante porque todo transcurrió en apenas milésimas de segundo, pero, quizá, la estela que dejó tras de sí mientras pasó a toda velocidad a mi lado era lo que realmente mis ojos captaron como información en el momento. Por lo tanto, ese fenómeno lumínico estaría relacionado con algún pasado de origen lunar -tal vez tendría que ver el gran objeto que estalló en nuestro satélite y que formó el Mare Imbrium y los Montes Teneriffe-, puesto que es el brillo de la Luna el que observamos 1,2 segundos después de que se refleje.
Sin embargo, ¿por qué tendría que estar en el arco de Tajao a las cinco de la tarde en el “desfase luz-tiempo 1,2”?
Jueves 24 de marzo, Arico. Me había trasladado hasta allí junto a Roberto y Alejandro. Quería que fueran testigos de lo que presenciara, al contrario de lo que ocurrió en el Mirador de La Tarta. Quedaban 10 minutos para la hora señalada. Los cielos despejados, azules y tiempo cálido. No había rastro del esqueleto de ave ni de ningún otro ser vivo, aunque seguía el mismo círculo hecho con piedras. Pasaban los segundos y, sin reconocerlo, nos poníamos cada vez más tensos. Fue Alejandro, quizá por la inseguridad que sintió en el momento, quien tuvo la idea de que nos alejásemos algunos metros del arco. Fuera lo que fuese que viéramos, mejor observarlo desde una distancia prudente.
Nos sentamos en frente del puente natural, en la ladera de una pequeña montaña. Escogimos ese lugar porque cerca había un montículo de rocas grandes desde el cual poder escabullirnos. “Joder, que sea ya la p*** hora… ¡que me quiero ir y ver qué pasa!”, suspiró Roberto cuando solo quedaban 6 minutos para las cinco.
Los tres escuchamos a lo lejos el motor de lo que sería un jeep 4×4. Alguien lo aparcó por las inmediaciones y oímos cómo cerraban bruscamente dos puertas del auto. Se acercaban. Pensé que podría aparecerse de nuevo la dichosa Luz de Mafasca, pero esta vez habría más invitados… o eso parecía. Decidimos escondernos tras las rocas antes de tiempo y contemplar la escena desde allí.
Y sucedió. Mi reloj digital hizo sonar la alarma a las cinco menos 1,2 segundos de la tarde. Observé el panorama y, en ese preciso instante, la vi. Era una chica de mediana estatura, pelo rapado y piel blanquecina. La luz solar le daba un color atractivo a su piel. Vestía ropa casual, pero de una forma estilosa. Además, venía acompañada de otra mujer más alta que ella, aunque posiblemente de su misma edad –rondaban los 25-, que portaba consigo una cámara réflex negra.
Se trataba de una sesión de fotos. Parecía que se conocían de antes, porque la complicidad se notaba en las bromas que se gastaban entre ellas. La chica rapada era la modelo, sin duda. Se subía al arco, posaba entre los cardonales y sobre diferentes tipos y tamaños de roca. Lo que más llamaba la atención eran sus labios de un rojo intenso y, sobre todo, su mirada. Pese a que estábamos a unos 40 metros de ellas, la decisión y la seguridad de aquella chica se palpaba en el ambiente. No obstante, no encontraba el sentido a nada. ¿Era eso lo que teníamos que presenciar?
Lo había llevado conmigo, lo saqué y les expliqué a las chicas todo lo que había averiguado durante las semanas anteriores. Su respuesta fue unánime: “¿qué es todo esto?”. Nos juraron en varias ocasiones queno tenían ni idea de nada. Simplemente, habían acudido a ese lugar por una sesión fotográfica como cualquier otra de las que se habitúan a realizar. Escogieron ese día porque estaba soleado. “La luz es buena y hoy hace un día maravilloso, perfecto para fotografiar esta serie de imágenes que teníamos pendiente”, nos confesó la fotógrafa.
Alejandro, Roberto y yo seguimos insistiendo. Debía haber una explicación a todo aquello, ¿quién sabía que nos encontraríamos este día? El dibujo de la mujer de la nota y la modelo eran la misma persona. El parecido era indiscutible y en eso también asintieron ellas. Quizá dos seres que pertenecían a un mismo elemento; tal vez era una chica binaria. No obstante, todas aquellas suposiciones las inquietaron tanto que decidieron irse: “Chicos, lo siento. No sé qué está pasando aquí, ni siquiera sabemos realmente quiénes son. Nos tenemos que ir”, interpuso la modelo.
Se fueron, sin más, asustadas. Mientras, nosotros permanecimos allí durante un largo tiempo, debatiendo. “Yo flipo” era lo que no paraba de repetir mi primo Alejandro.
Releí de nuevo aquella supuesta pista del juego ficticio. Había un matiz al que nunca le había dado importancia. Ese era la frase final del texto: “un misterio está compuesto por miles de piedras”. Se me encendió la bombilla. Hasta entonces había pensado que las “miles de piedras” eran las que yacían dispersas por el paisaje del arco de Tajao. Pero no. Recordé entonces que en una de las clases de Periodismo de Viajes que tuve, durante el cuatrimestre pasado, el profesor nos habló delmisterioso origen de las pirámides de Güímar:
En la historia solo han existido dos construcciones piramidales que son, por un lado, las de Egipto y, por otro, las de Latinoamérica. ¿Cómo, por qué y de dónde surgen las que hay aquí? Un interrogante cuya respuesta todavía hoy se desconoce. Según mi profesor, pudo ser un punto intermedio entre los dos mundos. Dos mundos que vivían realidades diferentes, cuyas existencias no conocían el uno del otro. ¿Cómo llegaron a construir pirámides en ambos lugares? Y, lo que resulta aún más inquietante, ¿cómo lograron transportar rocas tan inmensamente pesadas si hoy, en la actualidad, no se ha descubierto una herramienta o un método capaz de hacerlo?
Subimos al coche tan rápido como pudimos, les conté todo aquello mientras nos dirigíamos hasta Güímar. Habíamos dejado pasar tanto el tiempo desde que se habían ido las chicas que ya estaba atardeciendo. Llegamos hasta el parque donde se ubican las pirámides y estacionamos a unos pocos metros. Ya estaba cerrado, pero recorrimos la zona inspeccionándola.
En 15 minutos se nos hizo de noche y sin rastro de absolutamente nada. Pero justo cuando mi reloj marcó las 20:30 horas, 20 minutos después de haber llegado, ocurrió: contemplamos el reflejo brillante de un cuerpo rojo luminoso. No supimos qué era, aunque no me recordó a la Luz de Mafasca que había contemplado en enero. De pronto, comencé a ponerme muy nervioso, sentía mucha presión y, sobre todo, miedo. Empecé a ver todo borroso, mis amigos me gritaban y solo escuchaba ecos ahogados. El entorno me daba vueltas, vi una sombra negra que comenzó a extenderse por el rabillo de mis ojos hasta que los tapó completamente. Mis piernas temblaron. Caí al suelo desmayado.
Mi mente contempló a un ser que se acercó a mí, que estaba tumbado en el asfalto. Recuerdo haber distinguido la figura de un hombre moreno, con barba y bigote. Se aproximó tanto hasta juntar nuestras caras a pocos centímetros. “Hay agua en Marte. Calcula los 20 minutos, porque hay agua en Marte. Sí la hay. Hay agua en Marte”, escuché que me decía.
Su voz, madura y sabia, iba cambiando en tono y en contenido: “Hay agua en Marte. Calcula los 20 minutos. Hay agua en… agua, toma, bebe agua. Tenemos agua, ¡despierta tío!”. Ese último grito lo reconocí, era la voz de Alejandro que me sacudía mientras Roberto me echaba agua por la frente y labios. De nuevo, recuperé la conciencia.
Notaba que mi piel ardía, aunque la sensación de calor me desapareció a los pocos segundos. Me recompuse y me senté en el suelo. Ellos me tranquilizaron. Me contaron que la luz roja era una simple antena de alta tensión que había cerca. Que entré en pánico y perdí el conocimiento durante casi un minuto y medio. Mi cabeza me había jugado una mala pasada.
Pensamos que no conseguiríamos nada estando allí, más que el susto que ya teníamos debido a mi desmayo. Volvimos hacia el coche, ya habíamos tenido bastante por ese día. No obstante, justo cuando llegamos al lugar donde habíamos aparcado, divisamos un letrero de madera apoyado en el auto. Se encontraba sobre la puerta del copiloto, donde me había sentado yo en los trayectos durante todo aquel día. Nos acercamos hasta el cartel y leímos lo que tenía escrito:
Delante: “Esto es escenario de relato”.
Detrás: “Hay agua en Marte. Calcula los 20 minutos”.
De nuevo, sentí mucho miedo. Expliqué la visión que tuve mientras me quede inconsciente a Roberto y Alejandro. Pero ya eso fue en el camino de vuelta a casa, por la autopista. Habíamos salido de ese sitio apurados. No queríamos ver, entender ni participar en nada más.
Al fin y al cabo, alguien sabía que nos encontraríamos a la chica del dibujo, que resultó ser la joven modelo de Instagram, durante ese jueves 24 de marzo a las 17:00 horas menos 1,2 segundos de la tarde. Sabía que conduciríamos hasta Güímar para así depositar sobre la puerta del copiloto –mi puerta- una nueva pista. Sabía que viviría una especie de alucinación y que, en ella, aparecería el mismo mensaje que el que se leía en el letrero. Sabía que, como puedes leer en este momento,acabaría escribiendo este relato… pues acabo de incluir el escenario donde divisé el cartel que informaba que ese era “escenario de relato”.
Ese “alguien” no sabemos quién es, pero controla el tiempo, las casualidades y los acontecimientos mejor que nosotros. Conoce los misterios, las teorías y los paradigmas que no podemos llegar a explicar nosotros. En definitiva: sabe más que nosotros, los humanos.
¿Qué querrían decir los números “1/4” en el folio de papel reciclado del Paisaje Lunar? Ahí me di cuenta de que, lamentablemente, todo aquello no había hecho nada más que empezar.
#MagiaEnTenerifeR1
Todavía quedan carteles repartidos por la isla. Descúbrelos y forma parte de la ficción historia.
– Paisaje Lunar (Vilaflor).
– Mirador de La Tarta (Izaña).
– Arco de Tajao (Arico).
Si eres el primero en encontrarlo, sácale o sácate una foto con él y publícala en las redes sociales (preferiblemente, Instagram y Facebook) con “#MagiaEnTenerifeR1”.
Guarda el letrero hasta el desenlace de la historia.
Si, por el contrario, acudes a cualquiera de los lugares señalados y ya no se encuentra el cartel, también puedes subir una fotografía del paisaje con la misma etiqueta. Quizá seas el próximo protagonista…
*Solo se admite que una persona posea un único letrero por relato.
