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Cazadores – Por Luis Espinosa García

Uno de esos días que había que ir de cacería, como algo extraordinario, solo fuimos mi padre, mi tío Jaime y yo. También se salió de lo normal que la jornada cinegética terminase muy tarde y que al final del día nos acogiéramos en una habitación donde estaba la chimenea de la casa del guarda. Y no fue menos raro que allí las personas mayores se dedicasen a catar los caldos que guardaba el guarda en un arcón de cedro muy aparente que tenía en un rincón. Entre trago y trago nos explicó (realmente a mi no me hacía mucho caso) el porqué del pesado mueble allá arriba en las cumbres, en aquella casucha no excesivamente bien dispuesta. Resultó que se había quedado viudo hacía pocos meses y si bien tenía su verdadero domicilio en un cercano pueblo, vivienda que en la actualidad la usufructuaban sus hijos, se había traído a la montaña el arcón como una especie de recuerdo de su pasada vida y que en él guardaba las cosas más necesarias…para olvidar los tiempos antiguos.

Por fin mi tío y mi padre se levantaron y salimos al exterior donde hacía bastante frío y donde a mi me esperaba sufrirlo, pues el coche era de cuatro plazas, pero las dos de atrás estaban a cielo abierto. Mi padre me arropo todo lo que pudo y se sentó al volante ya que era, al parecer, el que menos alcohol tenía en el cuerpo.

Comenzó, pues el regreso, por una carretera estrecha y llena de curvas, con unos faros que iluminaban alrededor de veinte centímetros delante de ellos, en un coche viejo y con el conductor y el copiloto en una semiobnubilación provocada por el vino del guarda.
Ahora, tantos años después, creo recordar que tiritaba, pero no sé si era efecto del frió o del miedo.

Para colmo, a mi tío se le ocurrió que con la luz de los faros (siempre fue un optimista incorregible) podríamos deslumbrar a algún pobre conejo insomne y matarlo. Así que sacó la escopeta del estuche, la cargó mientras yo temblaba más que el pabilo de una vela pues temía que, entre las curvas, los vaivenes, el alcohol y las manos temblorosas del hermano de mi madre, terminasen nuestras carnes mechadas con perdigones.

Hubo suerte. Algún angelito de la guarda con buen humor estaba por aquellos montes pues no se explica que no ocurriera accidente alguno. También el celestial protector de los conejos silvestres, ayudado por el estado de mi tío, inclinó la balanza a favor de los peludos animalitos pues a pesar que disparó no se cuantas veces (no creo que siempre fuese a conejos, tal vez entusiasmado por el ruido de los disparos como si fuesen voladores en la noche de la fiesta mayor de su pueblo, apretaba el gatillo cada vez que notaba una sombra extraña que se movía delante de sus ojos), pero de piezas comestibles, nada de nada.

El viaje terminó, por fin. Tas dejar a Jaime por fuera de su casa mi padre guardo el coche en el garaje y subimos a casa.
Lo primero y único que dijo mi madre fue: ¿Te has divertido mucho? A las madres no se les puede fulminar con la mirada, pero mi padre lo arregló todo rápidamente: “Al final no se ha enterado de nada porque venía durmiendo como un tronco”.

A los padres tampoco se le puede mirar malamente.

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